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JUANITA LA LARGA
Juan Valera .
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JUANITA LA LARGA
MADRID
LIBREBÍA DE FERNANDO FÉ
Oaneía de Bao Jeróalmo, a
ES PROPIEDAD DEL AUTOR.— DERECHOS llESERVADOS
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Madrid: Imprenta de Ricardo Fé, calle del Olmo, niám. 4. — Teléf. 1.1x4
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AL EXOMÜ. tlE^Oll
MARQUÉS DE LA VEGA DE ARMIJO
MI querido amigo: uo sé si, este libro es novela ó no.
Le he escrito con poquisTmo arte, lombinando
recuerdos de mi primera mocedad y aun de mi niñee,
pasada en tal ó cual lugar de la provincia de Córdoba.
A fin de tener libre campo en que fingir una acción, Tío
determino el lugar efií que la acción pa¡,a i invento uno
dándole nombre supitesto, pero yo creo que los usos y
costumbres , los caracteres , las pasiones y hasta los
lances de m¿ reíalo, lutn podido suceder naturalmente y
tal vee kan sucedido, siendo yo, en cierto modo, más
bien historiador fiel y veras que novelista rico de imagi-
nación y de inventiva. Si no fuese porgue ahora está
muy en moda este género de novelas, copia exacta de la
realidad y no creación del espíritu poético, yo darla
poquísimo valer d mi obra. Na le tiene tampoco porque
eleve el alma á superiores esferas , ni porque trate de
demostrar una tesis metafísica, psicológica, social,
política á religiosa. Juanita la Lauga no propende á
VI DEDICATORIA
demostrar ni demuestra cosa alguna. Su mérito, si le
tuviere, ha de estar en que divierta. Yo me he divertido
mucho escribiéndola, pero no se infiere de ahi que se
diviertan también los que la lean, Al contrario, es muy
^posible que haya agotado yo toda la diversión al escri-
birla y se la entregue al público, monda y lironda, como
quien se come la carne y tira el hueso.
Había pensado yo, desde un principio, dedicar á usted
esta novela, llamémosla asi; pero las anteriores conside-
raciones me han hecho vacilar y me han tenido d punto
de no hacer la dedicatoria. Si no enseño nada porqus en
la novela no hay tesis y porque no gusto de la poesía
docente, y si no divierto tampoco porque todo el jugo de
la diversión que en la novela había me le he sorbido al
componerla ¿qué es lo que voy á dedicar que merezca ser
dedicado?
A pesar de lo dicho, he persistido después en hacer la
dedicatoria y la hago, fundado en dos razones.
Es la primara la persuasión en que estoy de que usted
acogerá este libro, con benévola indulgencia, prescindiendo
de su corto mérito, por ser muestra de mi constante
amistad y de la gratitud qu£ le debo, ya por antiguos
favores, ya por otros recientes, citando haoe poco fué de
nuevo jefe mío, Y es la segunda que mi libro puede
considerarse como espejo ó reproducción fotográfica de
hombres y de cosa^ de la provincia en que yo he nacido y
en qv^ usted es uno de los mds ilustres m^agnates. Aunque
las pinturas ó retratos que yo hago carezcan de gracia,
entiendo qv^ en ellos resplandece el amor con que los he
hecho, lo cvM no puede menos de prestarles agrado y de
atraerles la simpatía de usted y del público. Por donde
me inclino á esperar que u^fed ha de gustar de mi libro
DEDICATORIA
vil
y que también el piMico ha de gustar de ély si no tanto
como usted y lo bastante para perdonar ó disimular las
muchas faltas que en él note.
SupUco d usted, puss, que acepte mi pobre ofrenda por
la busna y cariñosa intención con que se la dedico y que
me crea siempre su afectísimo amigo y
q, 1. b. I, m.y
Juan Valera
TT
CIERTO amigo mío, diputado novel, cuyo nom-
bre no pongo aquí porque no viene al caso,
estaba eutusiasmadlsimo con su distrito y singular-
mente con el lugar donde tenia su mayor fuerza,
lugar que nosotros designaremos con el nombre de
"Villalegre. Esta rica, aunque pequeña población de
Andalucía, estaba muy floreciente entonces, por-
que sus fértiles viñedos, que aiin no había destruido
la filoxera, pro'ducliin exquisitos vinos, que iban á
venderse á Jerez para convertirse en jerezanos.
No era Villalegre la cabeza del partido judicial,
ni oficialmente la población más importante del
distrito electoral de nuestro amigo, pero cuantos
allí tenían voto estaban tan subordinados á un
grande elector, que todos votaban unánimes y,
2 JUANITA LA LARGA \
según suele decirse, volcaban el TOctero en favor
de la persona que el gran elector design^a.**Ya se
comprende que esta unanimidad daba á VÍllalegre,
en todas las elecciones, la más extraordinaria pre-
ponderancia.
^ Agrasdecido nuestro amigo al cacique de Villale-
y gr®> ^^® se llamaba don Andrés Eubio, le ponía por
las nubes y nos le citaba como prueba y ejemplo
de que la fortuna no es ciega y de que concede su
favor á quien es digno de él, pero con cierta limi-
tación, ó sea sin salir del círculo en que vive y
muestra su valer la persona afortunada.
Sin duda, don Andrés Rubio, si hubiera vivido en
Eoma en los primeros siglos de la Era Cristiana,
hubiera sido un Marco Aurelio ó un Trajano; pero
como vivía en Villalegre, y en nuestra edad, se
contentó y se aquietó con ser el cacique, ó más
bien el César ó el emperador de Villalegre, donde
ejercía me»o y mixto imperio y donde le acataban
todos obedeciéndole gustosos. ^ . '
El diputado novel, no obstante, ensalzaba más
á otro sujeto del distrito, porque sin él no se mos-
traba la omnipotencia bienhechora de don Andrés
Eubio. Así como Felipe II, Luis XIV, el Papa
León X y casi todos los grandes soberanos, han
tenido un ministro favorito y constante, sin el cual
tal vez no hubieran desplegado su maravillosa ac-
tividad ni hubieran obtenido la hegemonía para su
patria, don Andrés Rubio tenía también su ministro,
que, dentro del pequeño círculo donde funcionaba,
era un Bismark ó un Cavour. Se llamaba este
personaje don Francisco López, y era secretario del
JUANITA LA LARGA 3
Ayuntamiento; pero nadie le llamaba sino don Paco.
Aunque había cumplido ya cincuenta y tres
años, estaba tan bien conservado, que parecía mu-
"Cho más joven. Era alto, enjuto de carnes, ágil y
recio; con poquísimas canas aún; atusados y negros
los bigotes y la barba; muy atildado y pulcro en
toda su persona y traje ; y con ojos zarcos, expre-
sivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente,
que los tenía sanos, firmes y muy blancos é iguales.
Pasaba don Paco por hombro de ^ amenísima y
-^gocíj^da conversación/sWicadi ái chistes, con
que hkcía reir sin ofender mucho ni lastimar al
prójimo, y por hábil narrador de historias, porque
conocía perfectamente la vida y milagros, los lances
de amor y fortuna, y la riqueza y la pobreza de
<5uantos seres humanos respiraban y vivían en
Villalegre y en veinte legras á la redonda.
Esto en lo tocante al agrado. Para lo útil don
Paco valía más: era un verdadero factótum. Como
^n el pueblo, si bien había dos licenciados y tres
doctores en Derecho, eran abogados Peperris, ó sea
de secano, todos acudían á don Paco, que, rábula y
jurisperito, sabía más leyes que el que las inventó,
y les ayudaba á componer ó componía cualquier
pediment9 ó alegato sobre negocio litigioso de
algún éínpfeño y cuantíia.
El escribano era un zoquete, que había heredado
la escribanía de su padre y que sin las luces y la
■colaboración de don Paco apenas se atrevía á redac-
tar ni testamento, ni contrato matrimonial, de
arrendamiento ó de compra-venta, ni escritura de
particiones.
4 JUANITA LA LARGA
El alcalde y los concejales, rústicos labradores
por lo común, á quienes don Andrés Bubio hacia-
elegir ó nombrar, le estaban sometidos y devotos,.
y como no entendían de reglamentos ni de disposi*
ciones legales sobre administración y hacienda,,
don Paco era quien repartía las contribuciones y lo-
disponía todo. Cuidaba al mismo tiempo de la lim-
pieza de la villa, de la conservación de las Casas.
Consistoriales yjdemás edificios públicos y del buen
orden y abastecimiento de la carnicería y de Ios-
mercados de granos, legumbres y frutas; y era tan
campechano y dicharachero, que alcanzaba envi-
diable favor entre los hortelanos y verduleras,,
quienes solían enviar á su casa, para su regalo,,
según la estación, ya higos almibarados, ya tiernas-
lechugas, ya exquisitas ciruelas Claudias ó ya los.
melones más aromáticos y dulces.
El carnicero estaba con don Paco á partir un
piñón, y de seguro que, si alguna' becerrita se per-
niquebraba y había que matarla, lo que es los sesos,.
la lengua y lo mejorcito del lomo no se presentaba-
en otra mesa sino en la de don Paco, á no ser en la-
de su hija, de quien hablaremos después.
Asombrosa era la actividad de don Paco, pero-
distaba mucho de ser estéril. Con tantos oficios-
florecía él y medraba que era una bendición del
cielo, y aunque había empezado en su mocedad
por no poseer más que el día y la noche, había-
acabado por ser propietario de buenas fincas. Po-
seía dos hazas en el ruedo, de tres fanegas la una.
La otra sólo tenia una fanega y cinco celemines;
pero como allá en lo antiguo había estado el cemen-
JUANITA LA LARGA 5
terio en aquel sitio, la tierra era muy generosa y
producía los garbanzos más mantecosos y más
gordos y tiernos que se comían en toda la provin-
cia, y en cuya comparación eran balines los cele-
brados garbanzos de Alfarnate. Poseía también
-don Paco quince aranzadas de olivar, cuyos olivos
no eran ningunos cantacucos, sino muy frondosos
y que llevaban casi todos los años abundante
cosecha de aceitiinas, siendo famosas las gordales,
que él hacía aliñar muy bien, y que, según los
peritos en esta materia, sobrepujaban á las más
sabrosas aceitunas de Córdoba, tan celebradas ya
en la Gatomaquia por el Fénix de los Ingenios,
Lope de Vega.
Por último, poseía don Paco la casa en que vivía,
donde no faltaban bodega con diez tinajas de las
mejores de Lucena, un pequeño lagar, y una can-
diotera con más de veinte pipas, entre chicas y
grandes. Para llenar las pipas y las tinajas era
don Paco dueño de un hermoso majuelo, que casi
tenía seis fanegas de extensión; y, aunque su pro-
ducto no bastaba, solía él comprar mosto en tiempo
de la vendimia, ó más bien comprar uva, que pisaba
en el lagar de su casa.
Era ésta de las buenas del pueblo, con corral,
donde había muchas gallinas, y con patio enlosado
y lleno de macetas de ^albahaca, brusco, evónimo,
miramelindos, don-pedros y otras flores.
Claro está que para las faenas rústicas del lagar,
del trasiego del vino y de la confección del aceite,
hombres y bestias entraban por una puertecilla
falsa que había en el corral. En suma, la casa era
6 JUANITA LA LARGA
tal y tan cómoda y señoril, que si la hubiera
alquilado don Paco, en vez de vivirla, no hubiese
faltado quien le diese por ella 400 reales al año,,
limpios de polvo y paja, esto es, pagando la contri-
bución el inquilino.
Menester es confesar que todo este florecimiento
tenia una terrible contra: la dependencia de don
Andrés Eubio, dependencia de que era imposible ó
por lo menos difícilísimo zafarse.
Por útiles y habilidosos que los hombres sean,
y por muy aptos para todo, no se me negará que
rara vez llegan á ser de todo punto necesarios,
singularmente cuando hay por ci^a de ellos un
hombre de voluntad enérgica y de incontrastable
poderío á quien sirven y de cuyo capricho y merced
están como colgados, don Andrés Bubio había,
digámoslo así, hecho á don Paco; y así como le
había hecho, podía deshacerle. No le faltarían para
ello persona ó personas que reemplazasen á don
Paco, repartiéndose sus empleos, si una sola no
era bastante á desempeñarlos todos con igual efica-
cia y tino.
Don Paco tenía plena conciencia de loque debía y
de lo que podía esperar y temer aún de don Andrés;
de suerte que, tanto por gratitud, cuanto por pru-
dencia previsora, le servía con la mayor lealtad y
celo y procuraba complacerle siempre.
Don Paco, sin embargo, no recelaba mucho perder
su elevada posición y su envidiable privanza. Ade-
más de contar con su rarísimo mérito, estaba
agarrado á muy buenas aldabas.
II
VIUDO hacía ya más de veinte añoe, tenía una
hija de veintiocho, que habla sido la más
real moza de todo el lugar, y que era entonces la
Beñora más elegante, empingorotada y guapa que
en ¿1 había, culminando y resplandeciendo por su
edad, por bu belleza y por su aristocrática posición,
como el aol en el meridiano.
Hacía ya diez años que ella había logrado cauti-
var la voluntad del más ilustre caballero del pueblo,
del mayorazgo don Alvaro Roldan, con quien se
había casado y de quien habla tenido la friolera de
siete robustos y florecientes vastagos, entre hijos
é hijas.
El tal don Alvaro vivía aún con todo el aparato y
la pompa que suelen desplegar los nobles lugareños.
6 JUANITA LA LARGA
Su casa era la mejor que habla en Villalegre, con
una puerta principal adornada, é, un lado y i otro,
de magniñcas columnas de piedra berroqueña, es-
triadas y con capiteles corintios. Sobre la puerta
eataba el escudo de armas, de piedra también,
, , ,^_.. donde ñguraban leo-
nes y perros, calde-
ras, barcos y
castillos y
multitud de
monstruos y
lie otros objetos
íiimbóIicoB que
para los versados
i'ii la útilísima
ciencia del blasón
'laban claro testi-
monio de la anti-
^'üedad y sublimi-
dad de su prosapia.
Decfan las malas
lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Al-
varo estaba atrasado, 'que tenía hipotecadas algu-
nas de sus mejores Sucas y que debía bastante
dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas,
porque él vivía como si nada debiese. Le servían
muchos criados, constantes unos y entrantes y sa-
lientes otros; y como era aficionadísimo ¿ la caza,
no le faltaban una jauría de galgos, podencos y
pachones, y dos hábiles cazadores ó escopetas ne-
gras que solían acompañarle.
En la casa habla jardín, y además un desmesu-
JUANITA LA LARGA g
rado corralón, donde, para mayor recreo y gala, no
se encerraban sólo gaÜinaa y pavos, sino, en apar-
tados recintos, venados y corzos traídos vivos de
Sierra Morena, y por último , amarrado á íaerte
cadena de hierro, por temor & sus travesuras y
ferocidades, un enorme mono que habla enviado
de 'Marruecos un capitán de infantería, primo del
^Do
Doña Inés, que asi se llamaba la hija de don Paco,
vanerada esposa de don Alvaro Boidán, tenia tam-
bién muchos costosos caprichos de varios géneros.
Se vestía con lujo y elegancia no comunes en los
lo JUANITA LA LARGA
lugares; sustentaba canarios, loros y cotorras; era
golosísima y delicada de paladar y los mejores pla-
tos de carne y los almibares más apetitosos se
comían en su mesa. El chocolate, que se elaboraba
en su casa, dos veces al año, gozaba de nombradla»
en toda la comarca.
Como don Alvaro Boldán estaba ausente más de
la mitad del tiempo, ya cazando conejos, perdices.
y liebres, ya en distantes monterías, ya en las ferias
más concurridas de los cuatro reinos andaluces,,
doña Inés se quedaba sola, pero tenía para dis>
traerse varios recursos, además del de la lectura de
libros serios.
Su criada favorita, llamada Serafina, era una
verdadera joya: lo que se llama un estuche. Sabía
tocar la guitarra rasgueando y de punteo; cantaba
como una calandria, así las melancólicas playeras»
como el regocijado fandango. Su memoria era rico
arsenal ó archivo de coplas, tiernas ó picantes, en
que la casta musa popular no siempre merecía el
mencionado calificativo con que algunos ladesignan.
No se entienda por esto que doña Inés gustase
de conversaciones libres y escabrosas. Cuanto no
era lícito y puro, en el pensamiento y en la palabra»
ofendía sus oídos de austera matrona; pero en un
lugar hay que sufrir tales libertades ó hay que apa-
rentar que no se oyen. El propio don Alvaro no era
nada mirado en el hablar, ni menos aún lo eran
las personas que le rodeaban. Valga para ejemplo
cierto mozo, de unos quince años de edad, hijo del
aperador y favorito de don Alvaro, que éste tenía
siempre en casa para que entretuviese á los niños.
JUANITA LA LARGA ii
Como el aperador era Calvo de apellido, al mozo le
apellidaban Calvete. Y para que se vea lo mucho
que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de
doña Inés, he dje citar aquí un caso que de Calvete
me han referido.
Antes de que cumpliese dos años el primogénito
de los Roldanes, logró Calvete enseñarle á pronun-
ciar con la mayor perfección cierto vocablo de tres
sílabas, en que hay una aspiración muy fuerte.
Encantado con su triunfo pedagógico, corrió por
toda la casa gritando como un loco:
— ¡Señor don Alvaro! ¡Ya lo dice claro! ¡El seño-
rito lo dice claro!
Doña Inés se disgustó y rabió, pero don Alvaro
quedó más encantado que Calvete y le dio en albri-
cias un doblón de á cuatro duros, después que el
niño dijo delante de él la palabreja y él admiró el
aprovechamiento y la precocidad del discípulo y la
virtud didáctica del maestro.
Amigas tenía pocas doña Inés porque casi todas
las hidalguillas y labradoras de la población esta-
ban muy por bajo de ella en entendimiejito, ilus-
traci ón, finura y riq ueza.
"^uíeici más acompaiiaba, por consiguiente, en su
soledad á la señora doña Inés, era el cacique don
Andrés Rubio, embobado con el afable trato de ella
y cautivo de su discreción y de su hermosura.
Daba esto ocasión á que los maldicientes supu-
siesen y dijesen mil picardías. Pero ¿quién en este
mundo está libre de una mala lengua y de un tes-
tigo falso? ¿Cómo la gente grosera de un lugar ha
de comprender la amistad refinada y platónica de
;-t
/
12 JUANITA LA LARGA
dos espíritus selectos? El señor cura párroco era de
los pocos que verdaderamente la comprendían, y
así encontraba muy bien aquella amistad y acaso
daba gracias á. Dios de que existiese, porque redun-
daba en bien de los pobres y de la iglesia, á quienes
doña Inés y don Andrés, puestos de acuerdo, hacían
muchos presentes y limosnas.
Era el cura párroco un fraile exclaustrado de
Santo Domingo, muy severo en su moral, muy
religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y
del respeto á la jerarquía social. Casi siempre en
sus pláticas, en sus conversaciones particulares y
en los sermones que predicaba con frecuencia, por-
que era excelente predicador, clamaba mucho con-
tra la falta de religión y contra la impiedad que va
cundiendo por todas partes, con lo cual los ricos
pierden la caridad y los pobres la resignación y la
paciencia, y en unos y en otros germinan y fermen-
tan los vicios, las malas pasiones y las peores cos-
tumbres.
El padre Anselmo, que así se llamaba el cura
párroco, admiraba de buena fe á la señora doña
Inés como á \m modelo de profunda fe religiosa y
de distinción aristocrática. Era el tipo ideal reali-
zado de la gran señora, tal como él se la imagina-
ba. Ni siquiera le faltaban á doña Inés ocasiones
en que ejercitar las raras virtudes del prudente disi-
mulo para no dar escándalos, de la santa conformi-
dad con la voluntad de Dios y de la longanimidad
benigna para perdonar las ofensas. Bien sabía toda
la gente del lugar los malos pasos en que don Alvaro
Eoldán solía andar metido. A menudo sobre todo
JUANITA LA LARGA 13
en las ferias, jugaba al monte y hasta al cañé; y,
lo que es peor, era tan desgraciado ó tan torpe que
casi siempre perdía. Para consolarse apelaba á un
lastimoso recurso: gustaba de empinar el codo, y
aunque tenía un vino regocijado y manso, siempre
era grandísimo tormento para una dama tan en sus
puntos tener á su lado y como compañero á un
borracho. Por último, aquel empecatado de don Al-
varo, aunque tenía tan egregia y bella esposa, se
dejaba llevar á menudo de las más villanas inclina-
ciones, y en una ó en otra de sus dos magníficas
caserías alojaba con mal disimulado recato á algu-
na daifa, por .lo común forastera, que había conoci-
do y con quien había simpatizado, ya en esta feria,
ya en la otra.
Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un
modelo de perfección. El padre Anselmo no ignora-
ba sus extravíos, contribuyendo esto á hacer más
respetable á sus ojos á la prudente y sufrida señora.
Era tal la distinción aristocrática de doña Inés
que, sin poder remediarlo, hasta en su padre en-
contraba cierta vulgar ordinariez que la afligía no
poco; pero como doña Inés tenía muy presentes los
mandamientos de la Ley de Dios y los observaba
con exactitud rigurosa, nuúca dejaba de honrar á
su padre como debía, si bien procuraba honrarle
desde lejos y no verle con frecuencia, á fin de no
perder las ilusiones.
En suma, don Andrés el cacique era la única per-
sona que por naturaleza estaba á la altura de doña
Inés y era capaz de comprenderla y admirarla. Y
digo por naturaleza porque el padre Anselmo, aun-
14 JUANITA LA LARGA
que por naturaleza era entendido, estaba además
tan ayudado y tan ilustrado cod la gracia de Dioa,
que comprendía como nadie el valor y las excelen*
cias de doña Inés, y era muy digno de su trato
familiar, teniendo con ella piadosísimos coloquios,
en los cuales se desataba contra la abominable
corrupción de nuestro siglo y contra la blasfema
incredulidad que prevalece en el día y que se va
apoderando de todos los espíritus.
SIN el menor artificio he presentado ya á mis
lectores á varios de los personajes principales
que han de figurar en la presente historia; pero ine
quedan dos todavía, de los cuales conviene dar
previamente alguna noticia.
Don Paco, según hemos dicho, era nn hombre
enciclopédico, de variadas aptitudes y habilidades;
la mano derecha del cacique y la subordinada
inteligencia que hacia que en el lugar la soberana
voluntad de! cacique se respetase y cumpliese.
Había, sin embargo, en Villalegre otra persona,
que en más pequeña esfera y en más reducidos
términos, si no competía, se acercaba mucho al
mérito de don Paco por la multitud de sus conoci-
mientos y habilidades y por lo hacendosa y lista
que era.
Hablo aquí de la famosísima Juana la Larga,
x6 JUANITA LA LARGA
Imposible parece que esta mujer atinase á hacer
bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho,
pero no se ha de negar que con fruto. Tenia casa
propia, sin lagar y sin bodega, pero en lo restante
casi tan buena como la de don Paco. Carecia de
olivares y dé viñas, pero había hecho algunos abo-
rrillos que, según la voz pública, pasaban de 12.000
reales, y que iban creciendo como la espuma, por-
que los tenia dados á rédito á personas muy de fiar,
y al 10 por 100 al año, porque como era mujer muy
temerosa de Dios, de muy estrecha conciencia y
muy caritativa, no quería pasar por usurera.
En sus diferentes oficios, Juana la Larga ganaba,
por término medio y según los cálculos más juicio-
sos, sobre ocho reales al día ó dígase cerca de 3.000
cada año. Y esto sin contar las adehalas, propinas,
regalos y obsequios que recibía á menudo. Bien es
verdad que todo y más se lo merecía ella.
Nadie era más á propósito para dirigir una ma-
tanza de cerdos. Salaba los jamones con singular
habilidad. El adobo con que preparaba los lomos
antes de freirlos en manteca, era sabroso y deUca-
dísimo, y teñía la manteca de un rojo dorado que
hechizaba la vista, daba delicado perfume y des-
pertaba el apetito de la persona más desganada
cuando entraba por sus narices y por sus ojos. Sus
longanizas, morcillas, morcones y embuchados
dejaban muy atrás á lo mejor que en este género
se condimenta en Extremadura. Y tenía tan hábil
mano para todo, que hasta cuando derretía las
mantecas sacaba los más saladitos y crujientes
chicharrones que se han comido nunca. Así es que
JUANITA LA LARGA 17
los labradores ricos y otras personas desahogadas
y de buen gusto se disputaban á Juana la Larga
para que fuese á la casa de ellos á hacer la matanza.
En lo tocante á repostería no era nada inferior;
y casi todo el año, y particularmente en tres solem-
nes épocas, no sabía ella cómo acudir á las mil
partes á donde la llamaban: antes de Pásciía de
Navidad, á fin de confeccionar las chucherías y
delicadezas que las personas pudientes y sibaríticas
suelen entonces mandar hacer para su regalo : por
ejemplo, los hojaldres y las célebres empanadas
con boquerones y picadillo de tomate y cebolla que
se toman por allí con §1 chocolate. Hacía, también
como nadie, tortillas de azúcar y polvorones que
se dejaban muy atrás á los tan encomiados de
Morón; roscos de huevo y de vino y mucha variedad
de bizcochos y de almíbares.
Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas,
se hubiera podido asegurar que era una especia-
lidad maravillosa para las frutas de sartén; de modo
que en los días que preceden á la Semana Santa no
daba paz á la mano ni á la mente, acudiendo á las
casas de los Hermanos Mayores de las cofradías,
para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y
los exquisitos pestiños, que se deshacían en la boca,
y con los cuales se regalaban los apóstoles, los
nazarenos, el santo rey David y todos los demás
profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del
Nuevo Testamento que figuraban en las deliciosas
procesiones que por allí se estilan.
No estaba ociosa Juana ni carecía de conveniente
habilidad para* emplearla en la estación de la ven-
2
i8 JUANITA LA LARGA
dimití. Saa arropes do tenían rival en toda aquella
provincia, y lo mismo puede decirse de sus exce-
lentes gachas de mosto. En otoño, por Ber cuando
Be dan los mejores frutos, se castran las colmenas
y esti fresca la miel, se
empleaba Juana en hti-
cer carne de membrillo
y de manzana, gran va-
riedad de turrones y li-
Rerisimo y esponjado pi-
ñonate, cuyos gruesos y
dorados granos que-
daban ligados con la olorosa miel bien batida.
Fuera de esto, Juana se pintaba sola para dis-
poner cualquier pipiripao ó banquete que debía ó
quería dar algún señor del pueblo, ya con ocasión
de boda ó bautizo, ya para obsequiar al diputado,
al señor gobernador ó al propio obispo si venia i
, visitar la villa.
Y no se crea que Juana sabia sólo hacer los
guisos locales, sino que también había importado
y añadido á la cocina indígena no pocos platos
forasteros de más ó menos remotos países, entre
los cuales platos ó manjares descollaban ios cele-
bérrimos bizcochos de yema, que sólo hacían unas
monjas de Ecija, de cuyo secreto tradicional no se
comprende por qué arte ó maña prodigiosa ella
había sabido apoderarse. Confeccionaba, por último,
varios platos de origen francés, cuyos nombres
enrevesados habían venido á modificarse ponién-
dose de acuerdo con la pronunciación española. Asi,
por ejemplo, chuletas á la balsámela, lenguados
JUANITA LA LARGA ig
ingratines y anguilas fritas con salmorejo tártaro.
No era todo esto lo más admirable. Lo más
admirable era que Juana, sobre ser la más sabia
cocinera y repostera del
lugar, era también bu
primera modista.
Casi simpre tenia una
ó dos oücialas que cosían
para eUa, y ella cortaba
vestidos, con tanto arte
y primor, como Worth ó
la Doucet en la capital
de Francia.
Las señoras y señori-
tas más pudientes y afi-
cionadas al lujo acudían,
pues, á Juana para sus
trajes de empeño, cuando
habla que lucirlos, ya en
una boda, ya en una íeria
ó ya en el baile que solía
darse en las Casas Consistoriales el día del Santo
Patrono.
Juana, por último, no era sólo sabia y operosa
en las artes del deleite, sino que ejercía también,
aunque no estaba examinada ni tenía título, un
menester ó profesión de la más alta importancia
social.
Sra peritísima y agilísima para ayudar á cnal-
quier mujer en los más duros trances de Lucina, y
muchas se confiaban y sq entregaban á ella porque
jamás se le había desgraciado ninguna criaturita, y
ao JUANITA LA LARGA
porque la madre, como no fuese muy enclenque, á
los seis ó siete días de salir de su cuidado estaba ya
de pie, y á menudo iba á misa, y si se presentaba
la ocasión, bailaba el bolero.
Con todas estas habilidades y excelencias, Juana
la Larga no podía menos de ser querida y estimada
en Villalegre, consiguiendo que su severa y más
alta sociedad ó hiffh Ufe le hubiese perdonado un
desliz ó tropiezo que tuvo en sus mocedades.
EN el momento en que va á empezar la acción
de esta verdadera historia, Juana tendrfa cua-
renta años muy cumijlidos, bí bien conservaba aún
restos de su antigua belleza, que babia sido notable
«uando ella tenia veinte años; pero como entonces
era mny pobre y no había descubierto ni mostrado
sus grandes habilidades, no encontró, á pesar de su
mérito, novio que le acomodase y tuvo que perma-
necer soltera.
A lo que se cuenta, cierto oñcial de caballería
que vino por aquellos lugares á comprar caballos
para la remonta, y que era guapísimo y muy gra-
cioso y divertido, se enamoró de Juana y logró
enamorarla. No se sabe si le dio palabra de casa-
miento ó no se la dio; pero lo cierto es que el bueao
del oficial tuvo que irse á la guerra civil, que ardía
en las Provincias Vascongadas, y allí le mató una
bala carlista que le agujereó el cráneo y se le entró
en los sesos.
22 JUANITA LA larga:
Juana quedó, pues, semi-viuda. Postuma ó no
postuma, tuvo una niña preciosa á quien dieron en
la pila bautismal el mismo nombre que á su madre.
El vulgo añadió después al nombre el mismo epí-
teto, por donde esta niña, que será la principal
heroína de nuestra historia, vino á ser apellidada.
Juanita la Larga.
Su madre la crió con gran cariño y esmero, sin
recatarse y sin disimular que ella era su hija, lo*
cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo s&
sabía, el más inútil de los disimulos. Juana crió,,
pues, á sus pechos á Juanita; siempre la llamaba
hija, y Juanita, desde que empezó á hablar, llamaba,
á Juana madre á boca llena.
Esto era considerado como una gran desver-
güenza entre las personas severas del lugar, que
clamaban contra el escándalo y mal ejemplo; pero,,
poco á poco, todos se fueron acostumbrando, y al
cabo de algunos años nada parecía más natural ni
más justo sino que Juanita fuese hija de Juana, á.
la cual no faltaron tampoco defensores, ya razona-
bles, ya fervorosos, que alababan el cariño y la-
devoción maternal de la madre á la hija, y que,
cuando eran algo maldicientes, no dejaban de
comparar á Juana con otras que pasaban por
honradísimas y que hasta tenían la insolencia de
presumir de casi santas. De ellas se murmuraba,,
con más ó menos fundamento, que habían tenido-
también fruto, y no de bendición, del cual se habían
desprendido, ó enviándole á la inclusa ó sabe Dios-
ó el diablo de qué otra manera.
El epíteto de Larga dado á Juanita no era sólo-
JUANITA LA LARGA 23
por herencia, sino que era también por conquista.
Juanita, á los diecisiete años, había espigado
tanto, que era la moza más alta y más esbelta que
había en el lugar. Algo de la sangre belicosa del
oficial de caballería se había infundido en ella, y
la crianza libre y hombruna que había recibido,
había desarrollado su agilidad y sus bríos. Cuando
andaba tenía un aire marcial á par que gracioso;
corría como un gamo; tiraba pedradas con tanto
tino que mataba los gorriones, y de un brinco se
plantaba sobre el lomo del mulo más resabiado ó
del potro más cerril. Y no á horcajadas, porque
esto no lo consentían su decoro y su estética natural
é inconsciente, sino sentada, lo cual es más difícil,
hacía trgtar y galopar á la bestia, espoleándola con
los talones ó azotándola con el extremo del ronzal
ó de la jáquima, cuando la tenía y no iba en pelo
sin brida ni rienda de ninguna clase.
Los primeros años de la mocedad de Juanita
habían sido algo dificultosos, porque su madre no
había alcanzado aún la extraordinaria reputación
de que después gozaba, ni tenía el bienestar y la
riqueza de que ya hemos hablado.
Juanita no fué nunca á la miga, pero su madre
le enseñó á coser yá bordar primorosamente; y el
maestro de escuela, que le tomó mucho cariño, le
enseñó á leer, y á escribir gratis en sus ratos de
ocio.
Desde que tuvo nueve años, Juanita fué de
grande auxilio á su madre, que hasta mucho más
tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta.
Juanita barría y aljofifaba, fregaba los platos,
í4 JUANITA LA LARGA
enjalbegaba algunos cuartOB y la fachada de la
casa, que era la más blanca y la más limpia de la
población, y hasta agarraba bq caotanllo é iba por
agua & la milagrosa fuente del ejido, cuyo caño
vertía un chorro tan grueso como el brazo de ud
hombre robusto, siendo tal
la abundancia del agua que
/'
con ella se regaban machi-
huertas y se hacían
frondosos, amenos y deleita-
bles los alrededores de Vi-
llalegre, contribuyendo no
poco & que la villa merecie-
se este nombre. El agua ade-
más era exquisita, por su
transparenciay pureza, como
nitrada por entre rocas de
los cercanos cerros, y tenia
muy grato sabor y muy sa-
ludables condiciones. Lagen-
te del pueblo le atribula, por
último, algunas prodigiosas
cualidades, calificándola de
muy rinayrera y de muy tri-
<jaera. Quería significar con esto que el arriero que
compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo
común muy fuerte, llenaba sólo dos tercios de la
cavidad de la corambre, y la acababa de llenar por
la mañanita temprano, antes de emprender su viaje,
mitigando y suavizando con el agua de la fuente
la fortaleza y acritud del liquido, y ganándose así
desde luego un treinta y tres por ciento, aunque
JUANITA LA LARGA as
vendiese el vinagre al mismo precio en que le habia
comprado.
Era taínbién triyuera el agua de la fuente, porque
sus raras cualidades consentían, aunque era difícil
operación y que debía hacerse con gran sigilo, que,
valiéndose de una escoba de palma enana, se rociase
con ella el trigo que se iba á vender, dejándole
expuesto luego al sol para que se secase. Asi el
trigo recibía mejor sabor, y aunque por fuera
quedaba seco, guardaba por dentro algo del liquido,
y se esponjaba y crecía en peso y en volumen.
Todavía esta fuente tenía otro mérito y prestaba
otro notable servicio, porque además de un gran
pilar en que iban á beber y bebían todas las befttias
de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y
además de otro pilar bajo, que solía ser abrevadero
del ganado lanar y de cerda, llenaba con sus cris-
talinas ondas un espacioso albercón cercado de
muros que le ocultaban á la vista de los transeúntes,
donde iban las mujeres á lavar la- ropa, remangadas
l^s enaguas hasta los muslos y metidas en el agua
hasta la rodilla, como por alli es uso, aun en el
26 JUANITA LA LARGA
rigor del invierno. Frondosos y gigantescos álamo»
negros y pinos y mimbreras circundan la fuente y
hacen aquel sitio umbrío y deleitoso. Al .pie de lo&
mejores árboles hay poyos hechos de piedra y de
barro y cubiertos de losas, en los cuales suelen
sentarse los caballeros y las señoras que salen de
•paseo. Casi todas las tardes se arma allí tertulia y
grata conversación, siendo los más constantes el
escribano, el boticario, nuestro don Paco y el señor
cura quien, al toque de oraciones, recita el Angelas
Domini, al que responden todos quitándose el som-
brero y santiguándose y persignándose.
En torno del pilar charlan las mozas que vienen
por agua, cada cual con ^u can t arillo, y suelen
hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros
Eliaceres acuden allí para que beban, si no sus.
camellos, sus muías y sus borricos. También, al
lado y dentro del albercón y á poca distancia de él,
donde hay un vallado ó seto vivo de zarzamoras,,
granados y madreselvas, que limita y defiende las.
huertas, y sobre el cual seto se pone á secar la ropa,
lavada, se extiende y dilata la tertulia democrática
y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y
retozos, pues no faltan nunca zagalones y hasta-
hombres ya maduros que acuden por allí atraídos,
por las muchachas , como acuden los gorriones al
trigo.
JUANA la Larga, según queda indicado, gracias á
su constante actividad, buen orden y economía,
en todo lo cual su hija le ayudaba con inteligencia
y celo, había mejorado de posición y de fortuna.
Tenía una criada muy trabajadora, que barría y
fregaba, y bajo la dirección de las señoras guisaba
también, dejando á éstas el tiempo libre para ejercer
sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita
era coser y bordar, para lo cual había desplegado
aptitud superior á la de su madre.
Juanita no tenía que emplearse en más bajas
ocupaciones. Sin embargo, ora fuese por candorosa
coquetería, ó sea por deseo de lucir la gallardía de
su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora
porque Juanita necesitase del ejercicio corporal y
de mostrar y desplegar la energía de su sana natu-
raleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete
años, gustaba de ir por agua á la fuente del ejido,
allanándose á veces, á pesar de la desahogada
28 JUANITA LA LARGA
pofiicióñ de SU madre y de ella, á ir al albercón ¿
lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía
ella, ó aparentaba temer, que manos más rudas que
las suyas la estropeasen.
La verdad era que esto de ir al albercón y á la
fuente, más que fatiga era recreo y solaz para
Juanita, la cual divertía á las otras muchachas con
sus agudos dichos y felices ocurrencias, las hacia
reir á casquillo quitado y gozaba de popularidad y
favor entre ellas.
Era ya Juanita una guapa moza en toda la ex-
tensión de la palabra. Las faenas caseras no habían
estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y ni
el sol ni el aire habían bronceado su tez trigueña.
Su pelo negro, con reflejos azules, estaba bien
cuidado y limpio. No ponía en él ni aceite de al-
mendras dulces ni blandurilla de ninguna clase,
sino agua sola con alguna infusión de hierbas
olorosas para lavarle mejor. Le llevaba recogido,
muy alto, sobre el colodrillo, en trenza que, atada
luego, formaba un moño en figura de dos triángulos
equiláteros que se tocaban en uno de los vértices.
Como Juanita decía que cabeza loca no quiere toca,
casi siempre iba á la fuente sin pañuelo en la
cabeza , luciendo así el primor y la pulcritud de su
peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba
la cabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado
por algunos ricillos menudos, que se sustraían á la
cautividad en que tenía el moño los más largos
cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver
la tersa frente, recta y chiquita, y sobre las sieijes
tenía grandes rizos sostenidos con horquillas, que
JUANITA LA LARGA 29
llaman por allí caracoles^ por bajo de los cuales
había una suave patillita, que no fijaba ella contra
la cara con zaragatona ó pepitas de membrillo,
como hacen otras muchachas, sino que dejaba
flotar libremente en vagas sortijillas ó más bien
alcayatas donde colgar corazones.
La misma libertad en que se había criado, y el
constante ejercicio corporal, ya en útiles faenas, ya
en juegos más de muchacho que de niña, habían
hecho que Juanita, aunque no tenía la santa
ignorancia, ni había vivido con el recogimiento que
recomiendan y procuran otras madres celosas, no
había pensado todavía en cosas de amor. Era
buscada, requebrada y solicitada por no pocos
mozos, pero, brava y arisca, sabía despedir hués-
pedes, imponer respeto y tener á raya á los más
atrevidos.
Sólo se le conocía una inclinación que, desde lá
niñez, persistía en ella con constancia; pero esta
inclinación, al menos por su parte, más que de
afecto amoroso, tenía trazas de fraternal cariño.
Quien le inspiraba, compartiéndole sin duda por
menos inocente estilo, era Antoñuelo, el hijo del
maestro herrador, y sobrino del cacique, quien
tenía en el lagar muy humilde parentela.
Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy
simpático, aunque de cortos alcances, y decidido
para todo, y singularmente para admirar á Juanita,
á quien consideraba y respetaba, sometiendo á ella
toda su voluntad, como por virtud de fascinación ó
de hechizos.
ENTREGADO don Paco á aus constantes y diversos
quehaceres no sólo no habla pensado en ca-
sarse por segunda vez, sino que nunca había tenido
amoríos, ó al menos, si algunos habla tenido,
habían sido con tan maravilloso recato, que nadie
se había enterado de ellos en Villalegre, lo cual es
una inverosimilitud extraordinaria, porque en aquel
lugar apenas había persona, y menos aún si era de
tanta importancia y viso como don Paco, que pudiera
hacer ó decir cosa alguna que no se supiese. Hasta
los mismos pensamientos se adivinaban allí, se
divulgaban y se comentaban, como el pensador no
pensase con mucho disimulo y muy para dentro.
Debemos, pues, creer que don Paco no había tenido
. amoríos, & no ser muy efímeros y livianos, y que
ni siquiera, durante su larga viudez, había pensado
en semejante cosa.
Tenía, sin embargo, notable aptitud y tino para
conocer y admirar la belleza femenina, y hacía ya
32 JUANITA LA LARGA
meses que, casi sin reparar en ello y muy involun-
tariamente, cuando estaba de tertulia con el escri-
bano y el boticario y con otros señores, en los poyos
que había junto ¿ la fuente, sus ojos se fijaban con
morosa delectación en Juanita la Larga, que aún
solía venir á llenar su cántaro y á estar allí de
charla con las otras muchachas mientras que le
llegaba su turno.
Indudablemente don Paco había empezado á
sentir hacia Juanita viva inclinación, que era difícil
de dominar; pero se le pasó bastante tiempo sin
dar muestra exterior de que la sentía, anhelando
acaso ocultársela á sí mismo por razones que él se
daba.
Fundado en la propia modestia, que le hacía
formar un pobre concepto de su persona, hallaba
que con sus cincuenta y tres años, treinta y seis
más que Juanita, no podía ya enamorar á la mu-
chacha, la cual ó desdeñaría su cariño ó sólo por
interés se movería á corresponderle. Pensaba luego
que Juanita, aunque en aparente libertad, estaba
muy vigilada por su madre, y como madre é hija
vivían con cierto desahogo, no era de presumir que,
si él tuviese intenciones pecaminosas, ellas cediesen,
sino que en todo caso cederían in facie Eclesioe y
llevando al cura por delante.
La idea de casamiento aterrorizaba á don Paco,
y no porque en absoluto le repugnase el estar
casado, sino porque su hija, la señora doña Inés, le
inspiraba un entrañable cariño, mezclado de terror,
y porque ella era tan imperiosa como brava, y sin
duda se pondría hecha una furia del Averno si su
JUANITA LA LARGA 33
padre le diese madrastra, sobre todo de tan ruin
posición, y si á los siete nietos que ella le había
dado, y á los que calculaba que podrían venir
todavía, persistiendo ella en su actividad productora,
quitase él la esperanza de heredar el majuelo, el
olivar y la casa, y de gozar, en vida suya, de no
poco de lo que él fuese granjeando con sus variadas
artes.
Temblaba don Paco de incurrir en el enojo de
su hija, y aunque temblaba principalmente por el
mismo enojo, no dejaba de recelar sus malas con-
secuencias.
Bien conocía él que no había en el lugar una
persona ni varias juntas que pudieran reemplazarle
con éxito en sus diferentes empleos; pero el mundo
no estaba yermo ni falto de hombres de Estado
rústicos, los cuales podrían buscarse y traerse de
fuera del lugar para que á él le reemplazaran. Y
bien conocía también que su hija era punto menos
que omnipotente, porque tsnía subyugadas ambas
potestades, la temporal y la espiritual.
El padre Anselmo la tenía por una santa, y por
una doctora, y cuanto ella decía era para él, sin
poderlo remediar, un legítimo corolario de los
Evangelios y de las Epístolas. El padre Anselmo
sería capaz de excomulgar á quien ella le mandase.
Y e» lo tocante al brazo secular, era evidentísimo
que doña Inés le tenía sujeto á sus caprichos y que
aplastaría con todo su peso á quien ella quisiese.
Don Paco, en esta disposición de ánimo, razona-
blemente motivada, aunque no hemos de negar que
él era dulce, pacífico y algo débil de carácter, ade-
j4 JUANITA LA LARGA
lantaba en su imaginación los casos futuros, y
presuponiéndose ya prendado de Juanita, declarado
y aceptado, veia un tropel de males que salían del
corazón enfurecido de doña Inés como de nueva
caja de Pandora.
Pesaban tanto en su espíritu estas considera-
ciones, que, notando que su afición oculta iba
creciendo, procuraba ó más bien se proponía huir
de la vista de Juanita, no pasar por su calle para
no verla en el portal ó asomada á la ventana; y no
ir á la tertulia de los poyetes, bajo los álamos, para
no tener que admirarla cuando charlaba con las
demás zagalonas ó con los mozos en la fuente del
ejido, ó cuando subía ó bajaba gallardamente, con
el cántaro apoyado en la cadera, por la cuestecilla
que se extiende desde la fuente hasta el lugar.
A pesar de sus prudentes propósitos de retrai-
miento, una fuerza, al parecer superior á su volun-
tad, le llevaba á veces á pasar por delante de la
casa de Juanita más de lo que era necesario; á ir á
la iglesia cuando él sabía que iba ella con su
madre, á misa ó á sus devociones; y á acudir á la
tertulia de los poyetes casi todas las tardes.
Para Juanita, que se había pasado todo el día
cosiendo y bordando en casa, era pretexto de solaz
ó de paseo el ir casi al anochecer á la fuente por
agua. Su madre encontraba que, en la posición
algo señoril, desahogada y decorosa en que ya
imaginaba hallarse, y atendido el desenvolvimiento
físico de Juanita, que había llegado á transformarser
de muchachuela en una magnífica y real moza, nó
estaba bien, y era darse poquísimo tono el ir por
JUANITA LA LARGA 35
agua á la fuente como la más plebeya y humilde
pelaíustana.
Pero á Juanita le divertía este ejercicio, y tenia
una voluntad indómita. A las observaciones que su
madre le hacia daba oídos de mercader; acariciaba
á su madre para vencer su oposición y disipar su
disgusto, y seguía yendo á la fuente á pesar de
todas las observaciones.
VII
UNA tarde del mes de Mayo Juanita se entretuvo
en la fuente en larga y alegre conversación
con otras muchachas.
Ya anochecido, subía con su cántaro lleno por la
cuesta, que en aquel momento estaba sola.
La tertulia de los poyetes solía, en primavera y
en verano, durar hasta las ánimas, hora en que los
tertulianos se retiraban para cenar y acostarse.
Aquel día don Paco había estado haciendo esfuer-
zos, ó como si dijéramos, gimnasia con su voluntad
para no ir á la tertulia y ver á Juanita. La lucha
entre su voluntad razonable y su inclinación había
durado bastante. Al fin, la voluntad sometida llevó,
aunque tarde, á la tertulia de los poyetes á toda la
persona de don Paco.
La picara casualidad hizo que, al bajar don Paco,
subiese Juanita, según hemos dicho.
Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero
38 JUANITA LA LARGA]
sin lana. Las estrellas, si resplandecían en el étet
infínito, vertían muy débil luz sobre la tierra.
Acrecentaba la obscuridad, en el punto en que
ambos se encontraron, algunos frondosos árboles
que allf habta y el alto vallado de zarzamoras y de
otros arbustos que se extendía á uti lado y i, otro
por casi todo el camino.
Juanita era muy distraída é iba además pensando
en sus travesuras de muchacha. Don Paco era tam-
bién distraído. Él mismo no sabía en qué estaba
pensando. Era, además, algo corto de vista. Lo
cierto es que no repararon uno en otro al venir en
opuestas direcciones, ni oyeron el ruido de los
pasos. Chocaron, pues, y se dieron un buen em-
pellón.
— Caramba, hombre —dijo Juanita — mire usted
por dónde va y no camine á ciegas; por poco me
tira el cántaro.
Don Paco, que conoció á Juanita por la voz,
contestó con mucha dulzura:
JUANITA LA LARGA 39
— ¡Perdona, hija mía. ¿Te he hecho daño?
Ella, que también conoció á don Paco en seguida,
replicó riendo:
—¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues
qué, ¿soy yo acaso de alfeñique?
— No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si
en algo eres de alfeñique no es por lo quebradiza,
sino por lo dulce.
— Entonces seré turrón de Alicante, dulce pero
duro.
— Y vaya si me ha parecido duro.
— Si advirtió usted su dureza hablará sólo de su
dulzura por adivinanza.
— Pues qué, ¿no podría yo probarla?
— ^Ya está usted viejo, don Paco, y no podría
meterle el diente.
— ^Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo,
y tengo los dientes tan cabales y tan fuertes que,
si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra los
daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino más
blandas y amorosas demostraciones.
— ¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué de-
mostraciones ha de hacer usted, si puede ser mi
abuelo?
Y como don Paco seguía plantado delante, ata-
jándole el camino, Juanita continuó:
— Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted
un espantajo. ¿Qué dirá la gente si le ve y le oye
hablar aquí y requebrar en la obscuridad á una
mocita? Capaz será de decir que ha perdido usted
la chaveta y que ya no sirve para secretario del
Ayuntamiento y consejero de don Andrés.
40 JUANITA LA LARGA
Don Paco 86 apartó entonces y dejó pausar á Jua-
nita, pero en vez de dirigirse hacía la fuente, se
volvió, siguiéndola, hacia el lugar.
— ¿Qué hace usted, señor? ¿Por qué no va ¿ au
tertulia? Todavía están en los poyetes el señor cura,
el boticario y el escribano. Vayase usted á hablar
con ellos.
— Ya es tarde, pronto se volverán y desisto de
ir hasta allí. Prefiero volvenne charlando contigo.
— ¿Y de qué hemos de charlar nosotros? Yo no
sé decir sino tonterías. No
he leído los libros y papeles
que usted lee, y como no le
hable de los guisos que mi
madre hace ó de mis bor-
dados y costuras, no sé de
qué hablar á su merced.
■ — Habíame de lo que ha-
blas á Antoñuelo cuando es-
tás con él de palique.
— Yo no sé lo que es pali-
que, ni sé si estoy ó no estoy á veces de pahque
con Antoñuelo. Lo que sé ea que yo no puedo decir
á su merced las cosas que á él le digo.
■ — ^¿Y qué le dices?
— Pues no quiere usted saber peco. Ni el padre
Anselmo, que es mi confesor, pregunta tanto.
— Algo de muy interesante y misterioso tendrá
lo que dices á Antoñuelo, cuando ni al padre
Anselmo se lo confiesas.
— No se lo confieso porque no es pecado, que si
fuera pecado se lo confesaría. Y no se lo cuento
JUANITA LA LARGA
41
tampoco, porque á él no le importa nada, y á usted
debe importarle menos que á él.
A todo esto, como iban á buen paso ambos inter-
locutores, habían ya subido la cuesta y se hallaban
en el altozano, á la entrada del lugar, donde están
la iglesia parroquial y las primeras casas.
— Déjeme su merced ahora — dijo Juanita, — y
no venga, con perjuicio de su autoridad, acompa-
ñando á una chicuela que lleva un cántaro. ¡Pues
no se enojaría poco la señora doña Inés, que tiene
tantos humos, si viese á su señor padre sirviendo
de escolta, no á una princesa como ella, sino á una
pobrecita trabajadora!
— ¿Qué había de decir? Diría que yo te estaba
encomendando algún trabajo.
— -No es esta hora ni ocasión para eso. Y por
otra parte, no es á mí, sino á mi madre, á quien
los trabajos se encargan. Acuda usted á ella si algo
quiere encargar.
Y diciendo esto, apresuró el paso, hizo á don Paco
un gesto imperativo, marcándole la calle por donde
debía irse, y ella se fué por otra que formaba án-
gulo recto con la que don Paco debía seguir.
MUCHO caviló don Paco sobre aquel diálogo,
midiendo é interpretando las palabras de
Juanita.
Le habla llamado abuelo, pero con amable risa.
Todos los hombres, abuelos y nietos, solemos pro-
metérnoslas felices y casi siempre nos inclinamos
á dar la más favorable interpretación á caaiito -
dicen las mujeres que pretendemos. ¿
No se podía dudar, por ser cues-
tión de una ciencia tan exacta comii
la aritmética, que él hubiera podido
ser el abuelo de Juanita. Don Paco
hacia este cálculo.
Yo tengo cincuenta y tres años. Jio
diecisiete á cincuenta y tres van trein-
ta y seis; á los diecinueve años bien
pude yo haber tenido una hija, y
esta hija bien pudo haberse casado
y tener á Juanita á los diecisiete.
Después sumaba don Paco:
44 JUANITA LA LARGA
— Diecinueve más diecisiete, más otros diecisiete
que tiene Juanita ahora, son cincuenta y tres, que
es mi edad: luego, muy descansadamente, pudiera
yo ser el abuelo de esa picara muchacha.
E pur si muove — ^proseguía, pues era hombre
erudito hasta cierto punto, sabía un poco de italiano,
porque habla oído cantar muchas óperas, y conocía
las palabras que se atribuyen á Galileo, así como
varias otras sentencias expresadas en la lengua del
Dante, verbi gracia: C/ii va piano, va sano, e va
lontano.
La primera sentencia aplicada á su situación
quería significar que él, á pesar de poder ser el
abuelo de Juanita, quería y podía ser otra cosa
muy diferente; y la segunda sentencia, que también
recordaba don Paco, quería significar que él debía
ir con tiento, con pies de plomo y sin precipitarse,
porque no se ganó Zamora en una hora, y porque
la muchacha no era muy arisca en el fondo, ni
probablemente tan firme y dura de entrañas como,
merced al encontrón que había tenido con ella, le
constaba que era firme y dura en su juvenil super-
ficie. Además, las esperanzas, lejos de desvanecerse,
crecían en su pecho, hallándose más inverosímil
abuelo que inverosímil amante. Para corroborar
esta lisonjera afirmación, se contemplaba don Paco
en el espejo en que solía afeitarse, el cual, aunque
era pequeño, no lo era tanto que no reflejase casi
toda su persona. El exclamaba al verla, como el
pastor Coridón de Virgilio ó como el Marramaquiz
de Lope:
¡Pues no soy yo tan feo!
JUANITA LA LARGA 45
Y verdaderamente, no era feo don Paco, ni pa-
recía viejo tampoco.
A las últimas palabras de Juanita dio don Paco
una interpretación lisonjera, pero acaso más com-
prometida de lo que él deseaba.
Al indicarle la muchacha que hablase con su
madre y que le encargase la obra de costura que
ella debía hacer, ¿no estaba claro que Juanita se
mostraba propicia á entrar en cierto género de
relaciones, aunque no á hurto, sino á sabiendas y
con beneplácito de la autoridad materna?
Como quiera que fuese, don Paco, sintiéndose
prendado de Juanita, se allanaba á pasar por todo;
pero se propuso, como hombre prudente, no aven-
turarse más de lo necesario y no soltar prenda por
lo pronto.
A que él entrase en relaciones serias con Juanita
y conducentes á la buena fin^ se oponían dos consi-
deraciones: era la primera la excesiva, sospechosa
é íntima familiaridad que tenía Juanita con Anto-
ñuelo, el hijo del herrador; y era la segunda la casi
seguridad del furioso enojo de doña Inés cuando
llegase á saber que él tenía un compromiso serio
con Juanita. Doña Inés inspiraba á su padre terror
pánico y siempre trataba de huir de su enojo como
de una espada desnuda.
Su decidida afición á la muchacha saltaba, no
obstante, por cima de los obstáculos, como un corcel
generoso salta la valla que se le ha puesto para
atajar su carrera.
En resolución, combatido don Paco por harto
contrarios sentimientos, aunque se propuso no
46 JUANITA LA LARGA
desistir de la empresa que había foriiiado de manera
muy vaga, se propuso también proceder con la
mayor cautela y ser lo más ladino que pudiese,
aunque en estos negocios no le sucedía como en los
negocios del municipio, y el ser ladino no era su
fuerte.
Así discurriendo, pasó don Paco revista á su ropa
blanca. Yió que sólo tenia media docena de camisas
bastante estropeadas y con muchos zurcidos. Y
como esto era muy poco para él, persona de extre-
mado aseo, que ¡cosa rara en un pequeño lugar! se
ponía ropa limpia tres veces á la semana, decidió
que estaba justificadísimo el mandar que le hicieran
media docena de camisas nuevas, que le hacían
muchísima falta. ¿Y quién había de hacerlas mejor
que Juanita, que era la costurera más hábil de
Villalegre? ¿Y quién había de cortarlas mejor que
su madre, la cual, lo mismo que con el mango de
la sartén en la izquierda y la paleta en la diestra,
era una mujer inspirada con las tijeras en la mano
y con cualquiera tela extendida sobre la mesa y
marcada ya artísticamente con lápiz ó con jaboncillo
de sastre?
Al día siguiente, decidido ya don Paco, acudió
muy de mañana á casa de Juana la Larga y le
mandó hacer seis hermosas camisas de madapolán
con puños y pecheras de hilo, ajustándolas á treinta
reales cada una. Para ganarse la voluntad y excitar
el celo de ambas Juanas, les llevó don Paco, envuelto
en un pañuelo, y sin que los profanos viesen lo que
llevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara
en el lugar; y para mayor esplendidez, sacó además
" fUA^lITA LA LARGA 47
del bolsillo del holgado chaquetón que solía vestir
de diario, nada menos que tres bollos del exquisito
chocolate, que solía hacer doña Inés en su casa, y
del cual había regalado á su padre una docena de
bollos de á cuatro onzas cada uno.
Juana la Larga, que era muy golosa y muy
aficionada á que la obsequiasen, aceptó el presente
con gratitud y complacencia, pero como no era
larga solamente de cuerpo, sino que lo era también
de previsión, y si vale decirlo asi, de olfato mental,
al. punto olió y caló las intenciones que don Paco
traía y sobre las cuales había ya sospechado algo.
REZA el refrán que honra y provecho
no caben en un saco; pero Juana
la Larga, sobre ser honrada, rayando
su honradez en austeridad para que se
borrase la mala impresión de bus desli-
ces juveniles, era además una matrona
llena de discreción y de juicio, y sabía
que el mencionado refrán s
equivoca muy á me-
t
50 JUANITA LA LARGA
nado. Para ella, en el caso que se le acababa de
presentar, en vez de no caber en un saco, el prove-
cho no podía ser sin la honra y la honra tenía que
producir naturalmente el provecho.
Sí Juanita se dejaba camelar á tontas y á locas,
se exponía á dar al traste con su reputación y á ser
el blanco de las más feroces murmuraciones y á
perder para siempre la esperanza de hallar un buen
marido. Y todo ello por unas cuantas chucherías y
regalillos de mala muerte. Mientras que si Juanita
acertaba á ser rígida sin disgustar y ahuyentar al
pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor
favor de importancia antes de que el cura diese en
la iglesia el pasaporte para los favores, convirtién-
dolos en actos de deber y cargas de justicia, harto
posible era que don Paco se emberrenchinase hasta
tal punto, que entrase por el aro rompiendo todo
el tejido de dificultades que al aro pusiesen doña
Inés y otras personas, y elevando á Juanita á ser
legítimamente la señora del personaje más im-
portante del lugar después de don Andrés Eubio,
el cacique.
Con tales pensamientos en la mente, á par que
con notable destreza y desarrollando la cinta que
estaba enrollada en una carretilla, tomó Juana á
don Paco las medidas convenientes. Estuvo con él
más dulce que una arropía, y, aunque le dijo que
no tenía que venir á su casa para probarse la
primera camisa, porque cuando estuviese medio
hecha ó hilvanada se la enviaría para la prueba, le
convidó á que algunas noches, de nueve á once,
cuando no tuviese nada mejor que hacer, viniese.
JUANITA LA LARGA 51
si quería, un rato de tertulia á su casa, porque ni
ella ni Juanita gustaban de acostarse temprano, y
aunque estaban casi siempre solas, velaban hasta
las doce. Juanita cosía ó bordaba; pero como esto
se hace con las manos, su lengua quedaba expedita
y charlaba más que una cotorra.
— ^Yo — añadía Juana la Larga — no coso ni bordo
de noche porque tengo perdida la vista, y así es que
estoy mano sobre mano ó paso las cuentas de mi
rosario y rezo. Si alguna vez está usted de humor,
podemos echar juntos cuatro ó cinco manos de tute,
que yo sé que á usted le agrada. A mí me agrada
también, pero mi mala suerte y mis cortos medios
no me permiten jugarle más que á real cada juego.
Y aun así si le da á una muy mal, bien puede
perder veinte ó treinta reales en una noche, como
quien no quiere la cosa.
Ya se comprende que don Paco aceptó el convite
y fué de tertulia á casa de Juana: al principio de
vez en cuando; al cabo de poco tiempo, todas las
noches. Casi siempre jugaba al tute y perdía. Sus
pérdidas podían evaluarse, una noche con otra, en
una peseta diaria. Todo, no obstante, lo daba don
Paco por bien empleado.
Las camisas estuvieron pronto concluidas y don
Paco quedó muy satisfecho. En la vida se había
puesto otras que mejor le sentasen.
No las hubiera hecho más lindas el camisero más
acreditado de París. Las lustrosas pecheras no
hacían una arruga; los cuellos eran derechos, á la
diplomática, y los puños muy bonitos y para los
botones que en el día se estilan, Juana le regaló,.
ja JUANITA LA LARCA
en compensación de los muchoe regalos gae de él
recibía, an par de botones preciosoa de plata sobre-
dorada que mercó en la tienda del Murciano, tienda
bien abastecida, y donde, segiio dicen por allí,
habla de cuanto Dios crió y de cuanto puede
imaginar, forjar, tejer y confeccionar la industria
humana: naipes, fósforos, telas de seda, lana y
algodón, especiería, quesos, garlmnzos y habichue-
las, ajonjolí, matalauva y otras semillas. Casi eran
los únicos artículos que allí faltaban las carnes de
va^a y de camero y toda la pasmosa variedad de
sabrosos productos que resultan de la matanza y
sacriñcio de los cerdos.
Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya
estuviesen jugando al tute, Juanita rara vez sus-
pendía BU costura ó su bordado; pero, sin suspen-
derlos, solía tomar parte en la conversación del
modo más agradable. Nadie venia á interrumpir
esta tertulia de los tres, salvo Antoñuelo, que
JUANITA LA LARGA 53
escamaba mucho á don Paco y le llenaba de sobre-
salto y mal humor.
Crecía éste de punto, porque, mientras que don
Paco estaba jugando al tute y Juana le acusaba las
cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca de
Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella
cosía, y ambos cuchicheaban con mucha animación
y en voz tan baja, que don Paco no podía pescar ni
palabra de lo que decían. Con esto se ponía como
sobre ascuas y muy alborotado y triste, sin que
para ocultarlo le valiese el disimulo. Entonces don
Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del
mismo palo y se le olvidaba acusar veinte, ó bien, si
Juana le jugaba un oro y él tenía el as ó el tres, se
le guardada y no le echaba. Así es que las noches
en que venía Antoñuelo á la tertulia, sobre la de-
sazón que daba á don Paco, le hacía perder un par
de pesetas y hasta tres á veces.
Viniese ó no viniese Antoñuelo á la tertulia,
Juana la Larga estaba siempre presente. Don Paco
no hallaba modo de hablar á solas con Juanita, ni
de abandonar á la madre é imitar á Antoñuelo,
enredándose en cuchicheos con la hija.
Alguna vez que lo intentó, hablando bajo á
Juanita, ésta le contestó alto, haciendo la conver-
sación general y despojándola de todo misterio.
Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo
venía, rodear las cosas de suerte que le obligase á
entretener á la madre, hablando ó jugando al tute
con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía
jugar al tute y daba á entender que nada tenía que
decir á Juana.
54 JUANITA LA LARGA
Con {recuencia salía don Paco tan cargado de esta
tertulia que se proponía y casi resolvía no volver ¿
ella ó al menos ir poco á poco retirándose. Pero ya
había tomado la maldita costumbre de ir, y todas
las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque
de ánimas á hormiguearle y bullirle los pies, y elloa
mismos, pronunciándose y rebelándose contra sa
voluntad, le llevaban á escape y como por encanto
en casa de ambas Juanas.
X
PRONTO notaron todos los vecinos, cundiendo la
la noticia por el resto de la población, las
constantes visitas nocturnas de don Paco; pero como
Antoñuelo solía ir también, y entre don Paco y
Juanita había tan grande desproporción de edad, la
gente murmuradora lo explicó todo suponiendo que
Antoñuelo era novio de Juanita y que don Paco
tenía ó trataba de tener relaciones amorosas con la
madre, la cual, á pesar de sus cuarenta y cinco
años y de los muchos trabajos y disgustos que había
pasado en esta vida, apenas tenía canas, y estaba
ágil, esbelta, y aunque de pocas, de bien puestas,
frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes.
La austeridad esquiva de Juana la Larga, du-
rante muchos años, desde que tuvo su juvenil
tropiezo, no pudo en esta ocasión eximirla de la
maledicencia. La gente decía que al fin se había
dejado tentar y lo daba todo por hecho. Cuando
veía la gente que Antoñuelo y don Paco iban á las
nueve á la casa y permanecían allí hasta cerca de
5S JUANITA LA LARGA
entendimiento de amor y de hermosura, se quedaba
extasiado contemplando el andar de la moza, que
no tenia el liviano, provocativo y sucio movimiento
de caderas, y los pasitos menudos que suelen tener
las chulas, sino que era un andar sereno, á grandes
pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía
de andar Diana Cazadora, ó la misma Venus, al
revelarse al hijo de Anquises en las selvas que
rodeaban á Cartago.
En Villalegre se gastaban corsés y hasta era
Juana la Larga quien mejor los hacía; pero la indó-
mita Juanita nunca quiso meterse en semejante
apretura ni llevar aquel cilicio que para nada nece-
sitaba ella, y que entendía que hubiera desfigurado
su cuerpo. Sólo llevaba, entre el Ugero vestido de
percal y sobre la camisa y enaguas blancas, un
justillo ó corpino, sin hierros ni ballenas; zona que
bastaba á ceñir la estrecha y virginal cintura, de-
jando libre lo o^más, que derecho y firme no había
menester de sostén ni apoyo.
En el espíritu de don Paco pudo, ^ embargo,
más que el deleite.de ver á Juanita en la fuente ó
volviendo del albercón, la idea de que, estando ya
muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar
á la princesa Nausicaá sin rebajarse ó avillanarse
demasiado; y así, aconsejó y amonestó tantas veces
y con tan discretas razones á Juanita para que no
fuese á la fuente, apoyándole siempre la madre de
ella, que Juanita cedió al cabo y dejó de ir á la
fuente y al albercón, retrayéndose además de otros
varios ejercicios y faenas que no son propios de una
señorita.
JUANITA LA LARGA] 57
y amonestaciones, los cuales eran el asunto de los
cuchicheos.
Don Paco aparentaba aquietarse al oir tal expli-
cación, pero en reahdad no se aquietaba; y mos-
trando el verdadero interés que el buen nombre de
Juanita le inspiraba, insinua-
ba que, aunque todo fuese mo-
ral é inocentísimo, convenía,
á fin de evitar el qué dirán,
no recibir i Antoñuelo con
tanta frecuencia.
Los sermones que predica-
■ba don Paco, más que mora-
les, conducentes á conservar
el decoro de Juanita, no se
puede decir que fueron predicados en desierto.
Poco á poco dejaron de menudear las visitas de
-Antoñuelo; sus cuchicheos con Juanita se acorta-
ron, y al fin cuchicheos y visitas vinieron á ser raros.
Esto dio ánimo á don Paco. Creyó notar que se
prestaba dócil oído á sus cariñosas reprimendas, y
Be atrevió á predicar también sobre otro punto.
En extremo gustaba él de ver á Juanita charlar
en la fuente ó subir la cuesta con el cantarillo en
la cadera ó con la ropa ya lavada sobre la gentil
cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del
verde bosque, y más majestuosa que la propia
princesa Nausicaá, que también lavaba la ropa
cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por
el suelo, solían hacerlo las princesas, allá en los
siglos de oro.
Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya,
6o JUANITA LA LARGA
ya SUS solitarias meditacionee, ya sas lectnras, ya
BUS intereBantes coloquios con el padre Anselmo,
con el cacique ó con alguna otra persona de fuste
que viniese á vÍBÍtarla.
A las nueve de la noche en verano y é> las ocho
ó anteB en invierno, mandaba acostar i los niños,
y desde entoncBB hasta laB once y 6, veces hasta más
tarde, tenía tertulia, en la cual se discre-
teaba, y á la cual rara vez asistía el se-
ñor Boldán, que no presumía ni podía
presumir de discreto, y á
lien las discreciones de
su mujer pasmaban y
enorgullecían, pero al
mismo tiempo le exci-
taban al sueño.
En las horas que
le dejaban libres los
afanes y cuidados de
la casa y aun de la
administración de la hacienda, de la qne suave-
mente había despojado á su marido, por no consi-
derarle capaz, doña Inés solfa ocuparse en lecturas
que adornaban y levantaban su espíritu. Kara vez
perdía su tiempo en leer novelas, condenándolas
' por insípidas ó inmorales y libidinosas. De la poesía
no era muy partidaria tampoco, y sin plagiar á
Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese
preceptuado, desterraba de su casa y familia á casi
todos los poetas, como corruptores de las buenas
costumbres y enemigos de la verdadera religión y
de la paz que debe reinar en las bien concertadas
JUANITA LA LARGA 6i
repúblicas; pero en cambio doña Inés leía historia
de España y de otros países, y sobre todo muchos
libros de devoción. El cura la admiraba tanto, al
oiría hablar de teología, que mentalmente adornaba
sus espaldas con
la muceta y su
cabeza con el bo-
nete y la borla.
Era tan grande
la actividad de
doña Inés, que á
pesar de tan va-
rias ocupaciones,
aún le quedaba
tiempo para sa-
tisfacer su anhelo
de enterarse á
fondo de la histo-
ria contemporánea y local, que tenía para ella más
atractivos que la historia univeraal ó de épocas y
países remotos.
Para conocer bien esta historia contemporánea
y local y ejercer sobre los hechos la más severa
crítica, se valía doña Inés de diferentes medios,
siendo el más importante una criada antigua, que
hacia recados, que entraba y salía por todas partes
y que se llamaba Crispina, émula en su favor y
privanza de Serafina, la doncella.
Gracias á Crispina, estaba ai corriente doña Inés
de los noviazgos que había en el pueblo, de las
pendencias y de los amores, de las amistades y
enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada
62 JUANITA LA LARGA
casa, de lo que éste debía y de lo que aquél había
dado á premio, y hasta de lo que comía ó gastaba
en comer cada familia. A los que comían bien,
doña Inés los censuraba por su glotonería y despil-
farro, y á los que comían poco y mal, los caUfícaba
de miserables, de hambrones y de pereciendos.
No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener
noticia de las aficiones de su padre y de sus visitas
ó tertulia en casa de ambas Juanas. Muchísimo la
molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente
la apellidaba; pero disimuló y se reportó durante
muchos días, sin decir nada á su padre. Doña Inés
estaba muy adelantada en sus concebidas esperan-
zas de octavo vastago, y en tan delicada situación
se cuidaba mucho y procuraba no alterarse por
ningún motivo, para que las dichas esperanzas no
se frustraran ó se torcieran ruinmente, realizándose
de un modo prematuro, con deterioro y quebranto
de su salud. Pero aunque doña Inés no dijo por lo
pronto nada á don Paco, se la tenía guardada, y
seguía observando y averiguando por medio de
Crispina, en la creencia de que era á Juana y no á
Juanita á quien su padre pretendía ó cortejaba.
Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de
doña Inés, porque no podía entrar en su cabeza que
su padre intentase jamás contraer segundas nupcias
con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba
en éste muy ásperamente era la inmoralidad y el
escándalo de unas relaciones amorosas contraídas
por hombre que tenía más de medio siglo y que iba
á ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba
también la condición harto plebeya del objeto de
JUANITA LA LARGA 63
los amores de su padre, los cuales, si no dignos de
aplauso, le hubieran parecido dignos de disculpa á
haber sido con alguna hidalga recatada y de supo-
sición, como había dos ó tres en el lugar, que, según
pensaba doña Inés, hubieran visto el cielo abierto,
y aun se le hubieran abierto á don Paco, si él hu-
biera llamado á la puerta de ellas pidiendo entrada.
No se cansaba, pues, doña Inés de censurar las
ruines inclinaciones de su padre. Le dolía asimismo
que su padre gastase tatito en obsequiar á Juana la
Larga, suponiendo, según las noticias que le trajo
Crispina, que gastaba mucho más de lo que gastaba.
— ^¿Conque juega al tute con ella?
— Sí, señora — contestaba Crispina. — ^Y ya por
echarla de fino, ya porque está embobado y embe-
lesado mirando á Juana con ojos de carnero á medio
morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana
le pela, ganándole diez ó doce reales cada noche.
Además los regalos de don Paco llueven sin des-
campar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya
una docena de morcillas, ya fruta, ya parte del
chocolate que le regala su merced, hecho por el
hombre que viene expresamente desde Córdoba á
hacerle en esta casa.
Lo de que don Paco hubiese regalado también
parte de su chocolate irritó ferozmente á doña Inés:
lo consideró una verdadera profanación y casi le
hizo perder los estribos; pero al fin pensó en la
situación en que se encontraba, ya fuera de cuenta,
y logró reportarse. Su moderación y sus cuidados
no fueron inútiles.
El 29 de Junio, día de San Pedro apóstol, sintió
64 JUANITA LA LARGA
doña Inés desde muy de mañana los primeros do-
lores, y con gran facilidad y felicidad dio á luz en
aquel mismo día, á un hermoso niño. La madre y
el señor Boldán decidieron que había de llamarse
Pedro, en honor del príncipe de los apóstoles en
cuyo día había nacido y del que eran muy devotos.
El señor don Andrés Rubio prometió tener al in-
fante en sus brazos en la pila bautismal. Y como
el infante fuese robustísimo, y el médico asegurase
que no corría peligro su vida, retardaron su bau-
tismo hasta mediados del mes de Julio, así porque
ya estaría levantada la señora doña Inés y podría
asistir á las fiestas que se hiciesen, como porque
para entonces se realizaría la anunciada visita del
señor obispo, el cual, á más de confirmar á todos
los muchachos que no lo estuviesen, les haría la
honra de bautizar al futuro Periquito.
El obispo sería hospedado en casa de los señores
de Eoldán los tres ó cuatro días que estuviese en
Villalegre. Doña Inés, por lo tanto, pensando en los
preparativos y en todos los medios que había de
emplear para hacer con lucimiento recepción tan
honrosa, perseveró en refrenar su ira contra Juana
la Larga, á quien imaginaba seductora de su padre.
Y disimulando el odio que le había tomado, no
quiso dejar de valerse de ella en ocasión de tanto
empeño.
Ya la había llamado el día del alumbramiento,
porque bien sabía por experiencia que no había,
en el mundo conocido, más hábil comadre que
Juana.
Y como tampoco había por allí mujer más dis-
JUANITA LA LARCA 65
puesta, para preparar y dirigir los festines, con
tiempo comprometió á Juana á fin de que, desde
dos dias antes de la llegada del obispo, se viniese ¿
su casa, sin volver á la casa propia sino para
dormir, y lo preparase y dirigiese todo. Juana pro-
metió hacerlo así y lo cumplió muy ^
LA víspera de la llegada del obispo, que fué el 15
de Julio, víspera también de la Virgen del
■Carmen, Juana había ti^abajado ya mucbo, sudando
■el quilo para condimentar los manjares y las golo-
sinas, y hasta para disponer el aparato y la magnifi-
cencia que habían de desplegarse en la recepción y
■en el hospedaje de su señoría ilustrísima, y en el
refresco y ambigú que había de darse en aquella
■casa á todo lo más granado é ilustre de la villa,
■después de terminadas las cristianas ceremonias de
la confirmación y del bautismo. En ellas, doña Inés
iba á dar al señor obispo más trabajo que nadie,
pues tenía siete chiquillos no confirmados aún, y
uno todavía moi-o, como apellidan en Andalucía á
■todo ser bumano antes de recibir el agua sacra-
mental que le trae al gremio de la Iglesia.
La noche del 15 de Julio hacía muchísimo calor.
A eso de las nueve, don Paco, segün costumbre,
se fué de tertulia á casa de Juana la Larga; pero
68 JUANITA LA LARGA
Juana seguía trabajando aún en la de los señora»
de Boldán, y Juanita estaba sola con la criada^
tomando el fresco en la reja de su sala baja.
La vio don Paco, y llegó á hablarle antes de
dirigirse á la puerta. Juanita, después de los saludos-
de costumbre, dijo á don Paco, que pretendía que le
abriese:
— Mi madre no ha vuelto aún. No sé cuándo
volverá. Estando yo sola no me atrevo á abrir á.
usted la puerta y á dejarle entrar. La gente mur-
mura ya contra nosotros, y murmuraría mil veces
más si yo tal cosa hiciera. Vayase usted, pues, y
perdóneme que no le reciba.
Ninguna objeción acertó á poner don Paco, con-
vencido de lo puesta en razón que estaba Juanita.
Solamente le dijo:
— Ya que no me recibes, no te vayas de la reja.^
y habla conmigo un rato. Aunque la gente nos vea^
¿qué podrán decir?
— Podrán decir que usted no viene á rezar el
rosario conmigo: podrán creer que yo interesada-
mente alboroto á usted y le levanto de cascos; y
podrán censurar que pudiendo ser yo nietecita de
usted tire á ser su novia y tal vez su amiga. Con
esta suposición me sacarán todos el pellejo á túr-^
digas; y si llega á oídos de su hija de usted, mi
señora doña Inés López de Eoldán y otras hierbas,,
que usted y yo estamos aquí pelando la pava, será,
capaz de venir, aunque se halla delicada y conva-
leciente, y nos pelará ó nos desollará á ambos, ya
que no envíe por aquí al señor cura acompañado-
del monaguillo, con el caldero y el hisopo del agua.
JUANITA LA LARGA 69
l^endita, no para que nos case, sino para que nos
rocíe y refresque con ellg,, sacándonos los demonios
-del cuerpo.
— ^Vamos, Juanita, no seas mala ni digas dispa-
rates. No es tan fiero el león como le pintan. Y si
tú gustases un poquito de mí, y mi conversación te
divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías tanto
miedo de lá maledicencia, ni de los furores de mi
hija, ni de los exorcismos del cura.
—¿Y de dónde saca usted que yo no guste de
tener con usted un rato de palique? Pocas cosas
•encuentro yo más divertidas que la conversación
de usted, y además siempre aprendo algo y gano
oyéndole hablar. Yo soy ignorante, casi cerril; pero,
si el amor propio no me engaña, me parece que no
soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y
«el valor que tienen sus palabras.
— Entonces, ¿cómo es que no me quieres?
— Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres
se trata?
— De amor.
— ^Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es
como el que tiene el padre Anselmo á su breviario,
<5omo el que tiene' doña Inés á sus libros devotos, ó
como el que tiene usted á las leyes ó á los regla-
mentos que estudia, mi amor es evidente y yo le
quiero á usted como ustedes quieren á esos libros,
íío menos que ustedes se deleitan en leerlos me
deleito yo en oir á usted cuando habla.
— Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me
matas á la vez. Yo no quiero instruirte, sino enamo-
rarte. No aspiro á ser'tu libro, sino tu novio.
70 JUANITA LA LARGA
— Jesús, María y José. ¿Está usted loco, do»
Paco? ¿En qué vendría á parar, qué fin que no fuera,
desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No le tiem-
blan á usted las carnes al figurarse la estrepitosa
cencerrada que nos darían si nos casáramos? Y si
el noviazgo no terminase en casamiento, ¿dónde-
iría yo á ocultar mi vergüenza, arrojada de este
pueblo por seductora de señores ancianos?
Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofen-
dió mucho á don Paco en aquella ocasión, y muy
picado, y con tono desabrido, exclamó haciendo'
demostración de retirarse:
— ^Veo que presientes graves peligros. No quiero-
que te expongas á ellos por mi culpa. Adiós Juanita.
— Deténgase usted, don Paco: no se vaya usted
enojado contra mí. ¿No conoce usted muy á las
claras que yo le quiero de corazón y que mi mayor
placer es verle y hablarle? Como soy franca y leal,
procuro no retener á usted con esperanzas vanas.
Mucho me pesaría de que usted me acusase un día.
de que yo le engañaba. Por esto digo á usted que de
amor no le quiero y me parece que no le querré
nunca. Pero lo que es por la amistad, debe usted
contar conmigo hasta la pared de enfrente. ¿Por
qué no se contenta usted con esta amistad? ¿Por
qué me pide usted lo que no puedo ni debo darle? No-
serla flojo el alboroto que se armaría en el pueblo si
usted y yo fuésemos novios y si el noviazgo se supiese.
Don Paco se atrevió á decir entonces en mala
hora y con poco acierto:
— ^¿Pues qué necesidad hay de que nuestro no-
viazgo se sepa?
JUANITA LA LARGA
71
— Y usted ¿por quién me toma para insinuar ese
sigilo, dado que se.a posible? Sólo se oculta lo poco
decente, y por lo tanto, yo no he de ocultar nada
aunque pueda. Si me decidiese yo á ser novia de
usted sería por considerarlo bueno y honrado, y en
vez de ocultarlo como fea mancha, lo pregonarla y
lo dejaría ver á todos con más orgullo que si ense-
ñase una joya, jactándome de ello, en vez de andar
con tapujos. Ya sabe usted mi modo de pensar.
Nada más tenemos que decirnos. Ahora, lo repito,
vayase usted y déjeme tranquila. Malo es siempre
dar que hablar, pero dar que hablar sin motivo es
malo y tonto.
Don Paco depuso el enojo, no acertó á responder
á Juanita con ninguna frase concertada y se fué,
despidiéndose de ella, resignado y triste.
PASARON días y vino el obispo, como se esperaba.
Su señoría iluatrlsima bautizó á los niños
moi'09 que aguardaban au venida como loa padres
del Limbo el aanto advenimiento, y confirmó á los
no confirmados, que ae contaban á centenares,
entre ellos no pocos harto talludos.
Doña Inéa ae lució dando hoapedaje al aeñor
obispo, y éste se fué del lugar muy maravillado y
gozoso de la magnificencia y primor con que allí se
vivía.
Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena,
ae consagró con mayor atención al eatudio de la
historia contemporánea, y al cabo, auxihada por los
datoa que le suministraba Crispina, y valiéndose de
6U rara sagacidad, vino á comprender que no era á
la madre, sino á la hija, á quien cortejaba don Paco.
Su furor fué entonces muy grande, pero por lo
74 JUANITA LA LARGA
mismo se calló aún y no atormentó á su padre con
insinuaciones ni con bromas. El asunto no se pres-
taba á bromas ni á medios términos. La ira de doña
Inés había de estallar y de manifestarse de una
manera más sería, cuando estuviese completamente
convencida de la locura de su padre, pues de tal la
calificaba. .
Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos
pretexto á la murmuración, se sentía más enamo-
rado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces
desdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso
examen de conciencia y miraba y cataba la herida
de su corazón, como un enfermo contempla con
amargo deleite la llaga ó el cáncer que le lastima y
en el que prevé la causa de su muerte.
Toda la vida había sido don Paco el hombre más
positivo y menos romántico que puede imaginarse.
Aquel imprevisto sentimentalismo que se le había
metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía
tan ridículo, que, á par que le afectaba dolorosa-
mente, le hacía reir, cuando estaba á solas, con
risa descompuesta y que solía terminar en algo á
modo de ataque de nervios.
Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches en
casa de ambas Juanas; ya no veía á Juanita en la
fuente y sola, porque él mismo había predicado para
que no fuese, y sin embargo, no acertaba á sus-
traerse á la obsesión que Juanita le causaba de
continuo, presente siempre á los perspicaces ojos
de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño.
Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita
zapeaba, donosa ó duramente, á cuantos mozos la
JUANITA LA LARGA
75
pretendían, y lo que es Antoñuelo iba ya con menos
frecuencia á casa de Juanita. Según en el lugar se
sonaba, andaba él muy extraviado frecuentando las
tabernas en harto malas compañías, y pasando
muchas noches en francachelas y jaranas. Villale-
gre no era el único teatro de sus proezas, sino que,
á pesar de las amonestaciones y reprensiones de su
padre, á menudo muy duras, se solía ir de parranda
al campo ó á algunos lugares cercanos, y en dos ó
tres días no parecía por su casa.'
Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía com-
pletamente dueño del campo; pero el campo estaba
tan bien atrincherado, que don Paco no lograba
entrar en él y se quedaba fuera como los otros.
'No desistió por eso de ir por la noche en casa de
ambas Juanas, aunque no de diario.
Como de costumbre, jugaba al tute con la madre;
como de costumbre, hablaba con Juanita en con-
versación general y Juanita hablaba igualmente y
le oía muy atenta, manifestándose finísima amiga
suya y hasta su admiradora; pero como de costum-
bre^ también, las miradas ardientes y los mal
reprimidos suspiros de don Paco, ó pasaban sin ser
notados y eran machacar en hierro frío, ó hacían
un efecto muy contrario al que don Paco deseaba,
poniendo á Juanita seria y de mal humor, turbando
su franca alegría y refrenando sus expansiones
amistosas.
De esta suerte, poco venturosa y triunfante para
don Paco, se pasaron algunos días y llegaron los
últimos del mes de Julio.
Hacía un calor insufrible. Durante el día los
75 JUANITA LA LARGA
pajaritos se asaban en el aire cuando no hallaban
sombra en qué guarecerse. Durante la noche, re-
frescaba bastante. En el claro y sereno cielo res-
plandecían la luna y multitud de estrellas que, en
vez de envolverle en un manto negro, le teñían de
azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes
bordados de oro.
Ambas Juanas no recibían á don Paco en la sala,
sino en el patio, donde se gozaba de mucha frescura
y olla á los dompedros, que dan su mis rico olor
por la noche; á la albahaca
y ¿ la hierbaluisa, que había
en no pocos arriates y ma-
cetas , y á los jazmines y á
las rosas de enredadera, que
en Andalucía llaman de ^ííí-
min'' , y que trepaban por las
paredes y formaban verde
cortina, enredándose á las
rejas de las ventanas, en los
cuartos del primer piso,
donde dormían Juanita y su
madre.
En aquel sitio, tan encan-
tador como modesto, era re-
cibido don Paco. Todavía
allí, á la luz de im bruñido
velón de Lucena, de reful-
gente azófar, se jugaba al
tute en una mesilla portátil,
pero no con la persistencia que bajo techado. Otras
distracciones, casi siempre gastronómicas, suplían la>
JUANITA LA LARGA 77
falta del juego. Juana, que era tan industriosa, solfa
hacer helado en una pequeña cantimplora que tenía;
pero con más frecuen-
cia se entretenían La-
miendo ora piñouus,
ora allnen-
dras y gar-
banzos tos-
tados, ora
flores de
maíz, que
Juanita tenf a
1 a habilidad
de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora altra-
muces y A veces hasta palmitos, cuando los arrieros
■ los traían de la provincia de Málaga, porque en la
de Córdoba no se crían.
Estas rústicas semicenas, dignas de ser celebra-
das por don Francisco Gregorio de Salas en su
famoso Observatorio, deleitaban más á don Paco
que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas
de Trimalción ó de Apicio y las modernas de la
Maison Dorée ó del Cafe Inglés en París, pare-
ciéndole mejor aquellos groseros alimentos que la
ambrosía que comen las deidades del Olimpo, ya
que Juanita, comiéndolos, les comunicaba cierta
celestial ú olímpica naturaleza. Dichas chucherías,
apéndices de la verdadera cena que cada uno habla
tomado ya en su casa antes de empezar la tertulia,
probaban además, cuando las dos Juanas y don
Paco se las comían sin el menor susto y sin ninguna
mala resulta, que nuestros tres héroes poseían tres
78 JUANITA LA LARGA
estómagos de los más sanos, eficaces y potentes que
hay en el mundo.
Una noche en que estaban aquellas señoras muy
familiares, conversables y benignas con don Paco,
se atrevió éste á ofrecer algo que pensaba en ofrecer
tiempo hacia, sin acabar de decidirse por t^mor de
que no aceptasen su obsequio.
Desechado el temor, dijo al cabo:
— De hoy en ocho días, el 4 de Agosto, habrá
grandes fiestas en este pueblo. Habrá procesión,
feria, velada, función de iglesia y sermón, que
predicará el padre Anselmo, contando y celebrando
la vida y milagros del glorioso Santo Domingo de
Guzmán , nuestro patrono y abogado en el cielo.
Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica,
por el estilo de la de estos mantones que llaman de
espumilla ó de Manila. Carece de bordados y es de
color verde oscuro. Me la envió meses há de regalo
mi sobrino Jacintico, que está en Filipinas empleado
en Hacienda. Tiempo hay todavía de hacer con esta
tela un precioso vestido de mujer. ¿Y quién le lle-
varía con más garbo y lucimiento que Juanita si
aceptase mi presente? La tela es pintiparada para
hacer el traje, y si ustedes quieren darse prisa, aún
tienen tiempo de sobra.
Madre é hija dieron mil gracias á don Paco por
su buena intención, mostrando repugnancia en
aceptar por el quí' dirán y sosteniendo que cuando
viesen á Juanita con traje tan lujoso todo el lugar
se alborotaría, adivinaría que la seda era regalo de
don Paco y él y ellas darían una estruendosa
campanada.
JUANITA LA LARGA 79
Nada contestó don Paco á tan juiciosos razona-
mientos; pero hizo algo más elocuente y persuasivo.
Tomó de una silla un paquete que había traído
recatadamente envuelto en un pañuelo, y desdo-
blándole mostró la tela á la luz del velón.
Ambas mujeres admiraron aquella hermosura;
la calificaron de divina. Los ojos y el alma se les
iban en pos de la tela. En suma, no pudieron
resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mos-
trarse más difícil y Juanita tuvo que» ceder y que
aceptar antes que ella.
No bien se fué don Paco, á eso de las doce,
Juanita dijo á su madre:
— ^Yo no he sabido resistir. La tela es encanta-
dora. Lo que más me agrada en ella es su flexibi-
lidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se
ceñirá muy bien al cuerpo y se podrá dar mucho
vuelo á las faldas, que formarán pliegues muy
graciosos. Vamos... he caído en la tentación. ¿Qué
no van á murmurar y á morder las envidiosas
cuando me vean tan peripuesta y tan guapa ir á la
función de iglesia el día de Santo Domingo? Porque
tú, mamá, irás con tu mantilla de tul bordado, y
me emprestarás ó me regalarás la otra que tienes,
de madroños, que me está como pintada. Varias
veces la he sacado del fondo del arca y me la he
probado, mirándome al espejo. Mucho van á rabiar
cuando me vean tan maja las hijas del escribano,
que gastan tanta fantasía como si fueran dos mar-
quesas, aunque son dos esperpentos y van siempre
mal pergeñadas.
— Sí, hija; pues si la menor está tan escuchimi-
N
•\
8o JUANITA LA LARGA
zada que parece una lombriz de caño sucio, y la
otra es tan pequeñuela y tan gorda como una
bolita. Si llega á casarse, á tener hijos y á engordar
más, perderá la forma de mujer y se convertirá en
cochinilla de San Antón. Pero dejando esto á un
lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos
la más tremenda envidia y nos pondrán como un
regalado trapo.
— Pecho al agua y preparémonos para la lucha.
¿Qué podrán decir de mi? ¿Que don Paco me viste?
Pues yo voy á vestir á don Paco... y patas. Mira,
con mis ahorrillos iré mañana á la tienda del
Murciano y compraré paño de Tarrasa ó del mejor
que tenga. Calcula tú cuántas varas se necesitan.
Él tiene gabina, castora ó como se llame; pero su
levita, aunque no se la pone más que diez ó doce
veces al año, está ya desvergonzada de puro raída.
Sin chistar, con mucho sigilo, vamos tú y yo á
hacerle una levita nueva, según el último figurín
de La Moda Elegante ó Ilustrada que recibiste de
Madrid el otro día. Como tú tienes las medidas de
don Paco y eres muy hábil, la levita, sin probársela
ni nada, le caerá muy bien, y ya verás con qué
majestad y con qué chiste la luce en la procesión,
cuando marche en ella entre los demás señores del
Ayuntamiento. Así no seré yo sola, sino él también
quien estrene prenda en tan solemne día.
— Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el
fuego, sino echarle leña para que arda más. Si han
de murmurar como uno al verte con el vestido
nuevo, murmurarán como dos al ver con levita
nueva á don Paco.
JUANITA LA LARGA 8i
^Pues que murmuren. Lo que yo me propongo
al regalar la levita, además de la satisfacción que
me cause el obsequiar á don Paco, es que nadie me
acuse, y sobre todo que no me acuse yo misma de
tener el vestido sin dar en pago algo equivalente.
Decididas asi las cosas, al otro día se compró el
paño. Juana cortó con segura destreza la levita y
el traje de mujer, y madre é hija y dos oñcialas
trabajaron con tal ahinco que el 3 de Agosto,
víspera del día del santo, levita y vestido de mujer
estaban terminados.
CUANDO aquella noche vino don Paco de tertulia
ie dieron la sorpresa de enseñarle la levita.
Él casi se enojó y hasta se le saltaron las lágrimas
de puro agradecido.
En el patio mismo se probó la levita; le hicieron
dar con ella cnatro ó cinco paseos y ambas mujeres
encontraron que con la levita estaba don Paco muy
airoso; y eso que no se vela todo el efecto porque no
habia trafdo la gabina Bino el hongo como de cos-
tumbre, y la levita y el hongo no armonizan bien.
Animados ya los tres y de buen humor, dijo don
Paco.
—No comprendo por qué gustan ustedes tanto
de la soledad y están tan retraídas. La plaza, esta
noche, estará animadísima. Todo el mundo habrá
acudido á la verbena y á ver los fuegos, que dicen
84 JUANITA LA LARGA
que serán magníficos. Empezarán en punto de las
once, y como habrá muchos cohetes y dos ó tres
soles ó ruedas, y á lo último un gran castillo que
terminará con un espantoso trueno gordo, durará
la fiesta hasta después de media noche. La gente
quiere que el trueno gordo estalle en el momento
mismo que empiece el día del santo, y espera que
el santo le oiga desde el cielo y se alegre de que sus
patrocinados le saluden y feliciten. ¿Por qué no se
animan ustedes y van á gozar de todo esto? Iremos
juntos. Yo las acompañaré.
— Bien quisiera yo ir — contestó Juana, — ^pero-
temo que nos pongan como chupa de dómine
cuando nos vean reunidos.
— Pues, mira, mamá, deja que nos pongan coma
les dé la gana; á mí me sale de adentro el ir, y no-
quiero andar con repulgos. Vamos allá y arda.
Troya. Como estamos vamos bien; sin nada en la
cabeza; no tenemos más que echar á andar.
Sin hacer más reparos, los tres se fueron en
seguida á la velada y feria que había en la plaza,
la cual, con los muchos farolillos y candilejas que
la iluminaban, parecía un ascua de oro; y por el
bullicio y por la muchedumbre de gente que casi la
llenaba, era un hormiguero de seres humanos.
En los balcones, en las ventanas y en las puertas-
de las casas, las personas de más edad y fuste
estaban sentadas en sillas.
Las jóvenes se paseaban ó se paraban á contem-
plar las tiendas de mercaderes ambulantes que se^
extendían por la plaza y por dos ó tres calles de la&
que en la plaza desembocan.
JUANITA LA LARGA 85
Las tiendas á las que se agolpaba más gente eran
las de juguetes y muñecos. Apenas habla chicuelo
que no fuese obsequiado por sus padres ó por los
amigos de sus padres con un pito, con una trompeta
¿ con un tambor, Y como casi todos desplegaban
en seguida su capacidad musical en los instrumentos
que les habían mercado, el aire resonaba con mar-
cial y alegre, aunque
Mliscüfdante ai-niu-
nla, Ni faltaban
en Jas tiendas de muñe-
cos trompas merinas, siempre -tiesos, sables y fusi-
les de madera y de latón, y especialmente Santos
Domingos de diversos tamaños, todos de barro
cocido y pintado de vivísimos colores. Estas imá-
genes eran las que más se vendían, porque el santo
inspiraba en el pueblo devoción fervorosa.
El ambiente estaba embalsamado por el aroma
del aceite frito de más de quince buñolerías donde
gitanas viejas y mozas freían y despachaban de
continuo esponjados buñuelos, que unas personas
se comían allí mismo con aguardiente ó con choco-
86 JUANITA LA LARGA
late, y otras se los llevaban á su casa ensartado»
todos en un largo, flexible y verde junco.
Ni faltaban allí tampoco puestos de exquisitas-
frutas; pero los que más atraían la atención de los
chicuelos, eran los de almecinas, ya que, ademán
del gusto de comérselas, proporcionaban la diver-
sión de ejercitar la puntería tirando al blanco. Cada
muchacho que compraba almecinas, compraba
también un canuto de caña, cerbatana por donde^
después de haberse comido la poca y negra carne
de la fruta, disparaba soplando el huesecillo redondo
y duro. Estos proyectiles corrían silbando por el
aire como las balas en una reñida batalla^ salvo que
eran mucho más inocentes, pues apenas hacían
daño, si por una maldita y rara casualidad no
acertaban á darle á alguien en un ojo, pues enton-
ces bien podían dejarle tuerto. Caso tan lastimoso»
sin embargo, rara vez ocurre, y por consiguiente,
la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de
aquel feroz tiroteo.
Había, por último, en la feria nocturna siete ú
ocho mesillas de turrón y hasta tres confiterías,
donde lo que con más abundancia se despachaba
eran las yemas, los roscos de huevo y las batatas
enconfitadas.
Se cuenta que cuando algún galán campesino,
que presume de muy rumboso, quiere obsequiar á
su novia ó á la muchacha á quien va acompañando»
se dirige al confitero y le pide yemas ó batatas.
— ¿Cuánto quiere usted? — dice el confitero po-
niendo en uno de los platillos del peso la pesa de
cuarterón.
JUANITA LA LARGA 87
— Eche usted fierro — responde el galán.
El confitero pone la pesa de inedia libra,
— Eche usted m.Áajierro — repite varias veces el
galán, y el confitero va echando casi todas las pesas:
pero siempre la muchacha, llena de exquisita deli-
cadeza, y con los más modestos remilgos, alega la
diñcultad que hay en trasladar ¿ casa tanta balum-
ba y pesadumbre de confites y asegura que no se
los podrá comer en una ó dos semanas y que se
pondrán agrios, secos ó rancios. En ñn, ella está
tftn elocuente, que el galán, aunque al principio se
resiste llamando á la muchacha dama de la media
almendra, al cabo se deja convencer, pero no de
repente; sino poquito á poco; y según va entrando
el convencimiento en bu ánimo y ella sigue hablan-
do, él la interrumpe á trechos diciendo al confitero:
— -Quite TistedjieiTo.
Y de esta suerte acaba por no quedar en el pla-
tillo de las pesas más que la de cuarterón y á veces
la de dos onzas.
Para que no careciese la velada de ningún atrac-
tivo, hubo en ella también una banda de música
88 JUANITA LA LARGA
militar, que se había conservado desde la época en
que hubo milicianos nacionales, gracias á los des-
velos y esfuerzos de don Andrés Eubio, que había
sido comandante de la milicia. Los ocho músicos
de que constaba la banda vestían aún, cuando iban
á tocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la
extinguida institución defensora de nuestras liber-
tades. Eran los músicos menestrales ó jornaleros
de los más listos; no tocaban mal, y siempre el
Municipio les pagaba un buen estipendio: seis y
hasta ocho reales á cada uno. De este modo se
libertaba Villalegre del tributo á que estaba some-
tida en lo antiguo, haciendo venir de la ciudad
vecina, siempre que había función, á los músicos,
á quienes apellidaban en el lugar traga-lentejas.
Don Paco paseó á sus amigas por toda la feria,
dando no poco que murmurar, según habían pre-
visto.
Como ellas eran más finas que los jornaleros,
ninguno se acercaba á hablarles, y como estaban
en más humilde posición que las ricas labradoras,
propietarias é hidalgas, la aristocracia las desdeña-
ba. El nacimiento ilegítimo de Juanita hacía mayor
este aislamiento. Juanita no tenía ya una amiga.
Entre los mozos, como había desdeñado á muchos,
los pobres no se le acercaban por ofendidos ó por
tímidos, y los ricachos, que si ella hubiera sido
fácil hubieran porfiado por visitarla en su casa,
temían desconcharse ó rebajarse acompañándola
en público. Antoñuelo era el único galán que aún
se complacía en acompañar á Juanita; pero Anto-
ñuelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba
JUANITA LA LARGA Sg
ausente en una de sus correrlas por los lugares
cercanos.
Las mozas que soliau ir por agua á ¡a fuente del
ejido, y los arrieros, pastores y porquerizos que
acudían á dar agua, ai ganado, considerando que
desde que Juanita dejó de ir allí se daba tono de
eeñora, no se atrevían ya ni á saludarla.
Toda la noche, ó sea hasta que los fuegos termi-
naron, que fué ya cerca de la ana, madre é hija per-
manecieron en la plaza, y hubieran estado sin otro
acompañante que don Paco, si don Pascual, el maes-
tro de escuela, no se hubiera unido también á ellas.
Era don Pascual un solterón de más de sesenta
años, delicado de salud, flaco y pequeño de cuerpo,
pero inteligente y dulce de carácter.
Desde que Juanita tuvo seis años don Pascual,
prendado de su despejo y de su viveza, se había
esmerado en enseñarle á leer y escribir, algo de
cuentas y otros conocimientos elementales.
Juanita había tenido en el maestro de escuela un
admirador constante y útil, porque había sido para
ella, á falta de aya, ayo gratuito y celosísimo.
Ella, en cambio, bacía mucho honor á su maes-
tro, pues tomando sus lecciones en horas de asueto
y cuando la escuela estaba desierta de muchachos,
salió discípula tan aventajada, que avergonzaba á
casi todos los que á la escuela asistían.
Nadie sabía mejor que ella el Catecismo de Ri-
palda y el Epitome de la gramática. Nadie conocía
mejor las cuatro reglas.
Había aprendido tambiéu Juanita algo de geogia-
üa y de historia; y ya, cuando apenas tenía nueve
90 JUANITA LA LARGA
años, recitaba con mucha gracia varios antiguos
romances y no pocas fábulas de Samaniego.
Tiempo hacía que don Pascual no visitaba ¿
Juanita ni á su madre.
Primero las frecuentes visitas de Antoñuelo le
habían espantado. Después le retrajo más de ir en
casa de las dos Juanas el saber que tanto las fre-
cuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del
maestro que Antoñuelo y don Paco bastaban en
aquella casa, y que si él iba estaría de non y sería
un estorbo.
Aquella noche pasó por acaso don Pascual cerca
de Juanita, y ésta se dirigió á él diciéndole:
— Buenas noches, maestro. ¿Qué le hemos hecho
á usted, que tan caro se vende y que nos tiene tan
olvidadas?
Fueron tantas las cordiales zalamerías de la mu-
chacha, que la preocupación de que él pudiera ser
estorbo se le borró por completo del magín, y
acompañó á ambas mujeres durante toda la velada,
siendo el cuarto personaje del grupo.
Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los
bancos de piedra que hay en la plaza. Siempre es-
taban ó iban en medio las dos mujeres, y alternando,
á un lado y á otro, ambos galanes.
Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero
ninguna de las dos consintió tamaño despilfarro.
Para que don Paco no lo tomase á desaire, dejó
Juana que le comprase un buen puñado de cacahue-
tes y cotufas que se echó en el bolsillo y que se iba
comiendo. Juanita, que gustaba mucho de las cas-
tañas, como la Amarilis de Virgilio, se avino á que
JUANITA LA LARCA 91
doQ Pascnal le comprase un cuarterón de pilongas,
que también ee iba comiendo sin el menor melindre.
A don Pascual le bastó con una que ella le dio
como fineza, porque, como don Pascual no tenía
dientes, no la podía roer ni mascar y la tuvo hora y
media en la boca, tratando en balde de ablandarla,
y recordando que sin duda por eso, así como por su
baratura, se llaman las castañas pilongas, carame-
los de cadete.
Agradablemente pasaron, pues, la velada, y fue-
ron de los que más gozaron en ella, sin perdonar
los fuegos, con los que la velada terminó, y que
estuvieron espléndidos.
Loa galanes ya cerca de la una, acompañaron ¿
ambas Juanas hasta la puerta de su casa.
Cada mochuelo á su olivo; como suele decirse.
Todos en el lugar se retiraron á dormir y trataron
de dormir profundamente y deprisa, á fin de estar
listos y bien apercibidos, desde muy temprano,
para las magnificas fiestas que había de haber el
día siguiente.
XV
DESDE el amanecer empezó
á solemnizarse el 4 de
Agosto de manera estruendosa:
con repique general de cam-
panas.
Multitud de gente, así de la
villa como de no pocos lugares
cercanos, circulaba por la vía
pública; acudía ¿, la plaza, donde
seguía la feria como en la noche
antes, ó se agolpaba en la ca-
rrera por donde había de ir la
procesión, saliendo de la iglesia
de Santo Domingo, que era la
parroquia, y volviendo ¿ entrar
en ella después de haber dado
gentil paseo por las calles prin-
94 JUANITA LA LARGA
cipales. Estas habían sido bien barridas y alfom-
bradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver
pasar la procesión se hallaban muchas personas en
las puertas, ventanas y balcones, pendientes de
cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras
de damasco encamado, verde y amarillo, ó de colchas
de algodón estampado con enormes floripondios y
orladas de rizados y candidos faralaes.
La población toda estaba de gala. Los hombres,
bien afeitados, pues la víspera quedaron abiertas
las barberías y afeita que afeita hasta muy dadas
las doce. Los señores más importantes y ricos,
cuantos recibían el tratamiento de don, estaban de
levita y castora, y hasta con frac dos ó tres, el
escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa
limpia y con sus mejores ropas, si eran jóvenes,
iban en cuerpo, pero con chivata ó larga vara de
membrillo, oliva ó fresno; y si eran ya mayores de
edad, con capa, para el conveniente decoro, por ser
por allí la capa el traje de etiqueta, del que no se
puede prescindir aunque se achicharre ó derrita el
humano linaje, como era entonces el caso, porque
el sol hacía chiri vitas.
Las mujeres de todas las clases sociales habían
sacado sus trapitos de cristianar para adornarse
aquel día. Ninguna iba con la cabeza descubierta.
Todas, si no tenían mantilla, llevaban mantones de
lana ligera, ó bien pañuelos que denominan allí
sedticoSj ó sea de percal lustrosísimo, que imita la
seda. Las damas pudientes, ya provectas, vestían
trajes negros ú oscuros de tafetán, de sarga mala-
gueña ó de alepín ó de cúbica; y las señoritas, sus
JUANITA LA LARGA 95
hijas, iban con trajes de muselina ó de otras telas
aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla, ora
de tul bordado, ora de blonda catalana ó manchega.
Sobre la pulidez y el aseo del peinado, y como ma-
torral al pie de enhiesta torre, relucían, junto á las
peinetas de carey, las moñas de jazmines, la alba-
haca y otras yerbas de olor, y las rosas y los claveles
rojos, amarillos, blancos y disciplinados.
Las flores abundaban en Villalegre, gracias á la
fuente del ejido, cuyas milagrosas propiedades ya
hemos elogiado, y gracias también á otros caudalo-
sos veneros, que brotan entre rocas al pie de la
inmediata sierra, y á varias norias y' á no pocos
pozos de agua dulce, con los cuales se riegan
huertos, macetas y arriates.
Por entre los hierros de las cancelas que habla
en las mejores casas se veían los floridos patios, en
algunos de* los cuales los naranjos y las acacias
prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas
trepaban por las paredes y formaban tupido corti-
naje en las ventanas del primer piso.
En el centro del patio, ó refrescaba el ambiente
un surtidor que caía en roja taza de bruñido jaspe
ó se levantaba gran pirámide de tiestos, formando
compacta masa de flores y verdura.
Las libélulas y las inquietas mariposas revolo-
teaban en torno y las avispas y las abejas zumba-
ban buscando miel.
El territorio ó término de Villalegre confina con
la campiña, donde todas son tierras de pan llevar ó
baldíos incultos, sin huertas, ni olivares, ni viñedos.
Si algo verdea por aquellos campos es tal cual me-
g6 JUANITA LA LARGA
lonar en las hondonadas. Todo lo demás es en
aquella estación pajizo, ya sembrado, ya barbecho,
ya rastrojos, los cuales arden como yesca y suelen
quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que
se elevan más por alH y dan mayor sombra son las
pitas. 8on las más leñosas y arborescentes los car-
dos y los girasoles. Asi es que en los hogares se
guisa con cierto producto animal, que no sólo da
calor, sino perfume, salvando por el aire una ó dos
leguas de distancia, de suerte que las poblaciones
se huelen mucho antes de llegar á ellas, y aun de
columbrarse en el horizonte sus campanarios.
Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y
ntvas cien especies de pintados y
¡ili'i^'res pajarillos salen á la cam-
piña con el alba, á coger semillas,
(.•¡garrones y otros bichos con que
iil i mentarse: pero todos anidan en
el término de Villalegre, y vuelven
á él, después de sus excursiones,
piíra guarecerse en sus sotos y um-
l-rías, para beber en sus cristali-
nnH arroyos y acequias, y para
regocijar aquel oasis con sus
chirridos, trinos y gorjeos.
Aquel día, que era en ex-
tremo caloroso, ó no habían
salido las aves ¿ merodear ó
habían vuelto tempranito, y
trinando y piando, mientras
que arrullaban tórtolas y pa-
lomas, hacían salva y música
JUANITA LA LARGA 99
la Santo Patrono, así en los alrededores como den-
tro de la misma villa.
Para mayor ornato y esplendor se habían eri-
^do en ella seis triunfales arcos de lozano y verde
follaje.
La procesión salió en buen orden déla iglesia á las
ocho en punto de la mañana. Eompían la marcha el
•sacristán y los monaguillos que llevaban el estandar-
i;e, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, á
uno y otro lado de la manga. Después, muchísima
•cera, esto es, multitud de hombres con velas encen-
didas caminaban en dos hileras. A trechos aparecían
•conducidas en andas hasta seis imágenes de santos,
todas policromas, de barro ó de madera. La quinta
imagen era la de Santo Domingo. Su cara, severa
y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía una
■estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha
•echaba el Santo bendiciones. A sus pies había un
perro, muy bien figurado, que llevaba entre los
•dientes una antorcha, al parecer encendida, con la
cual, según el sueño de Santa Juana de Asas,
abrasaba é ilustraba el mundo en amor y en cono-
cimiento de Dios. Continuaban luego las dos filas
de hombres con velas ardiendo, y por último,
venía una bella efigie de la Virgen, que estaba
sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de
plata, lo mismo q'ue la corona que llevaba la Santí-
sima y Celestial Señora.
Era su manto de raso azul celeste, todo él bor-
dado también de plata, y que había costado un
dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo,
apoyado contra el corazón, á un precioso niño Je-
lOo JUANITA LA LARGA
SUS, con la bola del mundo, que ostentaba la cruz
en lo más alto. En la mano derecha llevaba la^
Virgen el escapulario del Carmen.
Iban delante de la Virgen con dalmáticas é
incensarios dos diáconos que por allí llaman ju-
meones.
En mitad de los jumeones descollaba el hermano'
mayor de la cofradía con túnica de seda azul sobre
el frac, y empuñando larga pértiga de plata. Este
hermano mayor era nada menos que el marido de
doña Inés y yerno de don Paco, el ilustre don
Alvaro Koldán, uno de cuyos antepasados había-
costeado la imagen de la Virgen, así como la de
Santo Domingo, obras ambas de Montañés, según
se jactaban de ello los naturales de Villalegre.
En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa,
pluvial, aparecía el padre Anselmo, y en torno de
él varios capellanes, así indígenas como forasteros ^
con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de
ellos, y otros seis sosteniendo los argentinos vara-
les del magnífico palio, debajo del cual se conto-
neaba con la debida prosopopeya el ya mencionado
cura párroco.
Inmediatamente marchaban los individuos del
Ayuntamiento, con el alcalde á la cabeza, el cual
llevaba bengala con puño y borlas de oro. El secre-
tario don Paco estaba al lado del alcalde, con su
levita nueva, elegantísimo, y excitando, la envidia,
de otros señores, cuyas levitas ó fraques eran viejos,
fuera de moda y algunos muy pelados, y ya que na
con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla^
zurzidos chapuceros y tal cual lamparón ó mancha.
JUANITA LA LARGA loi
de pringue ó aceite, no menos conspicua que las
que notó y censuró el Cid en el hábito del monje
don Bermudo.
El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la
procesión por su ausencia.
Cercado de una caterva de muchachos, se mos-
traba luego el hombre más forzudo del lugar, con
la bandera del Santo, cuya asta era larguísima. La
baüdera estaba hecha de retazos cuadrados de
tafetán de diversos y vivísimos colores. Y era la
gala que aquel jayán, cuando había para ello espa-
cio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo
menos cuatro varas en cuadro, revolotease la ban-
dera girándola en torno, paralela al suelo, de modo
que, agachándose los muchachos y hasta algunos
hombres y mujeres, eran ppr ella cobijados y ben-
ditos. Esta operación del revoloteo y del cobijo iba
siempre acompañada de un precipitado redoble de
tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto
punto eclesiástico y consagrado á aquel menester.
No cerraba la procesión ninguna tropa de veras,
porque en el pueblo, desde que se había extinguido
la milicia nacional, no había soldados. Sólo había
dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los
traga-lentejas, que solían venir en lo antiguo de
una ciudad cercana, iban los músicos municipales
casi siempre tocando, y vistiendo aún el uniforme
de la extinguida milicia. ^
No contentos con esto los del lugar, y conside-
rando y sabiendo, más ó menos confusamente, que
el santo patrono había tenido algo de guerrero,
quisieron que aquella pompa fuese más militar, y
lOi JUANITA LA LARGA
tuvieron una felicísima idea. A los soldados roma-
nos que salen allí en las procesiones de Semana
Santa, les pusieron en el pecho cruces de terciopelo
carmesí, y los convirtieron de perseguidores de
Cristo en perseguidores de herejes y de judíos^
enemigos de Cristo; y á los judíos que salen también
en Semana Santa, los dejaron judíos aunque de
otra época, ó bien los trasformaron en herejes de
los que los amigos del santo habían metido en cos-
tura. Los soldados romanos estaban vestidos con
mucha propiedad, porque en el pueblo había un
santo nacido en él, el cual santo perteneció á la
Legión Tebana; y como en compañía de una de sus
canillas, hallada en las catacumbas, vino de Eom&
su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo
para hacer los de los soldados romanos.
En cuanto al traje de los judíos, era tan fantás-
tico que podía valer para cualquier época, si bien
tenía el inconveniente de ser tan rico y primoroso,
que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo
le podían costear; así es que había pocos judíos,
muchos menos que soldados romanos; mas no por
eso se sometían del todo, sino que de vez en cuando
se enredaban á trancazos con los cruzados, arman-
do muy graciosas escaramuzas ó simulacros de
pelea, con los cuales el pueblo se reía y era como
el sainete ó parte cómica de la procesión.
Debemos advertir que estos judíos ó herejes, tan
elegantes en el vestir, gastaban ciertas espantosas
carátulas, con enormes narices, á veces como be-
rengenas, amoratadas y llenas de berrugas, porque
los judíos de los tiempos antiguos eran más feos
JUANITA LA LARGA 103
que los de ahora, si bien entonces tenían la mar de
dinero cuando se vestían con tanto lujo.
La devota muchedumbre no vela pasar la proce-
cesión en reverente y mustio silencio, sino con
alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y
sonoros vivas, entre los cuales se oían á veces
proposiciones candorosamente heterodoxas y aun
un poco blasfemas de puro entusiastas, como por
ejemplo: ¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que joro-
ba á todos los demonios! ¡Viva nuestro Santo
Patrono, que achica á todos los otros santos!
Para colmo de devoción y muestras de júbilo,
varios mozos tenían escopetas y trabucos, y dispa-
raban tiros sin hala ni perdigones, pero con mucha
pólvora y muy apretada por el taco, á fin de que
retumbase más el tronido.
En suma, la procesión no dejó nada que desear,
El público quedó muy satisfecho.
Alas diez se cantó la misa mayor con órgano,
que le hay allí muy bueno, y no sucede lo que
en Tocina y en otros lugares de la Andalucía Baja,
donde dicen que á falta de órgano tocan la gui-
tarra en la iglesia. De esto no respondemos. Puede
que sea calumnia. Lo contamos porque lo hemos
oído contar.
La Virgen estaha ya de nuevo ocupando su cama-
rín en el altar mayor, cuyo retablo, todo de madera
tallada y dorada, subía hasta la cumbre del ábside,
y era caprichoso y atrevido desate del estilo churri-
gueresco: complicado laberinto de retorcidos tallos,
colosal hojarasca, frutas, armas, monstruos simbó-
licos y rosetones, por los cuales asomaban sus in-
fantiles y aladas cabezas los ángeles y los serafínes.
A la derecha y sobre otro altar, estaba ya también
,en su nicho el Santo Patrono.
Ambos altares resplandecían con muchísimas
io6 JUANITA LA LARGA
velas y hachones ardiendo; y ramilletes de flores y
festones y guirnaldas de arrayán, laurel y limonero
loa engalanaban.
Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin
mácula por el reciente enjalbiego, se veían en parte
cubiertas de rojo damasco, aunque el damasco era
poco, y era más el filipichín que le remeda.
A ambos lados del altar
de Santo Domingo admi-
raban los fieles multitud
,„^ de ex-votos, cla-
ro testimonio de
la potencia mi-
lagrosa de 8u
celestial aboga-
do. Allí piernas,
ojos, brazos y
hasta niños
completos, y
bastantes tabli-
tas pintadas al
óleo, donde el
, y por medio de an largo
letrero escrito al pie quedaba explicado.
La multitud llenaba el templo. En el centro las
mujeres, de rodillas ó sentadas en el suelo, se aba-
nicaban casi todas. El movimiento de los abanicos
de diversos colores alegraba la vista. Alrededor
estaban los hombres de pie. Sólo ocupaban algunos
escaños de nogal los señores del Ayuntamiento y
el cacique don Andrés, que vino á la iglesia, aun-
que no á la procesión.
JUANITA LA LARGA 107
Las miradas de los asistentes se fijabaa con
pasmo en el pecho del cacique, donde aquel día
brillaba por vez primera la placa de oro, diamantes
y rubíes, y la lustrosa banda de una gran cruz que
el gobierno acababa de concederle en premio de sus
' eminentes servicios.
Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la
procesión, porque la ha-
bían visto pasar por du-
lante de su casa,
sita en la carrera,
aparecieron en la
iglesia cuando ya
empezaba la misa.
Involuntario y generu,)
murmullo de admiración
se escapó entonces del pecho de los hombres. Las
mujeres refunfuñaron de cólera y envidia. La madre
iba delante abriéndose paso con los codos. Detrás
venía la hija; hecha un sol, con bu lindo vestido de
seda chinesca, su mantilla de madroños, su alta pei-
neta de concha y un montón de claveles junto á la
peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba
pañuelo y mostraba toda la gallardía y esbeltez de
su talle. Parecía la señora principal, la reina de
aquella función, y apenas podían comprender sus
compatricios que fuese ella la misma moza que
hacia poco iba con un cántaro por agua á la fuente.
Era marcial y decidido su paso, pero al mismo
tiempo, majestuoso y modesto.
En la mano, que en vez de emplearse en humil-
des y rudos trabajos domésticos, se diria que había
io8 JUANITA LA LARGA
estado conservada entre algodones, como delicada
joya, tenia un pericón que manejaba con mucha
gracia.
El asombro que causó su entrada en la iglesia
bien se puede decir que durante tres ó cuatro mi-
nutos turbó el orden y la tranquilidad que allí
reinaban. El maestro de escuela, hombre leído y
que sabía de memoria el romancero, recordó á este
propósito, hablando á la oreja á un concejal, el
efecto que hizo entrada semejante, en la ermita de
San Simón, de cierta niña sevillana, alborotando
hasta á los monagos y á los sacristanes, quienes,
en vez de decir amén,
decían, amor, amor.
Tan disparatado triunfo no cogió de susto á doña
Inés. Ya tenía ella averiguada la transformación de
Juanita de zagalona rústica en algo que presumía
de dama, y ya sabía, merced á las investigaciones
de Crispina, que Juanita iba á lucir aquel día un
maravilloso traje de lo más á la moda y señoril que
se había visto nunca en aquel lugar y en muchas
leguas á la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante,
todos los presentimientos y temores de doña Inés.
Aunque todavía estaba guapa, á pesar de los ocho
vastagos que había tenido, se sintió en el fondo del
alma muy inferior á Juanita en hermosura; no dejó
de notar, con profunda mortificación, que Juanita
estaba vestida con mejor gusto que ella; y hasta en
la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy
distinguida, tuvo recelos de que Juanita le llevase
ventaja. Apenas se daba cuenta la señora de Koldán
JUANITA LA LARGA 109
del arte ó de la adivinación con que una chicuela
que se había criado entre pillería andrajosa y casi
en medio de la calle, como vaca sin cencerro, se
habla hecho sujeto capaz de tan repentina elegancia.
Como Juana la Larga iba tan engreída y tan
ufana con el asombroso esplendor y con la rara
belleza de su niña, no buscó para ponerse con ella
de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y
más visible. Ambas mujeres fueron á plantificarse
en un pequeño claro, inmediato á los escaños en
que estaban el Ayuntamiento y don Paco y don
Andrés; claro que el respeto y la humildad de otras
mujeres habían contribuido á formar, y en cuyo
límite, no distante, se hallaba doña Inés López de
Roldan, la cual tomó aquella intrusión por desafo-
rado atrevimiento, y ardió en sed de imponerle
pronto y severo castigo.
Al efecto, había ya prevenido al padre Anselmo,
y le tenía muy sobrexcitado contra Juanita y contra
su madre.
El padre Anselmo distaba mucho de ser malo
y de ser ignorante. Sabía no poco de teología dog-
mática y de moral; y poseía notable despejo y
prodigiosa facundia; pero era terco, persistente en
las opiniones que una vez aceptaba, y desconocedor
de los asuntos mundanos. Doña Inés además le
tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una
veneración y un cariño alambicadamente espiritua-
les, que la convertían para él en oráculo. Era el
devoto afecto que se filtra y se cuela á menudo en
el virtuoso corazón de los ancianos: amor sin deseo
y sin vicio; lo que hasta llamándose platonismo
no JUANITA LA LARGA
escandalizaría, al mismo que lo siente; lo que es
tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel
semi-divino sentir que describe y pinta con rasgos
luminosos el conde Baltasar Castiglione en las
últimas áureas páginas de su Cortesano.
El padre Anselmo jamás había leído este libro y
no había caído ni podía caer en que sentía inclina-
ción tan dulce; pero, sin tener conciencia de ello,
reverenciaba á doña Inés como si fuera ángel ó
santa. Estaba ciego para todos los defectos y peca-
dos de ella, y no veía ó no creía ver en ella sino
virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento
y la piedad religiosa. Para el padre Anselmo era
doña Inés modelo de casadas y de madres de fami-
lia y dechado ejemplar de señoras distinguidas y
doctas.
En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no
advirtió otro intento que el de evitar ó reprimir el
escándalo y el mal ejemplo que en el lugar se
estaban ya dando.
Influido por estas ideas, habla preparado el
sermón que predicó aquel día y que versaba, con
aplicación á las circunstancias, sobre el mismo
tema que él gustaba de tratar siempre: sobre la
corrupción de nuestro siglo y sobre sus síntomas
ominosos , que son alternativamente efectos y cau-
sas. Porque la falta de religión hace que se hunda
la moralidad, como edificio cuyos cimientos se
socavan, mientras que el excesivo regalo y el
esmerado atildamiento del cuerpo apartan á las
almas de toda seria meditación y las distraen de los
bienes eternos, moviéndolas diabólicamente hacia
JUANITA LA LARGA iii
lo temporal y caduco y abrasándolas en el infernal
apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambi-
ción, la codicia y la lascivia, red que Satanás nos
tiende, cebo con que nos atrae y anzuelo con que
nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos. La
incredulidad y la heregla nacen de la molicie y del
lujo, y por la ambición y la codicia cunden, se
propagan y lo inficionan todo.
El padre ilustró su doctrina con citas históricas.
Los albigenses, á quienes convirtió Santo Domingo
con ayuda de Simón de Monfort, hablan caído en
abominable heregía, porque se entregaban á los
festines, elegancias y malas pasiones. Una picara
mujer que sedujo á Martín Lutero tuvo la culpa
de que se hiciese protestante media Europa. Y la
perversa Ana Bolena fué el medio de que se valió
el diablo para apoderarse de los ingleses, que eran
antes fervorosos católicos. La codicia había sido,
sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien
toda revolución herética ó impía empezaba con
deportes, amoríos y relajación de costumbres, siem-
pre era la codicia la que lograba que triunfase, con-
virtiendo la revolución en cucaña en cuyo extremo
superior se ponían los bienes de la Iglesia.
— Tal vez — añadía el padre- las personas hon-
radas y pacíficas andarán ahora muy confiadas,
imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,
porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le
quiten; pero, ¡ay, cuan lastimosamente se equivo-
can! A falta de bienes de la Iglesia se pondrán ó se
ponen ya en lo alto de la cucaña los bienes de los
particulares ricos. Y aun habrá menos escrúpulos
112 JUANITA LA LARGA
para incautarse de ellos, como ahora dicen, porque
la incautación (socorrida palabra para no emplear
otra muy dura que cuadraría mejor), no será
sacrilega.
Entonces habló el padre del socialismo, refután-
dole y procurando demostrar que cada una de sus
utopias es sueño y delirio insano. Según él, siempre
habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución
social triunfante, dio por ineludible resultado que
los que ahora son ricos queden pobres; que algunos
de los pobres más listos y audaces se hagan ricos y
que la muchedumbre de los pobres se aumente en
número y padezca mayor miseria, porque gran
porción de la riqueza se habrá consumido ó des-
truido con las huelgas, alborotos y guerras civiles.
En cambio, si el orden establecido se conserva y si
se cuida de que nadie se haga rico burlando el
Código penal, todos trabajarán y se ingeniarán
decentemente, por donde crecerán la riqueza y el
bienestar; y los ricos serán más ricos y serán más;
y los pobres serán menos pobres y menesterosos; y
llegará día, allá en lo porvenir, en que los pobres
estén mejor tratados que los ricos de ahora. Pero
ahora y entonces habrá clases y jerarquías sociales,
y será justo que se respeten porque las hay hasta
en el cielo.
Aquí declamó mucho el padre contra el feroz
empeño que muestran hoy tantas personas por salir
de su clase y elevarse sin mérito suficiente: el
tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser
marqués; el usurero, duque; el sargento, general,
sin ir á la guerra; y las mozuelas desvergonzadas,
JUANITA LA LARGA 113
damas y grandes señoras. Contra todos estos abusos
disertó con vehemencia ó más bien lanzó centellas
y rayos, discurriendo más por extenso sobre el
lujo femenino y encareciendo los males que de él
proceden.
Al cuerpecito de una niña presumida y muy
ataviada le llamó colmena de Lucifer, cuya miel
endulza el veneno y de donde salen las abejas y los
zánganos de punzantes aguijones, ó sea un maldito
enjambre de vicios, pecados y sandeces.
Además de escandalizar con aquel lujo y de pro-
vocar á los hombres hasta en los lugares sagrados,
turbando el sosiego de los espíritus é impidiendo
su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más
de lo que honradamente se gana; se aceptan regalos
de los pretendientes y se les sonsaca el dinero. De-
jándose ir, pues, por pendiente tan resbaladiza, las
muchachas pobres que se ponen muy majas, dan
con faciUdad en busconas. Bien lo comprendió así,
dijo el padre, la sabia y gloriosa reina doña Isabel
la Católica, cuando se indignó al ver, en unas fies-
tas que hubo en Segovia, á ciertas aventureras
vestidas de seda, y prohibió el uso de la seda á las
que no fuesen hidalgas y ricas-hembras , lo cual
fué providencia discretísima y moralizadora.
En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien
aquel día: censuró el vicio sin censurar al vicioso,
y no designó ni aludió á nadie.
De esto se encargó la maliciosa envidia de las
mujeres, excitada con disimulo por doña Inés.
Todas hicieron á la emperegilada Juanita blanco
de sus insolentes miradas. La consideración del
I
/
8
114 JUANITA LA LARGA
origen ilegítimo de la muchacha vino á corroborar
la creencia de que era pecadora. Cada cual recordó,
allá en sus adentros, alguna de las varias sentencias
vulgares que sostienen como verdad la trasmisión
de la culpa por medio de la sangre: de tal palo, tal
astilla; la cabra tira al monte; quien lo hereda, no
lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo,
y asi la madre, asi la hija y así la manta que las
cobija.
No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por
medrosas, pero apenas pudieron resistir la muda y
formidable tempestad que descargó sobre ellas.
Aparentemente estaba más conmovida la madre.
Juanita no mostró perder la serenidad y el reposo.
Su orgullo y el convencimiento de que no había
incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor,
no obstante, y la cólera por la inmerecida afrenta
bañaron sus mejillas en más encendido carmín. Y
bajando ella la vista, veló con los párpados y las
rizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que
dos mal reprimidas lágrimas humedecieron.
Al terminar la función acertaron madre é hija á
escabullirse sin ser muy notadas y á volver preci-
pitadamente á su casa.
XVII
JUANITA se dejó caer desmadejada en un sillón
de brazos. Juana paseaba, yendo y volviendo á
largos pasos en su salita, como leona en su jaula.
— ¡Habráse visto — exclamaba — mayor descoco!
4 Vaya .. las mantesonas, las pu...ercas! Pues si
durase aún la prohibición de la seda, ¿cuál de ellas
la llevarla sin contrabando? Mejores hidalgas y
xicas-hembras nos dé Dios. De seda y muy de seda
iban las dos hijas del escribano, pero «aunque la
mona se vista de seda, mona se queda». Son más
feas que noche de truenos. ¿Y de dónde han sacado
su hidalguía? Quizás no sabremos que son hijas de
la Frasquita, á quien Dios haya perdonado. Era
viuda del cagarrache del molino de don Andrés
cuando la pretendió y la tomó por mujer el escri-
bano. Y ¿por qué la tomó por mujer? Para reme-
diarse, porque ella había allegado bastante dinero,
con un gran corral de gallinas, y más aún, con su
habilidad para aviar pollos. Aunque iba á la chita
ii6 JUANITA LA LARGA
callando y no gastaba pito, la llamaban la gabacha.
¡Qué tacto en aquellos dedos verdugos! A escape
entrecogía, ella como con alicates lo que andaba
buscando á tientas en los pobres animalitos, y los '
dejaba aviados por docenas, sin que se le desgraciase
ninguno en la operación. Luego los cebaba y ponía
gordísimos y los vendía muy caros. Yo preguntaría
al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de
las ricas hembras.
Juanita se recobró pronto de su momentáneo
abatimiento, y dijo:
— Mira, mamá, no me hables de las hijas del
escribano. No las quiero mal. Si me miraban con
descaro y con susto, fué de puro tontas.
— Pues, hija mía, no sé de qué habían de asus-
tarse. En la menor no se reparaba, porque es tan
chiquituela y consumida que parece un guzarapo;
pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de
colorado y tan gorda, parecía un tomate enorme
con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza! Durante
toda la misa estuvo su novio á la vera de ella^
todavía de judío, como había figurado en la proce-
sión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, el hijo del
albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso,.
su padre debió hacerle una albarda, que no le
vendría mal. Aunque ha vuelto de Granada licen-
ciado en leyes, sigue tan burro como se fué, salvo
que rebuzna en latín y larga las coces ajustadas ¿
derecho. Pero, en fin, tú tienes razón. No debemos
quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El
arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.
— No maldigas del padre — replicó Juanita — ^Eft-
JUANITA LA LARGA 117
un bendito espejo de santidad. Mucho de lo que
dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrió en
exageraciones, bien sé yo por qué. La Beina Cató-
lica prohibiría sin duda la seda, porque en su
tiempo se entenderían las cosas de muy otra ma-
nera que en el día, y además porque la seda costaría
entonces un ojo de la cara y arruinaría al país. En
fin, yo no sé por qué prohibió la Beina la seda.
Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo
es ó no lo es, ¿á mí que me importa? Yo no me
quejo de la Reina ni del cura. De quien me quejo
es de aquella embustera gazmoña de doña Inés,
que es la que ha armado contra mí todo este gatu-
perio. Ella me las pagará. ¡Voto á Cristo que me
las pagará!
Y levantándose entonces de la silla, se dirigió
hacia su madre con los ojos echando chispas; y
haciendo la cruz como para persignarse, dijo solem-
nemente:
— Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se
acordará de mí durante toda su asquerosa vida, ó
me han de borrar el nombre que tengo.
— Sí, hija mía — repuso Juana; véngate, véngate.
Nada más natural y razonable, pero sin hacer nin-
guna barrabasada. Y sobre todo no jures, que es
pecado mortal. Véngate sin juramento: con cachaza
y mala intención.
— Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de
disimular más y he de ser más hipocritona que esa
indina. Mala intención es lo que no tengo: mi
intención siempre será buena.
Al llegar á este punto de su interesante diálogo.
ii8 JUANITA LA LARGA
ambas interlocutoras oyeron en la calle terrible
estruendo de voces, silbidos y carreras. Se asoma-
ron á la ventana y miraron por la celosía. Apena»
tuvieron tiempo de ver pasar atropellada muche-
dumbre de gente, y una vaca brava, atada á una.
larga y recia soga, de la que tiraban catorce ó
quince mozos de los más robustos y ágiles. Otros
mozos aguijoneaban y enfurecían la vaca, apaleán-
dola con las chivatas y punzándola por detrás con
pitacos ó bohordos de pita.
No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría
en la calle, porque más conmovedor espectáculo se
ofreció de repente á sus ojos dentro de la sala
misma. Apareció don Paco, á quien la criada habísu
abierto la puerta, con una gran pelota colorada
entre los brazos. Pronto reconocieron en aquella
pelota á la hija mayor del escribano, que venía,
desmayada y con acardenalado y gordo chichón en
la frente. Las mejillas y las narices las traía emba-
durnadas en una sustancia amarilla y pegajosa, ¿
la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco
que sospechar la tal sustancia, pero luego se supo
que eran yemas despachurradas.
En un cucurucho, que le había feriado el novio,
las llevaba doña Nicolasita, y no se rompió las
narices porque al caer dio con ellas sobre las yemas.
Embelesada con la conversación de su novio que
iba á su lado, con la carátula en la cabeza como
montera y casi tan majo como ella, y seguida de su
padre y de su hermanita, habían estado todos en
la plaza donde Pepito se había despilfarrado fe-
riando los dulces. Allí se habían olvidado por com-
JUANITA LA LARCA 119
pleto de que formaba parte del programa de loa
regocijos y festejos con que se celebraba el día del
Santo, un toro de cuerda, que entonces fué vaca,
como hemos dicho.
Al pasar en grupo por la calle donde ambas Jua-
nas vivían, oyeron de repente el alboroto y vieron
el tropel de tos que huían de la vaca, y hasta
entonces no recordaron el peli-
gro á que se habían expuesto.
El escribano, sin pensar en
aUB hijas, con frac y todo, se
subió por los hierros de una
reja y logró ponerse en salvo.
La hermanita menor, que era.
muy ligera, tal vez por ser tan
ruin y enjuta de carnes, se su-
bió también á otra reja, donde
parecía un mico.
El novio estuvo muy caba-
lleroso y quiso imitar á Edgardo,
ti héroe de la novela de Walter Scott,
I.HCÍa de Lammermoor, que él había
leído; pero la vaca no entendía de
heroicidades y le derribó ai suelo, dán-
dole un empellón con el testuz. Por fortuna la
vaca no le hizo daño ni caso, porque sólo llamaba
su atención y la atraía poderosamente aquella
masa redonda y colorada que corría delante de ella
agitando mucho las faldas. Como la calle estaba
cubierta de gayomba y de juncia y con muchas
gotas de cera que habían caído al pasar la proce-
sión, el piso se resbalaba demasiado. No es, pues.
120 JUANITA LA LARGA
de extrañar que resbalase doña Nicolasíta y diese
en el suelo de hocicos. Gracias á las dos libras
de yemas que se interpusieron entre su cara y las
piedras, no se despampanó la pobre. Sólo se hizo
en la frente el chichón ya mencionado. Su terror
fué inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su
fantasia febricitante, creyó sentir el cuerno que
penetraba traidoramente en sus delicadísimas car-
nes, ya por un lado, ya por otro; y como con el
terror, y antes de que sobreviniese el soponcio, le
dio la pataleta, agitaba la falda roja y llamaba más
al toro, ó digamos á la vaca, que se le venia encima.
La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando
de la cuerda impidió que hubiese aquel día un
desastre y que la función acabase en tragedia.
Don Paco, que venia por allí para visitar á sus
amigas, al ver desmayada á doña Nicolasita, la
levantó en sus brazos y se refugió en casa de ellas.
Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvi-
dado el enojo, cumplieron piadosamente con las
leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su des-
mayo á la víctima de la vaca, aplicando á sus
narices vinagre muy fuerte; con el mismo vinagre
aguado le pusieron compresas en el chichón y se le
vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que
doña Nicolasita parecía un Cupido. Y, por último,
le lavaron la cara y le quitaron la costra y churretes
de yemas.
Don Paco auxilió en todo esto á las dos carita-
tivas mujeres.
El escribano, Pepito y la hermana menor, reco-
brados ya del susto, vinieron á la puerta á llamar
JUANITA LA LARGA 123
á doña Nicolasita, la cual, restablecida también,
salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo á
que entrasen.
Tal vez pudo creerse que esta precipitación en
la partida y el no entrar en la casa los otros, había
sido de puro avergonzados; pero como doña Nico-
lasita no dio las gracias sino de un modo muy seco,
y Juana y Juanita estaban escamadas, ainbas lo
atribuyeron á desdén y á estúpido recelo de reba-
jarse y contaminarse con el trato de ellas.
Más amostazada entonces que nunca Juana la
Larga, aprovechándose de un momento en que
Juanita había subido á su cuarto, habló á don Paco
de esta manera:
— Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la
afrenta que nos han hecho hoy. Su hija de usted,
mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se le
figura que le tenemos á usted encantusado, y que
le queremos chupar y le chupamos los parneses.
Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña
aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo;
pero los hemos pagado, si no con creces, en lo justo.
La levita que lleva usted puesta bien va^le la seda
que mi hija ha lucido hoy, y que tanto jaleo ha
causado. Nosotras queremos mucho á usted, como
buenas amigas, pero no le queremos tanto para
que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos reci-
biéndole, nos tendrán por unas perdidas, y hasta
serán capaces de echarnos del lugar. A Juanita le
divierte mucho la conversación de usted, pero yo
no quiero conversación que á nada conduce y que
nos puede salir muy cara. Con que, con pena lo
124 JUANITA LA LARGA
digo, y sin pensamiento de ofenderle; trasponga
usted, y no vuelva á parecer por esta casa, al menos
hasta que cambien las circunstancias, si es que
cambian algún día, y si no cambian, no parezca
usted nunca.
Don Paco se compungió y se aturdió al oir este
discurso y no acertó á dar contestación. Algo tar-
tamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba
decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó
á la calle antes de que volviese su hija.
XVIII
ATOLONDRADO don Paco con los sucesos de aquel
día, y más aún con la expulsión de que aca-
baba de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni
á qué carta quedarse, y maquinalmente se fué á
su casa á meditar y á hacer examen de conciencia.
Lo primero que notó fué que la tenía muy limpia.
No era ningún delito, aunque pudiese pasar por
extravagancia, el que estuviese él enamorado de
aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber
ido á su casa todas las noches durante algunas
semanas apenas le parecía imprudente y digno de
censura. De Juanita formaba sucesiva y á veces
simultáneamente, distintos conceptos, como si en
el fondo del ser de ella hubiese algo de misterioso
é indescifrable. De sobra reconocía él que Juanita,
si no le había dado calabazas, era porque él no se
había declarado en regla, pero con sus bromas de
llamarle abuelo y con la maña que ella empleaba
para que él no le hablase al oído y para esquivar el
126 JUANITA LA LARGA
estar á solas . con él , harto claro se veía que no
quería admitirle por novio ni por amante. Sin
embargo, ¿sería esto cálculo ó ladino instinto de
mujer para cautivarle mejor ó para entretenerle con
esperanzas vagas? También recordaba don Paco los
cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y se ponía
celoso.
¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y consi-
derando que como novio no le convenía, pensaría
en plantarle y en decidirse al fin por don Paco, como
mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella
entre su propio gusto y lo que su madre sin duda
le aconsejaba? Como quiera que fuese, don Paco
tenía estampada en las telas del juicio la imagen
de Juanita, y cada vez le parecía más hermosa y
más deseable. Harto bien notaba que ni su madre
ni ella habían tratado jamás de medrar á su costa
de un modo pecaminoso é ilegítimo. La madre
acaso le deseaba para yerno. Lo que es la hija,
hasta entonces no había mostrado desearle ni me-
nos buscarle para amante ni para marido. Él había
hecho todos los avances. Culpa suya era todo aquel
furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no
le cabía la menor duda de que doña Inés era pro-
movedora. Consideraba luego don Paco, y esto le
lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya
que no le amase, se deleitaba con su conversación,
le reía los chistes, le aplaudía las discreciones, y
oyéndole hablar se mostraba muy atenta y como
pendiente de sus labios. En aquella casa, de donde
le habían echado, no había recibido sino honestos
y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese
JUANITA LA LARGA 127
por lo que fuese, acababan de recibir ambas muje-
res un agravio sangriento, para el cual se creía él
obligado de hallar satisfacción.
Exaltado por estas cavilaciones, se decidió don
Paco á ir á ver á su hija; á explicarle con franqueza
y lealtad lo que había pasado y á pedirle cuenta de
su maligna conducta.
De mucho valor tenía que revestirse para atre-
verse á dar aquel paso. Doña Inés, con su severidad
y su tiesura, casi le infundía miedo; pero le venció
la vergüenza; hizo cuanto pudo para apartarle de
sí, y se dirigió, con todos los bríos que pudo reco-
ger y acumular en su ánimo, á casa de la señora
doña| Inés López de Eoldán, á quien bien sabía él
que hallaría sola á la hora de la siesta.
En casa de doña Inés se comía entonces á las
dos de la tarde. Don Alvaro, cuando no estaba en
el campo, se acostaba en seguida, y como comía
bastante^ y bebía más del exquisito vino que se cría
por allí, y que es mejor que el de Jerez, con perdón
sea dicho, se tendía en su cama y estaba roncando
hasta las cuatro ó las cinco de la tarde.
A los niños se los llevaban Serafina, el ama y
Calvete al otro extremo de la casa, donde no moles-
taban con su ruido. Doña Inés se quedaba entonces
sola en su estrado ó en su despacho, ya haciendo
cuentas, ya entregada á sus oraciones, ya leyendo
algún libro de devoción ó de historia.
El cacique don Andrés y otros personajes impor-
tantes del lugar no venían de visita ó de tertulia
sino por la noche. Las malas lenguas pueden decir
cuanto se les antoja; los mal pensados pueden
128 JUANITA LA LARGA
suponer las mayores diabluras, pero lo cierto es
que doña Inés era recatadísima y, ó bien tenia
razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristia-
na, ó bien sabía, con prodigioso artificio, practicar
aquel famoso precepto que dice: si no eres casta sé
cauta. De aquí que doña Inés pudiese erguir muy
alta la frente y calificar de brutal y grosera
calumnia la más leve insinuación que contra su
honestidad se atreviese á hacer algún deslenguado.
Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la
vida de Santo Domingo, porque á causa de la
función de iglesia no había leído aquel día muy de
mañana el Año Cristiano (como tenía de costum-
bre), cuando entró Serafina á anunciar que don
Paco llegaba á visitarla.
Don Paco tenía entrada franca en aquella casa,
pero Serafina le anunció para tener prevenida á su
ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anun-
cio y la entrada de don Paco diciendo buenos días.
— Buenos días dé Dios á usted, — señor padre —
dijo doña Inés levantándose de la silla, acudiendo
respetuosamente á su padre para besarle la mano
y convidándole á sentarse, como se sentó, en un
sillón frente de ella.
— Dichosos los ojos que ven á usted — prosiguió
doña Inés. — Hace no sé cuántas semanas que no
pone usted los pies aquí. ¡Qué negocios le traen á
usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído á usted que
hacer que no le deja siquiera una hora ó dos libres
por la noche para venir á mi tertulia, verme y
darme el gusto de que yo le vea, echar algunas
manos de tresillo ó tener un rato de agradable
JUANITA LA LARGA 129
conversación con el padre Anselmo y con los demás
señores que honran mi casa con su presencia?
Estas cariñosas quejas parecían dadas sin inten-
ción y como nacidas del filial afecto, pero, al mismo
tiempo, eran un cruel interrogatorio, que turbó á
don Paco y al que tuvo que hacer un esfuerzo para
contestar. De nada valía el disimulo. Era menester
contestar con franqueza, y don Paco, armándose
de valor, contestó de esta suerte:
—Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiem-
po que no vengo á tu tertulia, ¿qué quieres? acaso
han sido chocheces, extravagancias de viejo; pero
yo había tomado la maña de ir á otra tertuHa
más modesta y menos elegante que la tuya, y que
sin embargo, lo confieso, tenía para mí singular
atractivo.
— ¡Válgame Dios, señor padre; lo había oído decir,
pero no lo había querido creer hasta que lo oigo de
su boca. Extraño me parece que una persona de la
posición, de la gravedad y de los conocimientos de
usted, se deleite rebajándose y dando conversación,
durante horas enteras, á dos mujeres tan ordinarias
y tan poco edificantes como las Juanas; pero más
extraño es todavía que no sea la conversación de
usted y su tertulia con ellas solas, sino que haya
usted tenido casi siempre por contertuliano á Anto-
ñuelo, el hijo del herrador, el más pillete y el más
zafio de todos los mozos de este lugar. ¡Singular
tertulia! ¡Buen par de parejas estaban ustedes! La
verdad... yo no sabía qué decir cuando me hablaban
de esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio
ó sabe Dios qué de la Juanita y le endosaban á
g
t30 JUANITA LA LARGA
nsted á la Juana. Otros afirmaban que usted
pretendía á Juanita, ¿pero entonces en qué se em-
pleaba, qué papel hacía el celebérrimo Antofluelo?
¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha sido
ana locura, un disparate, lo que ha estado usted
haciendo. No niego yo que la Juanita es guapa,
aunque más que de honrada
mocita , tiene trazas de des-
aforado marimacho, ó de
desenfrenada potranca. Pero
aunque fuese Juanita la pro-
pia diosa Venus, debía usted,
(perdóneme, señor padre, si
se lo digo, por el interés y
el amor que me inspira) de-
bía usted no avillanarse
yendo de diario ¿ su casa.
Pecado y vicio seria ir allí
solo, y como favorecido ven-
cedor; pero el ir en compe-
tencia con Antoñuelo, fran-
camente, yo no acierto á
calificarlo. Lo mejor que se
puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva
usted en su juicio: deje de visitar á esas mujeres y
todos trataremos en el pueblo de hacer olvidar que
usted las ha visitado pretendiendo á una de ellas,
hasta ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con
la intención, no por eso es menor el pecado. Al
contrario, ya que no para las personas piadosas y
timoratas, para la gente vulgar y profana es pecado
más feo. No se ofenda usted si me atrevo á decía-
JUANITA LA LARGA 131
xarlo, con harto dolor lo declaro, la rídicalez le
acompaña.
Casi todo el valor de qae se habla armado don
Paco á fin de hablar á su hija y de quejarse de bu
conducta, cayó derribado á los pies de la señora de
Boldán. Sus contundentes razones abrumaban á su
padre como una lluvia de acicalados chuzos, cuyas
yantas se le clavaban en el corazón. Mirado todo
por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente.
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la
modestia en persona. Era además hermosa como
una ideal virgen espartana, como la propia Diana
Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte
y ágil; con todos los atractivos de la más casta,
limpia y juvenil hermosura. Si Antoñuelo, que era
un perdido, iba allí y trataba con la mayor familia-
ridad á Juanita, esto consistía en que Antoñuelo
se habla criado con ella desde la infancia; en que
ella le miraba y candorosamente le quería como
132 JUANITA LA LARGA
á un hermano y en que procuraba evitar que se
extraviase y cayese en el precipicio.
La propia madre de Juanita, aunque había tenido
en su mocedad lo que llaman en aquellos lugares
un tropiezo, estaba ya purificada por la vida ejem-
plar que había hecho después y por el honroso
trabajo con que había logrado sustentarse y criar
y conservar el fruto de sus desventurados amores.
Todo esto y más podía valer como respuesta á la&
observaciones de doña Inés. Pero lo cierto era que
despojado el caso de este tinte poético, y tal
como el prosaico vulgo podía entenderle, doña Iné&
tenía razón que le sobraba. Para la generalidad de
los habitantes de Villalegre, Juanita no era má&
que la mozuela del cántaro, la hija ilegítima de
Juana la Larga, la chica que había corrido y jugado-
con los pilletes en medio de las calles hasta la edad
de nueve ó diez años, y la que después había,
conservado una sospechosa é íntima amistad con
Antoñuelo, el cual pasaba entre todos por un
tunante de la peor especie.
De aquí el desairado y mal papel que una persona-
de los años, de la seriedad y de la importancia de
don Paco, no podía menos de hacer en apariencia^
ó bien siendo rival de Antoñuelo ó bien de acuerdo
con él para cortejar á la madre el uno y á la hija el
otro. Reponiéndose, no obstante, de la consterna-
ción que el tremendo discurso de doña Inés le había-
causado, y por lo mismo que ella con su feroz aco-
metida le acorralaba, y como suele decirse le ponía,
entre la espada y la pared, don Paco habló al fin
con energía, y dijo de esta suerte:
JUANITA LA LARGA 133
— ^La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo
me río de la gente porque lo que dice es injusto.
Tal vez me acusen las apariencias. En realidad no
hay culpa, ni falta ni desdoro en lo que he hecho.
Mi yerno será un señor muy noble, pero yo no lo
soy, y al tratarme con los plebeyos me trato con
mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean
decentes las personas que trato, y no hay el menor
motivo para afirmar que las Juanas no lo sean. La
vista y la conversación de Juanita me deleitaban,
y por eso he estado yendo en casa de Juanita todas
las noches. Soy mayor que tú en edad, saber y
gobierno. Sé lo que me hago. No necesito de guía.
No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta
con aguantar el que nos ha echado hoy el padre
Anselmo, inocente tal vez, pero que tú y otras
mujeres envidiosas habéis envenenado con vuestra
mahcia.
— ¡Dios mío! — interrumpió doña Inés. — ¡Esto
sólo me faltaba: que llegue la ceguedad de usted
hasta suponer que yo envidio á esa hija... de su
madre! Lo ocurrido es muy natural, la desvergon-
zada mozuela se ha encajado en la iglesia, no ves-
tida humildemente, según su clase, sino con el lujo
escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen
en las grandes ciudades y que son la perdición de los
hombres. ¿De dónde ha salido el traje que llevaba
puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de usted.
— No he de negar yo que era regalo mío. Ella le
aceptó por no desairarme, pero como me ha dado
en cambio prenda de más valor, nadie puede decir
que se viste á mi costa. Juanita se viste bien ó mal
134 JUANITA LA LARGA
con lo que gana trabajando de modo honrado y
lícito, y no estando vigentes en el día la pragmática,
contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,
no sólo de seda sino de oro y de perlas puede ves-
tirse Juanita si tiene dinero para comprar el vestido-
y si se le antoja engalanarse con él.
— Si el respeto que á usted debo no anudase mi
lengua — replicó doña Inés — me atrevería á decir
que está usted loco de atar. ¿Cómo defender el
escándalo, la campanada que ha dado esa chica^
transformada de repente en princesa, como en los-
cuentos de hadas? Tiene chiste el que le haya dado-
á usted la levita. Ya se la cobrará con usura.
Las puntadas de ella y las morcillas y longanizas,
que sabe hacer su madre, no bastan para costear
levitas á los caballeros, y para seguir emperegilán-
dose con ricos trajes y mantillas de madroños como
dicen que en Madrid van á los toros las damas-
de alto copete y las majas de rumbo. El día menos,
pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para
comer, faltará dinero á las Juanas, y entonces,
acudirán á usted y á otros á fin de tenerle, y coma
no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el
diablo lo que darán, si ya no lo han dado.
— Ni han dado, ni darán lo que no debe darse —
exclamó don Paco perdiendo ya los estribos. Lo
que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme
su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que
respetarla como madre.
— ¡Jesús, María y José! respetar yo á ese arra-
piezo... Se me caería la cara de vergüenza si hiciera
usted semejante disparate.
JUANITA LA LARGA 135
— Pues sólo de Juanita depende que no le haga.
Y como no es posible, sin que nos peleemos, con-
tinuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós,
hija.
— Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilu-
mine, para que no continúe usted desatinando tan
lastimosamente .
Don Paco salió con precipitación y muy enojado
de casa de su hija, y no quedó ella menos furiosa.
^ T"^^ sermón del padre An-
^A ij selmo se comentó y se
lt,lf interpretó por todo el lugar
' I <>n perjuicio de ambas Jua-
nas. Nadie sacó la cara por
i'll^s, salvo el maestro de
escuela, aquella noche, en la
(.'asilla.
La Casilla era y es todavía
(■ü algunos lugares el Casino
>■ el Ateneo primitivos y
rastizoa.
Por lo general, y asi suce-
'lla en Villalegre, la Casilla
'staba en una sala relativa-
^mente cómoda y espacio-
sa, detrás de la botica.
! se leían los periódicos, se
se charlaba y se jugaba á la
138 JUANITA LA LARGA
malilla, al tresillo, al truquiflor y al tute, y tal vez
al ajedrez, al dominó y á las damas.
Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía
muy bien los honores del establecimiento, en donde
concurrían casi todos los personajes del lugar, á
despecho de las mujeres, que eran devotas y que
abominaban del boticario, porque, lejos de estar en
olor de santidad, alcanzaba la poco envidiable fama
de descreído y materialista. Siempre había perma-
necido soltero; tenía una lengua como un hacha,
con la que destrozaba las reputaciones; y en su
maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo bizcos,
en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona,
se revelaba cierta diabólica y punzante travesura.
En el pueblo se referían estupendas singulari-
dades sobre sus doctrinas y facultades científicas,
sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía y
decía era natural, sino en gran parte por inspiración
y con auxilio del demonio; por lo cual, al hablar de
sí propio, declaraba él que, si hubiese Inquisición
aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado
vivo. Era dogma suyo que todas las cosas son lo
mismo y que la diferencia de ellas es más aparente
que real y más somera que profunda. Produce la
diferencia de las cosas una fuerza que vive y se
agita en ellas, ocultando la raíz de su ser, y que,
según sus varios efectos y operaciones, ya se llama
calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo; de
donde transformaciones y mudanzas y vida y
muerte. Esta fuerza era el Dios de don Policarpo.
Por él se jactaba de estar poseído y de ser ener-
gúmeno.
JUANITA LA LARCA 139
Para hacer milagros por su medio y en su nom-
bre, no tenia don Policarpo vara de virtudes; pero,
en cambio, tenia una recia, puntiaguda y larguísima
uña en el dedo meñique de la mano derecha, la cual
uña le servía de ordinario como mondadientes. Las
damas ee llenaban de terror cuando la velan como
si viesen la de Satanás en persona. Se decía que
el boticario, ya magnetizaba, adormecía y sujetaba
á su voluntad á las gentes, despidiendo por dicha
uña fluido magnético, ya se electrizaba todo, res-
tregando con rapidez sus pies contra una piel de
lobo, y lanzaba por dicha uña un chorro ó penacho
de chispas azuladas y luminosas, Y no faltaba quien
añadiese, jurando haberlo visto, que sólo con acer-
car la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado
de electricidad, encendía un candil ó disparaba un
cañoncito muy cuco que usaba para esta expe-
riencia.
Yo no respondo de que hubiese ó no algo de
140 JUANITA LA LARGA
exagerado en tales afirmaciones; pero, como quiera
que fuese, el boticario, aunque aborrecido de las
damas, á lo que debía de contribuir su fealdad nada
común, era persona divertida y hospitalaria.
Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa
ocho ó diez tertulianos. No iba el cura, por culpa
de la impiedad con que allí se hablaba, pero iban
el médico, dos ó tres concejales, el propio señor
alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don
Pascual, el maestro de escuela.
Don Policarpo comentó el sermón de aquel día
con maliciosa agudeza, sosteniendo irónicamente
que el padre tenía razón.
— Sí, señores — dijo; — ya no hay bienes de la
Iglesia que repartir. El reparto se ha hecho mal
y entre pocas personas que se han enriquecido. La
futura revolución tendrá, pues, por objeto apode-
rarse de otros bienes y repartirlos con mayor equi-
dad entre todos los pobres.
El maestro de escuela, que era liberal é indivi-
dualista, respondió de este modo:
— No es exacto que la revolución haya despojado
inicuamente de sus bienes á la Iglesia. Si se los ha
expropiado, bien la indemniza. El Estado puede
expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sin
embargo, aunque no hubiera tal indemnización, el
caso no es idéntico. Ninguna asociación tiene por
sí los derechos radicales é imprescriptibles de los
individuos que la componen. El Estado es asocia-
ción suprema, á la cual están sometidas las otras,
sin que puedan existir en contra suya. Y si el Estado
es arbitro de la vida de ellas, ¿cómo no ha de serlo
s
JUANITA LA LARGA 141
de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el so-
cialismo, yo creo que la civilización propende á
extender y afirmar más cada día los derechos
individuales. ¿Quién se atreverá á decir hoy, si no
está loco rematado, que el Gobierno ó el Eey, por
respetado y poderoso que sea, es señor de vidas y
haciendas?
— No nos venga usted con sofismas — interrum-
pió el boticario. — Si cada uno de los individuos que
se asocian tienen singularmente derechos impres-
criptibles, incluso el de asociarse, y si no hay Eey
ni Eoque que pueda despojar á nadie á su antojo de
la hacienda y de la vida, ¿cómo se explica que no
persista en la suma lo que preexistía aisladamente
en cada uno de los sumandos?
Apuradillo se vio el maestro de escuela para
impugnar el nuevo argumento del boticario; pero le
impugnó al fin con razones, si no juiciosas, agudas.
Por dicha, los que estaban allí presentes eran
propietarios más ó menos ricos, y varios de ellos
habían comprado bienes de la Iglesia. Todos, por
consiguiente, hallaron que don Pascual discurría
mejor que Solón y que Licurgo; se pusieron de su
lado, dejaron al boticario solo y trataron de sofocar
su voz y de aturdirle á fuerza de gritos.
Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimi-
dar fácilmente; pero todos se cansaron de chillar y
se pusieron roncos, terminando por cansancio una
disputa en que los extremos se habían tocado y en
que la impiedad atea había estado de acuerdo con
el más fervoroso catolicismo. Hubo un entreacto:
un rato no corto de sosiego. Después recayó de
142 JUANITA LA LARGA
nuevo la conversación sobre el sermón de aquel
día, sobre el desenfrenado lujo de las mujeres y
sobre las elegancias de Juanita la Larga.
En este punto, el maestro de escuela impugnó
igualmente el sermón y defendió con más calor,
ahinco y acierto á Juanita.
— ^Es — decía — una muchacha discreta, honrada
y trabajadora. Dios la ha hecho hermosísima y casi
estoy por decir que no sólo tiene derecho, sino que
tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar
la hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario
sería ingratitud para con Dios y desdeñar lo que
enseña la parábola de los cinco talentos. Y extraño
mucho que ustedes, que han estado conmigo defen-
diendo la propiedad individual, se vuelvan ahora
contra mí y se pongan del lado de don Policarpo
para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Jua-
nita tiene dinero, ¿por qué no ha de gastarle en
cuanto se le antoje y vestirse como una reina?
¿Y qué le falta á ella para ser reina ó para ser
emperatriz?
Movido el boticario por su espíritu mahcioso, é
impulsados los demás por el odio y envidia de sus
mujeres, respondían, si no con buen discurso, con
desvergüenzas y con burlas á cuanto don Pascual
alegaba.
Juana la Larga fué declarada una lagartona de
primera fuerza; Juanita, una moza extraviada que
estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas
costumbres; y don Paco, un viejo chinadísimo, á
quien hija y madre ponían en ridículo é iban á
chupar cuanto poseía.
■i
JUANITA LA LARGA 143
En lo más recio de esta disputa, acertó á entrar
en la botica el señor don Paco, y antes de llegar á
la trastienda tuvo el disgusto de oir y de compren-
der los horrores que allí se propalaban.
Todos se callaron, porque cara á cara no querían
ofenderle. La herida, con todo, estaba ya hecha.
Se dio otro giro á la conversación. Se habló de
cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente
no dar á entender que había oído y no traer de
nuevo la conversación á tema para él tan enojoso.
A fin de disimular, trató de aparecer sereno y
alegre; habló de las novedades políticas; se congra-
tuló de que don Andrés Eubio acabase de obtener
una gran cruz y fuese ya excelentísimo; y por
último, echó unas cuantas manos de tute con el
maestro de escuela.
Embromó al boticario diciéndole que no creía en
la fuerza electrizadora de su uña; y el boticario, á
fin de convencerle, le prometió que el día menos
pensado, cuando estuviese él bien dispuesto, le
llamaría, y haría delante de él la experiencia de
encender el candil y de disparar el cañonazo.
Don Paco se había reportado, disimulando su
pena y su enojo; pero no bien volvió á su casa, la
pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo crispar
los puños como si tuviese delante algún enemigo á
quien dar de puñadas.
No podía, sin embargo, reñir con la población en-
tera. Su hija era la más culpada, y él la había sufrido.
Por más que cavilaba, no veía otro modo de
vengarse, de castigar á su hija y de adquirir el
derecho é imponerse el deber de defender á Juanita
144 JUANITA LA LARGA
contra todos, que el de ofrecerle su mano y casarse
con ella.
¡Ay de aquel que se atreviese entonces á decir
nada ofensivo contra Juanita, aunque ella estrenase
cada día otro vestido de seda!
Pensó bien en todo, interrogó bu corazón, y su
corazón le respondió que estaba perdidamente
enamorado de la muchacha.
Entonces no se paró don Paco en más reflexiones;
fué á su bufete y escribió á la señora doña Juana
Gutiérrez (suprimiendo el alias de/aLar^oJunagra-
ve epístola pidiendo en forma la mano de su hija.
Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que
le servía al mismo tiempo de criado y ayuda de
cámara, y le encargó que, al día siguiente, y muy
de mañana, llevase aquel pliego cerrado á Juana la
Larga y se le entregase en mano propia.
Hecho esto, se acostó y durmió con alguna
tranquilidad, como quien ha cumplido un deber, y
con alguna satisfacción, como quien ha puesto una
pica en Flandes.
JUANA la Larga se llenó de júbilo cuando, á las
siete de la mañana, recibió la carta y la deletreó
con no poca fatiga, porque, si bien sabía leer, no
leía de corrido y le estorbaba lo negro.
No era Juana muy reflexiva ni previsora y no
pensó en las dificultades: sólo pensó en e! triunfo
que ella y su hija, en su sentir, habían alcanzado.
Acudió, pues, á la sala baja, donde Juanita estaba
cosiendo, y con el mayor alborozo le dio parte de
lo qne ocurría.
Como comentario, la madre no sabía sino ex-
clamar:
— ¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas,
van Á reventar cuando lo sepan.
— Pues oye, mamá — contestó Juanita con el
146 JUANITA LA LARGA
mayor reposo: — yo no quiero que nadie reviente:
lo mejor es que no lo sepa nadie.
— ¿Qué quieres decir con eso, muchacha?
— Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y
yo, seriamos los reventados si hiciésemos tal desa-
tino. No lo sufrirla doña Inés; y el cura y el cacique,
la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno,
caerian sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echa-
rian del lugar á patadas. Y ¿quién sabe si en otro
lugar lograríamos y cuánto tiempo tardaríamos en
lograr, tú la reputación y clientela qne aquí tienes,
yo tanta costura, y don Paco el poder que aquí
alcanza y su mangoneo provechoso, debido en mu-
cha parte á su capacidad, pero no menos aún á la
sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.
— ¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angus-
tiosos?
— No es menester ser profeta ni adivino para
sacarlos. Y además, ni yo estoy enamorada de don
Paco, ni él quizás está enamorado de mí. ¿Para
qué el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No
comprendes que si me pide es por un extremo de
dehcadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho
la prueba de aprecio que me da; pero no paso de
agradecida y de lisonjeada. Porque ha venido á casa
de tertulia, y porque me ha regalado el traje y
porque las malas lenguas murmuran, piensa él
remediar el mal casándose conmigo. Pues entonces
la misma razón hay para que contigo se case, por-
que también de él y de tí dijeron, ó para que me
case yo con el hijo del herrador, ya que más y peor
han hablado de mis relaciones con él que de mis
JUANITA LA LARGA 147
relaciones con don Paco. Nada, mamá, todo eso es
una tontería, ó una prueba, si quieres, de que el
bueno de don Paco es un caballero muy cabal,
aunque no tenga los leones, los pajarracos y
los otros chirimbolos que tiene su yerno en el
escudo.
— ^Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que
don Paco es todo un caballero, ¿por qué no le tomas
por marido?
— Porque no quiero casarme por cálculo; porque,
aunque quisiese casarme por cálculo, este cálculo
de ahora estaría muy mal hecho, y sobre todo,
porque yo por nada del mundo he de aprovecharme
de la caballerosidad generosa de ese hombre para
cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y mi
ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me
deleita; celebro su discreción; le oigo hablar con
gusto; pero desde esto á desear ser suya y á casarme
con él hay todavía mucha distancia. No quiero
«alvarla de un brinco. Aquí, para entre nosotras,
algunas veces he sentido inclinación á ir por esa
senda, á andar ese camino, y sabe Dios si le hubiera
andado sin estos tropezones que ha habido; pero,
en fin, aún no le he andado.
— ^¡Ay, niña, con qué tiquis miquis y sutilezas
te me descuelgas! ¡Cómo se conoce el saber de que
don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece
cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual
te da á leer. Pero, en fin, ¿qué contestamos á la
carta de don Paco? Yo haré lo que tú desees, porque
el asunto más importa á tí que á mí y porque tú
sabes más que Lepe.
148 JUANITA LA LARGA
— ¿Pues qué hemos de contestar sino darle la»
gracias y decirle que nones?
— ¿Y á quién le toca escribir eso? Creo que debo
escribirlo yo... y dorar la pildora. Yo no lograré-
poner el oro con mi pluma. Tú le pondrás. Tú irás,
diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras-
que parecen garrapatos. ¡Ay! y más en el día^
porque mi escribir ha caído en desuso. Desde que
murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo
no escribo sino las cuentas.
— Con buena ó con mala letra, es menester que-
usted escriba la carta: yo se la iré dictando.
— Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de picaro?*
¿Quién nos corre? Antes de dar un paso tan impor-
tante conviene que lo medites y consultes con la.
almohada. No es mucho veinticuatro horas de:
término. Hoy no escribo. Mañana, si te aferras en
la opinión que ahora tienes, escribiré, aunque me
pese, lo que tú me digas.
Juanita estaba segura de que no había de variar
su resolución por mucho que lo meditase. Tuvo,,
no obstante, que ceder á los ruegos de Juana y
aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividién-
dose el trabajo, según queda dicho, fabricaron entre-
ambas la carta que, por su transcendencia é influja
en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera,
historia, hemos de consignar aquí.
La carta decía como sigue:
« Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija.
y yo de la honra que usted nos hace en la carta,
que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda-
el alma. La niña le quiere á usted mucho y le estima.
JUANITA LA LARGA 149
más; pero declara que no puede ni debe aceptar lo
•que usted propone. Cree ella que fué una impru-
•dencia de su parte ir al sermón vestida como una
princesa, para azuzar más en contra suya á la
gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar está
Ahora sublevado. Mal remedio sería la boda. Aumen-
taría la sublevación y el motín. Su hija de usted
se pondría á la cabeza. Nosotros no podríamos
resistir. Los tres tendríamos que irnos con la
música á otra parte. En fin, don Paco, Juanita
«ostiene que sería la boda una locura. Dice, por
último, que ella no manda en su corazón; que la
-diferencia de edad es grande entre ustedes y que
no quiere á usted de amor, aunque le profesa la
amistad más fina.- Sería, pues, muy feo, de parte
-de ella, abusar de la generosidad de usted para
satisfacer su ambición ó su vanidad casándose por
-cálculo, y también sería muy tonto porque el cálculo
•estaría mal hecho. Lo mejor y lo más discreto es
-que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha
dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si
aceptásemos la proposición de usted; pero también
nos odiará y nos declarará más la guerra si averigua
que no aceptamos, apareciendo como que desde-
:ñamos á su padre con infundada soberbia. Importa,
pues, ocultar todo esto. Ahí devuelvo á usted su
carta. Eásguela y rasgue la mía, á fin de que no
quede prueba escrita de lo ocurrido; y conserve
usted en su memoria grato recuerdo de nosotras.
Crea en nuestra profunda gratitud y mande á su
afectísima amiga y constante servidora, q. b. s. m.,
Juana Gutiérrez.»
DON Paco se BÍntió lastimado y encantado & la
vez con la lectura de la carta, que calificó de
muy discreta y que miró como dictada por Juanita.
Si ella le hubiera aceptado por marido, el con-
tento de don Paco hubiera sido grande, pero menor
su estimación del valer de Juanita que el que era
entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga
sospecha de que Juanita aprovechaba la ocasión,
hubiera aguado el contento de ver que ella le acep-
taba. Si en extremo le dolía que ella declarase que
no le amaba, no podia menos de aplaudir la lealtad
de la declaración. Don Paco estaba conforme en lo
tocante al aprecio de las circunstancias que se opo-
nían á la boda, y que la hacían aparecer á toda jui-
ciosa previsión como fuente de disgustos y de males.
De aquí que sus sentimientos al leer la carta
íuesen de dolor y de mortificación de amor propio
isa JUANITA LA LARGA
por el desamor de Juanita; de admiración y aplauso
por la prudente conducta de la muchacha, y de
mayor cariño hacia ella, asi por la noble franqueza
con que exponía las causas que justificaban su
desdén, como por las amistosas dulzuras con que
procuraba suavizarle.
Conoció también don Paco que importaba mucho
que su petición y la subsiguiente repulsa no llega-
ran á saberse, y, aunque no tuvo valor para rasgar
ó quemar lo que él escribió y ia contestación de
Juana, guardó ambos documentos en el más secreto
escondite de su escritorio.
Trató, además, de hacerse superior á su pena y
de ver si olvidaba á Juanita, ó al menos si seguía
queriéndola con calma y con cierta tibieza, á fin de
esperar sin impacientarse que Dios mejorase las
horas, ya que la esperanza es lo último que se
pierde en esta vida.
Y por lo pronto, ó bien para conseguir el olvido
ó bien para enfriar ó entibiar su fervorosa pasión,
resolvió no volver á poner los pies en casa de Juanita
y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y
en la plaza.
Juanita, entretanto, como era poco amiga de la
soledad y gustaba mucho de la conversación de don
Paco, se afligía del aislamiento y deploraba el
sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el
fondo de su alma, cuando estaba á solas con su
conciencia, y con el notabilísimo despejo y la sere-
nidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía,
repetidas veces, las sutiles reflexiones que tratare-
mos de expresar aquí en el siguiente soliloquio: —
I
yUANITA LA LARGA 153
Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día
desgobernada y muy á tontas y á locas. Mi madre.
Dios me perdone si la ofendo, tiene poco juicio,
aunque bien puede ser que le pierda por el entra-
ñable amor que me tiene. Lo cierto es que entre
las dos bemos becbo una inñnidad de tonterías.
Justo es qne las paguemos. No debo quejarme. En
primer lugar, siendo yo una mocita casadera, y, si
no ocupando cierta posición, aspirando á ocuparla,
debí dejar de ir por agua
á la fuente y ¿ lavar al
albercón. Debí darme más
tono. Y ya que no me le
di, aún fué mayor dispa-
rate el querer de repente
trasformarme en dama y
ecbpsar y aturdir y excitar
la envidia y la rabia del
señorío mujeril de este
lugar. Todavía mi súbita
transformación hubiera
podido tener buen éxito
si atino á ganarme antes
la buena voluntad de la muy poderosa é ilustre
señora doña Inés López de Roldan. Pero, lejos de
eso, lo que hice fué provocar su enojo. Si el trato
de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he
pensado yo en casarme con él, y aquí viene bien
que yo lamente otra locura mía, otra completísima
falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué ñn
recibir de tertuba todas las noches é. don Paco, solo
¿ veces y á veces en compañía de Antoñuelo, lo que
T.^-*-^
154 JUANITA LA LARGA
es casi peor? Lo hacíamos porque nos daba la real
gana, sin atender á que somos pobres y á que la gana
de los pobres no es real, sino subdita que necesita,
someterse y hasta morir sin hallar satisfacción, ¿
fin de no exponerse á muy crueles castigos. Nuestra
tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que
más inocente que la de doña Inés. ¿Cómo evitar,
no obstante, que doña Inés supiese y hasta creyese
de buena fe mil abominaciones, excitada por esa
chismosa de Crispina que todo lo huele y cuando
no lo huele lo inventa? Ella sin duda le diría primera
que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de
mamá, y después que yo me había apoderado de los
dos, del uno para el gusto y del otro para el gasto,
y que yo me estaba comiendo las mil chucherías,
que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin
par chocolate que se fabrica en casa de ella. Com-
prendo lo furiosa que doña Inés se pondría y más
aún al sospechar que don Paco pudiera casarse
conmigo: porque doña Inés quiere heredar ó que
hereden sus hijos los ahorros y las finquillas que
don Paco va reuniendo, para lo cual importa que
don Paco no se case, ó bien que se case con una
hidalga viuda que yo me sé y que le daría cierto
lustre aristocrático, y de seguro no le daría hijos
porque está ya pasada y huera y el caso de Abra-
ham y de Sara no se repite.
Así, y si no en los términos de que me valgo, en
términos muy parecidos, discurría Juanita á sus
solas. Luego continuaba:
— Es indispensable que yo me enmiende y que
ajuste mi conducta á la razón y á la conveniencia.
JUANITA LA LARGA 155
Debo tener doble juicio por mi madre y por mí. Y
ya que (esto no puede negarse) soy candida como
la paloma, no está bien que me olvide de la otra
mitad de la sentencia evangélica que he oído decir
tantas veces al padre Anselmo en sus sermones.
Por lo tanto, en lo sucesivo me propongo ser astuta
y prudente como la serpiente. La vida de zagalona
rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios
me libre también de recaer en la mala tentación de
presumir de princesa. Nada de volver con la cabeza
al aire y con el cántaro por esos andurriales; y nada
tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda
mientras no gane posición, autoridad y título dura-
dero, suficiente y legítimo, para tamaña audacia.
Ahora me conviene seguir por un justo término
medio: salir poco de casa, coser y bordar mucho,
é ir con frecuencia á la iglesia, á misa y á mis
devociones, muy humilde, con vestidito de percal
y cobijada con un mantón modesto y oscuro. Ya
veremos si logro así borrar la mala impresión que
necia ó inocentemente he causado, y hasta llegar á
adquirir reputación de santa.
Aquí no podía menos de sonreirse Juanita,
á pesar de lo fastidiada que estaba, y luego pro-
seguía:
— Cierto que yo no soy mala y que amo á Dios
sobre todas las cosas y que me complazco en darle
adoración y culto; pero también ¡qué diantres! ¿por
qué no confesarlo? también me amo y me doy culto
á mí misma. Quizás será pecado, pero es un peca-
dillo tan natural, que casi no es pecado. Lo que
debo hacer es que este segundo culto, para no
156 JUANITA LA LARGA
escandalizar á nadie, no sea público, sino misterioso.
En lo exterior he de parecer como una beata pobre;
¿mas por qué he de privarme del placer de cuidar, de
asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito
que Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche
he de cuidarle y he de lavarle como si fuera el de
una infanta de España. ¡Qué horror, cielos santos!
Si llegase á saberlo, por ejemplo, Julián el arriero.
Yo le oí contar en la fuente mientras daba agua á
sus mulos, y haciéndose cruces, la indignación que
le causó, cuando servia en Córdoba á una marquesa^
el averiguar, estando él en la cocina, que llevaban
á dicha señora un enorme lebrillo y dos grandes
jarros de agua á su cuarto. ¿Qué barias tú — ^le pre-
guntó una chica — si tu mujer emplease también un
lebrillo por el estilo? — Pues yo — contestó él — aga-
rraría una vara y la pondría negra á varazos, por
indecente y por mantesona. Necesario es que ya
haga un misterio de mi limpieza, si no quiero que
me excomulge Julián y la mayoría de mis compa-
tricios que discurren como él. Mas no por eso he de
dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa
y muy regalada en mi ropa blanca interior. En los
ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando no cosa
para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas
bordadas como no las use mejores una archiduquesa
de Austria. Tapado todo ello con el mezquino traje
exterior, me pareceré á la violeta, que escondida
entre las verdes hojas y tal vez entre feos yerbajos,
no deja conocer que existe como no sea al que tenga
la nariz muy fina y por su delicado olor la descubra.
Seré como aquel personaje de cierto romance, que
JUANITA LA LARGA 157
recita don Pascual, el cual personaje vestía de
peregrino y llevaba una esclavina
que non valía un reale;
debajo llevaba otra
que vaHa una ciudade.
Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se
olvidaba de sus melancolías y soltaba una carcajada.
— ¿De qué te ríes, niña? — le dijo una vez su
madre. — Pues no es cosa de risa lo que nos está»
sucediendo.
— Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reir que
rabiar. Cuando las cosas se toman á risa las penas
que causan se mitigan ó se consuelan.
Juanita no se contentó con pensar y con propo-
nerse cuanto queda dicho, sino que lo cumplió todo
con la mayor exactitud y perseverancia.
Pasaron muchos meses.
El cambio de Juanita empezó á notarse y á
celebrarse entre las personas más devotas del lugar.
El padre Anselmo, singularmente y sin poderlo
remediar, á despecho de su humildad cristiana y
del menosprecio de sí mismo, sintió un noble orgullo
y se dio á entender que había hecho la más repen-
tina y milagrosa conversión, deteniendo á aquella
joven y simpática pecadora al borde del abismo en
que iba ya á precipitarse.
Su rehabilitación costó á Juanita largo tiempo
y además no pocos sacriñcios, trabajos y es-
fuerzos de voluntad.
Fué lo más duro para ella el tener que vivir,
sobre todo al principio, en soledad completa.
Se abnrria y á menudo recelaba que iba á enfer-
mar de ictericia.
No podía ni quería retroceder y charlar de nuevo
y reanudar amistades con las mozuelas que antes
habfa tratado, las cuales, ofendidas ya, le darían
acaso mil sofiones: ni menos podía intimar, aun-
que lo desease, con las hidalgas y con las hijas de
los labradores ricos, que se preciaban de señoritas
y que huirían de ella, asi por la humilde posición
de su madre, como por su ilegitimo nacimiento y
por la mala fama que le hablan dado en el lugar y
que entre todos sus habitantes cundía.
i6o yVANITA LA LARGA
Juanita tuvo que perder hasta la. amistad y el
trato de Antoñuelo, Y esto, no sólo para no seguir
dando pábulo á la maledicencia, sino también por-
que Antoñuelo estuvo muy tonto y ella se vio en la
precisión de despedirle con cajas destempladas y
para siempre.
Dos días después de haber predicado el padre
Anselmo su famoso ser-
món. Antnfnieln vnlvii'i i
sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugar
sino del escándalo que Juanita habla dado y de la
severa y merecida lección que del padre Anselmo
habla recibido.
Ya en la plaza, ya á la sombra de algunos álamos
que están en el altozano, cerca de la iglesia, y
donde se reúne y platica la gente moza, varios
amigos y conocidos embromaron pesadamente á
Antoñuelo, por el papel desairado y ridiculo que
suponían que habla hecho, reverenciando, sirviendo
JUANITA LA LARGA i6i
y adorando casi como deidad á una mozuela que
le desdeñaba y que aceptaba, quién sabe hasta qué
punto, los regalos y el amor de un rival dichoso.
Las relaciones entre Juanita y Antoñuelo tal vez
parecerán inverosímiles á quien piense somera-
mente en ello; pero yo creo que son más naturales
y frecuentes de lo que se imagina.
Desde la infancia habían vivido en la mayor inti-
midad Antoñuelo y Juanita. Con cortísima dife-
rencia tenían la misma edad, y podía asegurarse
que se habían criado juntos. El era zafia, mal edu-
cado, travieso y atrevido; tenía pocos alcances y
una voluntad tan realenga que ni á su padre se
sometía; pero en estos mismos defectos se fundaba
la amistad de Juanita hacia él. Juanita había
adquirido y conservaba tal imperio sobre aquel
muchacho, que lograba que la respetase, la temiese
y la obedeciese como un perro á su amo.
A ella no le pasó jamás por la imaginación el
querer á Antoñuelo como una mujer quiere á un
hombre. Y él, como por una parte la tenía por un
ser superior, y por otra parte sus instintos amo-
rosos eran vulgarísimos, procuraba emplearlos y
satisfacerlos en más fáciles objetos, y sin darse
cuenta de ello, é ignorando su esencia y su nombre,
consagraba á Juanita un afecto puro, ideal y plató-
nico. Sentimientos tales, si bien se recapacita, no
son extraños al alma de los más vulgares sujetos.
Todos ó casi todos los hombres tienen sed, tienen
necesidad de venerar y de adorar algo. El espiritual,
el sabio, el discreto, comprende oo¡a facilidad y
adora á una entidad metafísica: á Dios, á la virtud
11
x62 JUANITA LA LARGA
Ó á la ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino
confusamente lo que es ciencia, lo que es virtud y
lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese afecto,
en él casi instintivo, á un ídolo visible, corpóreo,
de bulto.
Juanita era este ídolo para Antoñuelo. Juanita
era también su oráculo. El oía con religioso respeto
sus advertencias y amonestaciones, y de buena fe
se prometía y prometía al pronto tomarlas para
pauta de su conducta. Siempre que Antoñuelo se
hallaba en la presencia de Juanita se sentía avasa-
llado por su influjo, deslumhrado por su superior
inteligencia y ligado á la voluntad de ella. Por des-
gracia, no bien Antoñuelo se hallaba ausente de
Juanita, el influjo bienhechor desaparecía, y los
instintos brutales y las malas pasiones acudían en
tropel y desataban ó rompían las ligaduras y arro-
jaban al olvido los buenos consejos y preceptos que
Juanita había dado. Antoñuelo, lejos de la fascina-
ción y del encanto que casi milagrosamente le
habían conservado como ser racional, se convertía
en un estúpido y en un perdido.
Á pesar de la ineficacia, por falta de duración, de
su poder purificante sobre el alma de Antoñuelo,
Juanita le quería, se interesaba por él y sentía
halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera
momentáneamente.
Para dar una idea exacta de la inclinación de
Juanita hacia aquel mozo, diré que se parecía á la
que yo he visto que tienen ciertas grandes señoras,
ya por un alano, ya por un mastín corpulento y
poderoso, que hay en casa de ellas, que inspira
fUANITA LA LARGA
163
terror á las visitas, que parece capaz de derribar á
un hombre de un manotazo y de destrozarle de un
mordisco, y que, sin embargo, se echa con la mayor
humildad á las plantas de su ama, y siente inex-
plicable placer si ella con su blanca mano le toca
la cabeza ó con el pie le sacude ó le pisa.
En la ocasión de que vamos hablando, las feroces
burlas de sus camaradas habian traneíor- ,
mado & Antoñuelo; su domestici-
dad y su mansedumbríi habínn
desaparecido; ya no era perro,
sino lobo.
Traía muy estudiado ol dis-
curso, si puede llamaiüo
discurso lo que iba
á decir; y á ñn de
que no se le borrara
de la memoria ó e
le enmarañara í'n 1
caletre, deseaba des-
cargarse de él como '*'- ^
quien suelta un peso
y decirle sin preámbulos. La ocasión f
propicia á su deseo.
Juana estaba en la cocina, y Antoñuelo halló
sola á Juanita cosiendo en la sala.
Venia él con el entrecejo fruncido y con marca-
das señales en toda la cara de muy terrible enojo.
Apenas se saludaron él y ella, Antoñuelo dijo:
— Vengo á quejarme de tf; á decirte que me has
engañado. Por culpa tuya he estado haciendo el
tonto, y no quiero hacerlo más.
! presentó
t64 JUANITA LA LARGA
— Pues, hijo mío — dijo ella riendo, — yo no sé
como te las compondrás para no seguir haciendo el
tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpa de
que lo hayas sido hasta ahora, y menos sé aún en
qué y cuando te he engañado.
— Me has engañado fingiéndote santa, para que
yo, embaucado, te adorase, cuando no eres santa,
sino una mala mujer. Por toJo el lugar no se habla
de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y
de que te mantiene y te viste.
— ^¿Y has creído tú esas calumnias? ¿Y en vez de
defenderme y de enfurecerte contra los calumnia-
dores te enfureces contra mí?
Juanita dejó escapar irreflexivamente estas últi-
mas frases. Luego se reprimió y procuró enmen-
darlas. Creía bruto á Antoñuelo, pero no lo creía
cobarde.
Si dejó de defenderla fué, no por cobardía, sino
por maliciosa necedad que acepta lo malo como
cierto. De todos modos, más valía así. Mucho
hubiera contrariado á Juanita que por sacar la cara
por ella hubiera reñido Antoñuelo, resultando tal
vez de la riña heridas ó mayores desgracias, que
hubieran empeorado la situación.
Juanita añadió entonces:
— Bien pensado, hiciste bien en no defenderme.
He sido imprudentísima. Los que no me conocen
tienen algún fundamento para acusarme. Las apa-
riencias me condenan. Yo me resigno y perdono á
los que me acusan. Perdónalos tú también, pero
no los creas. Tú que me conoces de toda la vida,
tú que sabes con qué pureza de afecto, con qué
t
\
JUANITA LA LARGA 165
ternura de hermana te he querido y te quiero aún,
no debes, no puedes creer esas infamias; pues que,
¿no comprendes que yo soy capaz de querer á don
Paco por el mismo estilo que á tí te quiero?
— Esa es grilla, esa es grilla — replicó Anto-
:ñuelo. — Tú, con tus sutilezas y mentiras, quieres
volverme tarumba; pero no lo conseguirás. Te
burlas de mí porque me crees bobo. No quiero
callar. Aunque me pongas el dedo en la boca, te
morderé y no me callaré. En adelante no quiero
ser tu juguete. Quien te conozca que te compre.
Me han abierto los ojos. Ya te conozco. Eres una
tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor
que tú.
La última frase la decía Antoñuelo para desafiar
también la cólera de Juana, que entraba en la
sala de vuelta de la cocina.
— ¡Ay, niña, niña! — dijo Juana — ¿Qué paciencia
es la tuya? ¿Por qué aguantas los insultos de este
animal de bellota, las coces de este mulo resabiado?
— Señora — replicó Antoñuelo — mire usted lo que
dice y no se desvergüence conmigo, si no quiere
que me olvide yo de que es mujer y le ponga las
peras á cuarto, ó la emplume, como merece.
Al oir esto Juana, ya no contestó palabra, pero
se precipitó sobre el que tan atrozmente la ofendía.
Juanita se interpuso entre su madre y el mozo, á
fin de evitar la lucha.
— Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas
más en tu vida. Para mí has muerto. Quiero olvidar
hasta el santo de tu nombre. No tengo que darte
cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me
i66 JUANITA LA LARGA
aflige el ruin concepto que formes de mí. Vete.
Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre
su madre y el mozo, recelosa de que se empeñasen
en un comb^ite tragi-cómico, fué empujando con
suavidad á Antoñuelo hasta la puerta de la calle.
Ella misma levantó el picaporte, abrió la puerta y
echó de su casa al amigo de toda la vida. Al hacer
esto, en el rostro de Juanita se mostraba más bien
la tristeza que la cólera; y Antoñuelo, al mirarla
tan digna, amainó en su furor, no persistió en sus-
improperios y se fué cabizbajo y silencioso.
— ^H
XXIII
Aii disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se
añadía otro no menor y más positivo.
Al principio se difundió tanto la idea de que
Juana había llevado su complacencia inmoral hasta
ser tercera de su hija, que la llamaban menos para
trabajar en las casas principales por el temor de
que fuese ella la propia Celestina resucitada y tra
tara de pervertir á las Melibeas de dichas casas.
No obstante, y como ya he dicho, aquella malísima
situación se fué poco á poco suavizando. Además,
eran tan notorios y tan irreemplazables el arte y la
inspiración de Juana, para dirigir una matanza,
para hacer arrope, piñonate, empanadas y tortas,
y para preparar festines, que las personas de gusto
y de medios desecharon los recelosos escrúpulos, y
poniéndoles el correctivo de estar á la mira y ojo
avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas
artes proxenéticas, siguieron llamándola á trabajar
en sus casas; y los ingresos y rentas de Juana, que
i68 JUANITA LA LARGA
habían disminuido, volvieron á su estado normal,
aunque no se aumentaron.
El recogimiento y la austeridad de Juana al fin
surtieron efecto. La idea que el padre Anselmo
concibió de que había logrado convertir á aquella
pecadora incipiente y de atraer al aprisco á la ove-
jita descarriada antes de que cayese entre las uñas
y la boca del lobo, fué adquiriendo resonancia y
eco entre el vulgo. Juanita fué, pues, mirada, si no
como paloma sin mancilla, como Magdalena arre-
pentida y penitente, no de la culpa, sino del conato.
Transcurrió más de un año antes de que Juanita,
á fuerza de ingenio y de fatigas, lograse resultado
tan brillante.
La rígida doña Inés era la más difícil de ablan-
dar. No quería creer en la virtud de la muchacha,
y sospechaba que era todo hipocresía.
Cuando llegaban á oídos de Juanita noticias de
la terca incredulidad de doña Inés y de que la sos-
pechaba de hipócrita, Juanita decía para sí: no es
mal sastre el que conoce el paño; y sin arredrarse
seguía por el camino que se había trazado.
Llegó en esto el invierno, y doña Inés quiso
vestir á todos sus niños con buena ropa de abrigo.
Juanita alcanzaba ya alta reputación de costurera.
Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del
lugar era una chapucería cursi, si se comparaba
con las confecciones de nuestra heroína, que estaba
al corriente de las últimas modas de París, que
recibía los figurines, y que, ajustándose á ellos, sin
encadenar servilmente su fantasía á una imitación
minuciosa, ideaba, trazaba, cortaba y hacía trajes
JUANITA LA LARCA 169
para las mujeres dignos de ñgurar en los salones de
la corte y de ser descritos por Montecristo ó por
Asmodeo, y para los niños y niñas, no iníerii
su gracia y por su cAi
de un milord opulen-
to ó de un banquero
inglés se engalana.
Buego al lector
que me dé entero
crédito y que no
iiu agine que son
ponderaciones an-
daluzas ó que mis
simpatías hacia
Juanita me ciegan.
Lo que digo es la
verdad exacta, pura
y no exagerada. Yo
he estado én Villa-
legre; he visto algu-
nos trajes hechos por
Juanita, y rae he que
dado estupefacto.
Y cuenta que yo ten-
go buen gusto. Todo
el mando lo sabe.
En fín, doña Inés se dio ¿ pensar y á repensar
en lo muy preciosos que estarían bus niños con los
trajes que Juanita les hiciese; venció la repugnancia
que sentía contra ella, la llamó á su casa y le enco-
mendó trajes para todos, según la edad y sexo de
cada uno.
xyo JUANITA LA LARGA
Fué Juanita en casa de doña Inés tan pobre y
modestamente vestida como si saliese de un beate-
río, y tan modosita en el habla, en la voz y en los
modales, que parecía, sin visos ni asomos de afec-
tación, una criatura seranea.
Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle ó de
ponerle entornadas las puertas del corazón de doña
Inés, la cual sabia mucho y pensaría y diría en su
interior:
— Si no lo finge, en verdad que es muy buena
esta muchacha; y si lo finge, sabe más que Car-
dona: es admirable su fingimiento.
Así doña Inés se predispuso ya favorable-
mente.
Su favor valía mucho, y doña Inés acertó á co-
brársele por instinto. También hay su poco de
gorronería en los grandes y poderosos de la tierra.
Viene á propósito esta sentencia, porque doña Inés
pagó el trabajo de Juanita en la tercera parte de lo
que valía, aun en aquel lugar donde se trabaja
barato, y pagó las otras dos terceras partes en el
favor tan deseado y apetecido que empezó desde
entonces á alcanzar la linda costurera.
Los niños, con los trajes hechos por Juanita,
salieron tan bien vestidos el primero de Noviembre,
día de todos los Santos, que daba gloria verlos, y la
gente los admiraba y los seguía en la calle. La
vanidad maternal de doña Inés quedó muy satisfe-
cha. Ni la propia Cornelia se ufanó más cuando
enseñaba á sus Gracos. Pero doña Inés fué más
allá de Cornelia: no se contentó con lucir á sus
hijos, sino que se propuso competir con ellos y aun
JUANITA LA LARGA lyt
superarlos en indumentaria, y decidió que Juanita
también la vistiese.
Juanita se prestó á todo con el mejor talante y
prodigioso acierto é hizo á doña Inés corsés y varios
trajes.
Nacieron de aquí la confianza y alguna familia-
ridad, hasta donde es licito y decoroso que la fami-
liaridad se entable entre una dama principal y una
trabajadora plebeya; pero al fin, como doña Inés
tenia que mostrarse á Juanita en paños menores
para probarse corsés y vestidos, ¿qué mucho que la
confianza naciese y creciese?
Juanita supo después, con lentitud y por sus
pasos contados, darse tal maña, que doña Inés que
ya le había confiado su cuerpo para que le vistiese^
empezó á confiarle también y á descubrirle su
espíritu, aunque sólo hasta cierto punto, porque el
espíritu de doña Inés, según pensaba Juanita, acaso
con malicia sobrada, tenía más conchas que un
galápago, y jamás se desnudaba y se descubría por
completo.
Juanita tenía una voz melodiosa y clara y sabía
leer muy bien, lo cual es bastante raro, dando á lo
que leía entonación y sentido. Pronto atinó ¿
mostrar á doña Inés que ella poseía habilidad tan
útil, y no tardó doña Inés, que se fatigaba algo
leyendo, en tomar á Juanita para lectora.
Claro está que doña Inés, que era mística, muy
elevada en sus pensamientos y un tanto cuanto
asceta, aunque más en lo especulativo que en lo
práctico, hacía que Juanita le leyese vidas de santos
y libros devotos y morales como Monte Calvario^
17* yUANITA LA LARGA
Gracias de la gracia. Gritón del infierno. Espejo de
religiosos. Casos raros de viciosy virtudes y Estragos
de la lujuria.
Era doña Inés aficionadlBima á disertar y ¿
convencer á sus oyentes y contradictores cuando
disertaba. Si por algo se dolía de haber nacido
mujer era por no poder transformarse en predicador
i) en catedrático.
Juanita supo con tanto pulso seguirle el humor.
que no se callaba ni lo aceptaba todo desde luego,
sino que impugnaba algo sus tesis y discursos para
darle ocasión de que hablase más y desplegase su
elocuencia, á. la cual acababa por ceder, reconocién-
dose vencida. De esta suerte se alegraba y se
exaltaba el ánimo de doña Inés, corroborando la
creencia que ella tenia en su virtud persuasiva y en
en saber y talento, y haciéndole creer además que
después de ella, aunque á muy razonable distancia,
no habla en toda Villalegre, salvo quizás el padre
JUANITA LA LARGA 173
Anselmo, persona más talentosa ni más sabia que
Juanita.
La privanza de ésta con doña Inés llegó al fin á
su colmo.
En presencia de cualquiera persona, Juanita
seguía atendiéndola con el mayor respeto y dándole
el tratamiento de su merced, pero en momentos de
expansión, una vez que Juanita la oyó atentí sima-
mente, impugnó sus razones y terminó por ceder á
ellas, doña Inés, entusiasmada, se allanó hasta el
extremo de mandarle que cuando estuviesen las doa
sólitas la tutease.
Estas prodigiosas conquistas de la paciente y
despejada muchacha le prestaron desde luego con-
fianza en sí misma, y pudieron darle mucha honra^
si ella entendiese que la necesitaba , mas apenas le
dieron material provecho, que era de lo que más
necesidad tenía.
Pensaba doña Inés que no había mejor ni má&
espléndida paga que su afecto. Suponía tal la eleva-
ción de alma de Juanita, que hubiera sido injuriarla
ofrecerle dinero. Un ochavo más que doña Inés le
hubiese dado sobre el jornal que de ordinario ganaba,
hubiera parecido una limosna. No era delicado
socorrer á Juanita como á una pordiosera.
Y después de estos razonamientos tan juiciosos,,
como doña Inés no pagaba á Juanita sino lo que
cosía, y no le pagaba, para no humillarla, ni las
horas que empleaba leyéndole libros, ni el tiempo
que perdía escuchando sus disertaciones, resultaba
que doña Inés, por obra y gracia de lo mirada que era
tenía lectora y auditorio y acompañanta de balde.
(
LA gloriosa servidumbre en que Juanita había
llegado & ponerse, si no era útil, era molesta
en extremo, porque la amistad de doña Inés no
podia ser más exigente ni más imperativa. Y mien-
tras más rebosaba en entusiasmo y en ternura, más
se recrudecía también en exigencia y en imperio.
Había días en gne no le quedaba á Juanita ni
hora libre ni momento de sosiego. Doña Inés la
llamaba y se valia de ella para todo.
£n los lugares, al menos hace algunos años, pues
no sé si habrán variado las costumbres, nunca salía
una señora principal de visita ó de paseo sin llevar
á mía acompañanta. Juanita tuvo, por consiguien-
\e, á más de leer y de escuchar disertaciones, que
acompañar á doña Inés en sus visitas y en sus
176 JUANITA LA LARGA
paseos. Y cuando á ésta se le antojaba de súbito
visitar ó pasear, y no tenía á Juanita en casa, iba
á buscarla á la suya, haciéndose acompañar hasta
allí por Serafina.
En los paseos rara vez leía ó hacía leer doña
Inés, pero, convertida en filósofa peripatética, |
disertaba de lo lindo, y siempre sobre religión,
moral, menosprecio del mundo, alabanza del reco-
gimiento y de la conversación interior, y aspira-
ciones á lo sobrenatural y divino.
Conviene que se sepa que doña Inés tenia un
carácter tan dominante, que no se aquietaba ni se
satisfacía como no decidiese y gobernase cuanto
hay que decidir y gobernar.
Ella designaba el nombre que había de recibir
en la pila bautismal cada villalegrino que naciese;
ella decretaba, después de estudiar aptitudes, capa-
cidades y recursos, el oficio que cada cual había
de aprender y ejercer; y ella escogía marido para
cuantas niñas casaderas vivían en el pueblo y per-
tenecían á familias merecedoras por algiin título
de su atención y cuidado.
El concepto que formaba doña Inés del universo
visible y de cuantas cosas hay en él y en él se sus-
tentan, era concepto más pesimista que el del pro-
pio Schopenhauer; pero el de doña Inés estaba
dulcificado por dos potencias benéficas y fecundas
que había en su alma. Ella podría ser, ó era más ó
menos pecadora. Yo no he llegado á ponerlo bien
en claro, de suerte que al ir escribiendo esta histo-
ria lo probable es que lo deje turbio ó nebuloso. De
cualquier modo que fuese, y sin escudriñar los
JUANITA LA LARGA 177
secretos de doña Inés en lo tocante á la conducta,
aseguro con evidencia que ella, en lo teórico, sin
afectación ni mentira, tenia la más acendrada fe
religiosa. Con esta fe, y con las otras dos consola-
doras y divinas virtudes que de ella nacen, doña
Inés iluminaba el mundo, hermoseándole con celes-
tiales resplandores.
Toda deformidad moral, todo vicio, toda dolen-
cia, la fealdad física, las enfermedades, la miseria,
el dolor y la muerte, se despojaban en su pensa-
miento de horror y de amargura al considerar que
deben sufrirse por el amor de Dios, y desvanecerse
y disiparse, como la obscuridad de la noche cuando
aparece la aurora, ante la esperanza de lo trans-
cendente y ultramundano. Para doña Inés este
mundo en que vivimos era un valle de lágrimas y
un transitorio lugar de prueba, indispensable ca-
mino para otra vida mejor. La presente, pues,
aunque fuese muy mala, no era nunca mala, ya
que en ella, si se padecía con resignación, mientras
más se padeciese, mejor y más abundante cosecha
se recogía y se atesoraba de frutos que no se
corrompen y jie riquezas que nadie roba. Y como
doña Inés no gustaba de quedarse atrás en nada,
sino de adelantarse en todo, y ser también impor-
tante cosechera de los mencionados frutos y rique-
zas, muy candorosamente estaba persuadida de que
padecía ó había padecido mucho, ejercitando y
luciendo su paciencia, compitiendo un poquito con
Job y granjeándose los medios de ir al cielo dere-
cha, sin tropezar en rama, ya se entiende que
contando con la misericordia de Dios, que le per-
12
lyS JUANITA LA LARGA
donaría sus pecados, sí los tenia, pues, según ya he
dicho, no lo sabemos.
La otra potencia de que se valía doña Inés, sin
estudio, espontánea y sencillamente, para blaur
quear y hasta para dorar la tenebrosa negrura de
su concepto schopenhauerino del mundo, era el sen-
timiento vivísimo y atinado, fuente inexhausta de
puros deleites, con que percibía su alma toda be-
lleza, tanto espiritual cuanto corpórea. Llamar á
esto buen gusto me parece poco. El buen gusto,
por lo general, es pasivo y estéril. En doña Liés
alcanzaba actividad creadora. La visión de la be-
lleza, concebida por doña Inés, relucía en las
profundidades de su alma y creaba allí otro uni-
verso ideal, semejante al exterior universo, salvo
que de él todo mal y toda mengua habían sido
expulsados.
Como se ve, no era doña Inés mujer adocenada,
sino persona memorable, ó dígase digna de la his-
toria, por lo cual me complazco yo en ponerla en
la mía.
Doña Inés, y perdone el pío lector si me repito,
á pesar de sus ocho vastagos, estaba aún muy
guapa; en lo mejor de su edad, bien cuidada, ali-
mentada y vestida.
El asomo de rivalidad que brotó en su alma el
día de la intempestiva y pomposa aparición de
Juanita en la iglesia, había desaparecido entera-
mente, merced á la humildad de la muchacha y á
la sumisión con que la acataba y servía. Desecha-
dos así los celos, la mente y el corazón de doña
Inés dieron entrada franca al afecto y á la admira-
JUANITA LA LARGA 179
ción de la bondad, del talento y de la hermosura
de que Juanita estaba dotada.
No había primor en Juanita que doña Inés no
advirtiese, celebrase y ponderase. Llegó á notar, á
pesar del pobre pañolito con que se cubría la chica
espalda y pecho, la admirable perfección de toda
aquella sana y virginal estructura. De su rostro
no quiero ni puedo decir más sino que le parecía el
de un ángel. Y por último, ponía en Juanita casi
casi tanta discreción, ingenio y bondad como en ella
misma. En suma, doña Inés miraba y estudiaba á
Juanita como el sabio crítico, buen gramático y
mejor estético, mira y estudia un bello poema, ó
como el gran conocedor y perito en las artes plásti-
cas mira y estudia una obra maestra de escultura.
Cualquiera imaginará que, llegadas las cosas á
este punto, Juanita podría apoderarse de la volun-
tad de doña Inés y hacer de ella lo que le diese la
gana; pero sucedió lo contrario. Frecuentemente
recelaba Juanita que se le iba á acabar la paciencia
y allá en sus adentros decía: peor está que estaba.
A fin de que se comprenda el fundamento que tenía
Juanita para decir que estaba peor, pondré aquí uno
de los discursos que doña Inés con frecuencia le
dirigía:
— Hija mía — exclamaba, — hay en las condiciones
y circunstancias que han de influir en tu destino
cierta contradicción que puede ser causa de mil
desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la
elevación moral de tu alma mereces casarte con un
príncipe, dechado de todas las perfecciones. Por tu
desventurado nacimiento, por la clase humilde i
i8o JUANITA LA LARGA
que perteneces y por la pobreza que te obliga á.
residir en este lugar, tendrás que quedarte soltera,
ó tendrás que casarte con un labrador rudo y zafio.
Si te quedas soltera, de continuo te verás expuesta-
á los tiros de la envidia y á las emponzoñadas
mordeduras de la calumnia, y te rodearán además
groseras seducciones, á alguna de las cuales quién
sabe si cederás en un momento de flaqueza, porque
todas somos débiles y ninguna puede estar segura
de no tropezar y de no caer si en un solo momento-
la deja Dios de su mano y no la sostiene con su
gracia. Pues no digo nada si movida por la vanidad
ó por pasiones más tiernas y propias de tus verdes-
años y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad
del sujeto que te enamore, te casas al fin con un
hombre de tu clase, con algún palurdo de esta tierra.
¡Qué desgracia la tuya entonces! ¡Pronto llegaría-
el desengaño! Vaya... me horrorizo de pensar en
ello. Sería una profanación. Sería un sacrilegia
nefando. ¿Cómo entregar tanto tesoro á quien sería
incapaz de comprenderle y de saber lo que vale?
En mi sentir, sería locura semejante á la de echar
ramilletes de flores en vez de paja y cebada en el
pesebre del mulo ó á la de derramar perlas en la.
pocilga del marrano en vez de un celemín de
bellotas. Por otra parte, hija mía, ¿cuántos disgustos,,
desvelos y cuidados no vendrían sobre tí con el
matrimonio? Quiero prescindir de que tu marida
acaso sería pobre; y si era también torpe y holgazán,
tendrías que matarte trabajando para mantenerle;
y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que
te darían tus hijos si los tenías. Lo más espantoso...
JUANITA LA LARGA i8i
ttunque no lo sé por experiencia, me horripilo de
imaginarlo... es si descubrías en tu consorte vicios
y miserias que te le hiciesen aborrecido y que hasta
asco te causasen. Acudiría entonces á tu espíritu,
¡obsesión diabólica! un pensamiento pertinaz que
puede conducir á los mayores pecados. Figúrate tú
que pensase y discurriese como ser racional y filan-
trópico la turquesa en que se forman las balas,
¡qué desesperación no tendría de que la empleasen
tan en perjuicio de la humanidad! Pues no es menor
la rabia de la esposa que, cuando va á ser madre,
recela que ha de dar al mundo copias exactas de la
ruindad ó de la perversidad de su marido. Tan
horrible pensamiento la inclinará á ser infiel ó la
arrastrará á la locura.
Esto, con adornos y variantes, era lo que decía
doña Inés casi de diario á su amiga y acompañanta,
sentando premisas; pero sin sacar por lo pronto
consecuencia ninguna.
Otras veces le describía con viveza y con sombríos
colores la corrupción de nuestro siglo, el bajo nivel
en que estaban las almas, las mezquindades y
maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente
que sería retirarse de él, en vista de que no puede
satisfacer ninguna de nuestras nobles aspira-
ciones.
Afirmaba doña Inés que ella había deseado y
deseaba siempre buscar un santo retiro; pero que
ya no podía ser por las mil obligaciones que había
contraído y que le era indispensable cumplir, por
enojosas que fuesen; porque tenía hijos que criar y
educar, marido de que cuidar y hacienda que ir con-
i8a JUANITA LA LARGA
servando y mejorando, á fin de trasmitirla á los que
habían de heredar un nombre ilustre, que deslus-
trarían al quedar huérfanos y abatidos por la villana
pobreza*
En resolución, doña Inés quiso persuadir i
Juanita, y me parece que hasta logró persuadirse
ella misma, de que deseaba ser monja, de que por
imposibilidad no lo era y de que hacía un sacrificio
en no serlo.
De todo ello acabó por deducir y por declarar,
como lógica solución, que Juanita debía huir de los
peligros, miserias y adversidades de esta sociedad
corrompida, la cual no merecía gozar de su presen-
cia, y que debía refugiarse en el claustro mientras
permaneciese en la tierra, ya que la tierra no la
merecía y ya que por su valer para el cielo sin duda
estaba predestinada.
A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones
de doña Inés, Juanita distaba más cada día de hallar
peligroso el mundo (maldito el miedo que le tenía
ella), y no lograba persuadirse de que la sociedad
fuese tan viciosa y tan mala ni de que el enamorarse
y el casarse pudiera acarrear tamañas desventuras.
De aquí que no tuviese la menor inclinación ni
vocación á la vida monástica. Pero como á doña
Inés se le había puesto en la cabeza que ella fuese
monja, y cuando formaba un plan era punto menos
que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se
veía muy apurada.
A cada momento sentía el conato de echarlo
todo á rodar y de declarar á doña Inés que Dios
no la llamaba por el camino por donde ella quería
JUANITA LA LARGA 183
que fuese. Se contenía, no obstante á fin de no
armar la de Dios es Cristo, de no perder en un
minuto cuanto había conseguido trabajando más
de un año y de no verse de nuevo en guerra con
los poderes constituidos y con toda la población
que respetaba y obedecía á dichos poderes.
Juanita no dijo que sí: no aceptó lo del monjío,
pero no dijo que no; pronunció frases vagas ó se
calló y bajó la cabeza.
Tomando doña Inés para regla de interpretación
el refrán de quien calla otorga j dio por sentado que
Juanita estaba decidida á entrar en un convento,
y ya, en su fantasía entusiasta, se la representaba
santa, cuya vida se intercalaría en las ediciones
futuras del Año Cristiano. Doña Inés dio parte de
este triunfo al padre Anselmo, quien se llenó de
piadoso júbilo y aun se sintió lisonjeado al prever
que él figuraría en la vida de la nueva santa como
el instrumento de que se valía el cielo para conver-
tirla y glorificarla.
I
XXV
POB dicha DO se apresuraba doña Inés para qne
el plan del monjío de. Juanita se realizase, y
así le daba tiempo de apercibirse á la rebelión con
fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo
de sus intereses y proyectos. Si bien doña Inés
sentía y confesaba que iba á hacer un inmenso
sacrificio al desprenderse de Juanita, única mnjer
que la comprendía en el mundo y que podía ser su
compañera, en manera alguna quería prescindir de
este sacriñcio que le daría honra entre los mortales,
y que Dios le tendría en cuenta para pagársele en
el cielo. Persistía, pues, con firmeza en su plan,
pero le retardaba, y mientras le retardaba le iba
completando en sus pormenores, consultándolo todo
con el padre Anselmo. J ^
Decidió doña Inés pagar ella el dote de Juanita.
Sobre lo que vacilaba aún era sobre el convento en
i86 JUANITA LA LARGA
que debía ponerla. Después de haber desechado
muchos, pensó en uno que hay en Écija, con cuya
abadesa se carteaba, porque era alli donde se hacían
los célebres bizcochos de yema imitados por Juana
la Larga. Afirmaba doña Inés que toda persona
que tenía buen paladar reconocía al punto la imi-
tación de Juana, porque carecía del quid divinum
que hay en los legítimos, prestándoles tan soberano
sabor, que, si con grosero y material supuesto
pudiésemos imaginar que los querubines, cuando
bajan á la tierra con algún mensaje de arriba,
tienen el capricho ó se allanan á comer algo, sin
duda que no comerían otra cosa que los tales
bizcochos de yema hechos por las mencionadas
monjas.
A despecho de tan importantes motivos, no sabe-
mos por qué doña Inés desistió de que Juanita
fuera al convento de Ecija y hubo de fijarse al fin
en las Comendadoras de Santiago, en Granada,
donde, si no se hacen aquellos peregrinos é inimi-
tables bizcochos, se hacen los mejores almíbares
de toda Andalucía.
Mientras trazaba y preparaba doña Inés todo
esto en favor de Juanita, de quien se había decla-
rado protectora y directora, su cariño hacia la
protegida y la discípula iba creciendo más y más,
dando de sí raras muestras y combinándose en él
lo sagrado y lo profano.
Un día estuvo doña Inés tan sentimental, que
deshizo el peinado de Juanita, admiró su abun-
dante, undosa y suave mata de pelo, la besó varias
veces, calificó de horrible desacato el que las manos
JUANITA LA LARGA 187
rudas é impuras de un campesino lograsen tocarla
y enredar los dedos en ella, y se la figuró ya como
cortada al pie del altar el día en que Juanita profe-
sase, rogándole que para entonces se la legase á
ella porque ella la conservaría como reliquia del
más subido precio.
Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición
de doña Inés, y, casi con lágrimas de gratitud en
los ojos, prometió á doña Inés que la mata de pelo
sería suya cuando ella se la cortase.
Merced á tantas entrevistas y confidencias de
las dos amigas, Juanita estaba casi todas las tardes
en casa de doña Inés, no yéndose de su lado ó de
su casa hasta pasada la hora en que solían venir
los señores de la tertulia.
Algunos de éstos veían á Juanita en la antesala,
y como allí estaba ella ein cubrirse la cabeza y sin
ocultar y dar sombra á la cara con el mantón muy
echado hacia adelante según el recato y el beaterío
lo exigen, Juanita, sin poderlo evitar, no les parecía
saco de paja y á ^menudo la miraban poi; estilo
pecaminoso.
Quien más se adelantó en esto fué el propio amo
de la casa, el señor don Alvaro Eoldán, que era muy
tentado de la risa. En varías ocasiones, hallando á
Juanita sola, la requebró con más fervor que chiste
y finura, y Juanita, que veía en aquel caballero
sujeto á propósito para descargar su mal humor, le
respondía siempre con feroz desabrimiento ó con
sangríenta burla. Y como don Alvaro ni por esas
se desengañase y se atreviese un día á dar á la
muchacha una palmadita en la cara, ella le dijo
i88 JUANITA LA LARGA
mirándole de arriba abajo con desprecio y enojo:
— Las manos quietas, señor don Alvaro. Contén-
tese usted con tocar el violón, y á mí no me toque.
¡Pues no faltaba más! ¿Será menester que me queje
yo á doña Inés de la insolencia de usted? ¿Para que
una mocita decente esté tranquila en esta casa
necesitará la señora atar á usted con una cadena
al lado del mono?
Don Alvaro, que era tímido, blandengue, y ave-
zado á la servidumbre, receló que Juanita armase
un alboroto, le cobró miedo y desistió de su amo-
rosa empresa.
Había al mismo tiempo, ya se entiende que en
otras ocasiones y apartes, otro personaje más
emprendedor y menos asustadizo. Fué éste el
propio y respetado cacique de Villalegre: el exce-
lentísimo señor don Andrés Eubio.
También don Andrés, que no faltaba nunca á la
tertulia, encontró no pocas veces á Juanita, ya en
la antesala, ya en los corredores, ya en la escalera,
ya en el zaguán cuando ella se ij^a.
Don Andrés había admirado mucho á Juanita el
día en que ella se mostró imprudentemente tan
engalanada en la iglesia, y había conservado de ella
muy buena impresión. No la defendió en la tertulia
por no contradecir á doña Inés y por no censurar
indirectamente la excesiva severidad del padre
Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero, allá en
su interior, no vio nunca malicia en lo que Juanita
había hecho, y se limitó á calificarlo de inoportuna
ligereza, de que la madre era más culpada que la
hija. De poco ó de nada tenía Juanita que arre-
JUANITA LA LARGA igi
pentirse, de suerte que don Andrés no creyó eiíN^a
arrepentimiento. Menos creyó aún en su milagrosa,
conversión y en su deseo de ser monja.
Don Andrés conocía el carácter de doña Inés y
daba por evidente que doña Inés, así como en un
principio había hecho víctima á Juanita de su
enojo, imaginándosela, aunque en ciernes, una
desaforada pecadora, después, trocado el enojo en
estimación, admiración y cariño, se proponía, con
el mejor intento y por su manía de gobernarlo y
de arreglarlo todo, hacer víctima á Juanita, empu-
jándola á la santidad por un camino que ella no
tenía gana de seguir.
Así predispuesto, don Andrés empezó por mirar
á Juanita con cierta benigna curiosidad cuando
casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba sola.
Después, sin reflexionar en lo que hacía, don An-
drés, y quien sabe si la muchacha misma, ya que
hasta la más inocente suele dejarse guiar por endia-
blados instintos, prestaron auxilio á la casualidad
y la convirtieron en providencia, hallándose casi
todos los días y pasando tan cerca él de ella, que
casi tropezaban ó se tocaban.
Era natural que Juanita no se escondiese ni
huyese, porque ni ella era medrosa, ni don Andrés
era el bú ni una fiera.
Don Andrés era un caballero muy bien educado,
pulcro y finísimo, soltero, que no había cumplido
aún cuarenta años y verdadero amo y señor de
Villalegre, donde hacía ya ocho que reinaba con lo
que podemos cahficar de despotismo ilustrado.
No me incumbe aprobar ni reprobar aquí el des-
*^ / JUANITA LA LARGA
^^smo, aunque sea con ilustración, ni mostrarme
^partidario ó adversario del cacicazgo. Yo tomo y
/ empleo el vocablo en cierta acepción como general-
/ mente se emplea, aunque siento que contenga
/T^ implícita una injuria para las poblaciones en que
hay cacique, porque es suponerlas salvajes y no
quiero calificar de tales á los de Villalegre. Desecho,
pues, la suposición implícita y acepto y empleo los
vocablos de cacique y cacicazgo como los más usados
y adecuados para expresar la condición de don
Andrés y el poder que en Villalegre ejercía. Él había
heredado este poder de su padre y luego le había
mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la
actividad y variadas aptitudes de don Paco y aun
por los consejos é inspiraciones de doña Inés, quien,
según se decía, ya con malicia, ya con sencillo
aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa.
El, antes de retirarse al lugar después de la
muerte de su padre para cuidar de la hacienda y
hacer vida de labriego, desengañado y harto del
estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas
vanas, había pasado mucho tiempo en Madrid, en
cuya Universidad había hecho sus estudios, y hasta
había viajado algo por Francia, Italia é Inglaterra.
Era, por lo tanto, don Andrés un cacique archi-
culto y como hay pocos. Y conviniendo yo en esto,
con mi entusiasta amigo el diputado novel, afirmo
que, si todos los caciques fueran como don Andrés,
sería gran ventura que cada pueblo tuviese su
cacique: todo en cada pueblo estaría bien aseado y
mejor cuidado; daría gusto andar por sus paseos y
por sus caminos, el maestro de escuela no se mo-
^
1
JUANITA LA LARGA igi
riría de hambre, y se gozarla de tan ordenada
libertad que el boticario podría ser impunemente,
como D. Policarpo, brujo y ateo, sin que por eso
se suprimiesen ni dejasen dé ser celebradas con
devoción, entusiasmo y regocijo, hasta las más
candorosas procesiones, aunque hubiese en ellas
judíos, soldados romanos, Longinos con lanza y laza-
rillo, después de quedarse ciego, paso de Abraham
y apóstoles y profetas.
Todas estas tradicionales, artísticas y pintorescas
manifestaciones de la piedad religiosa encantaban
más á don Andrés que al más sencillo y devoto de
todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto
no se suprimia. nada, sino que se aumentaba y se
mejoraba bastante.
Tal era el cacique don Andrés Eubio, inclinado
á admirar todo lo bello y candoroso. ¿Cómo, pues,
no había de admirar también á Juanita, dejándose
llevar de su irreflexiva admiración á modo de quien
se desliza y cae sin sentir por un suave declive?
i.
XXVI
ERA ya á mediados del mes de Enero, y hacía
todo el frío que puede hacer en aquel clima
tan benigno.
La tertulia de doña Inés estaba más animada y
concurrida que nunca, sobre todo los jueves, días
de gran recepción. En la sala había una hermosa
chimenea de campana, sobre la cual, así como en
la puerta de la casa, relucía el escudo de armas de
la familia. En el hogar saliente, y no empotrado en
la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban
grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos
y la leña de encina y de olivo.
Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca
faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo.
De diario eran tertulianos constantes el padre
Anselmo y don Andrés. Y lo era asimismo el médico,
ya bastante viejo y chapado á la antigua, hombre
de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que
solía hacer el cuarto en la mesa cuando doña Inés
13
194 yUANITA LA LARGA
jugaba. A fin de tener esta satisfacción honrosa, y
tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba
á diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siem-
pre, se violentaba el médico hasta el extremo de
afeitarse un día sí y otro no, y de dejar en la antesala
la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre
los hombros, cuando no embozado y con el sombrero
encasquetado hasta las cejas, según solía entrar en
las demás casas donde iba de visita. ¡Tan profundo
era el respeto que la de doña Inés le inspiraba!
Los jueves la concurrencia era mucho mayor y
solía haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venían
el alcalde, cuatro ó cinco de los mayores contribu-
yentes, y el tendero murciano don Bamón, que era
la persona más acaudalada del lugar después de
don Andrés. Venían, por último, don Pascual el
maestro de escuela y don Policarpo el boticario.
Doña Inés había mostrado cierta repugnancia á
que el boticario viniese, pero don Andrés había
conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al
boticario la cartilla para que no se desmandase ni
dejase escapar alguna barbaridad impía ó librepen-
sadora. Don Andrés le dijo que él respetaba como
nadie la libertad de conciencia y de enseñanza,
pero que, si quería gozar de la tertulia de los
señores de Boldán, debía ser como los catedráticos
pagados por el gobierno, que, si son prudentes y
juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor
ocasión, y en la cátedra, que es su tertulia de doña
Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada
que ofenda las creencias de quien los paga ó de
quien los recibe.
jfüANITA LA LARGA 193
El boticíirio, que tenía mucha gana de ir ¿ la
tertulia, aceptó las condicioneB, y siempre que faé,
se dejó el librepensamiento en su casa, aunque no
pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y
taumatúrgica uña.
Durante mucho tiempo fué doña Inés la única
señora que en la tertulia había. Parecía aquello un
club de caballeros con una señora presidenta.
Hacia poco tiem-
po, no obstante, que
se habla introducido
una sorprendente
novedad.
A la tertulia de
los jueves primero,
y más tarde á laa de
diario, asistía otra
señora. Era ésta la ^
noble viuda doña ^.^
Agustina Solis y
Montes de Allende
el Agua, matrona de treinta y pico de años, aun-
que lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y
mejor parecer y con veintiocho ó treinta mil reales
de renta, sobre poco más ó menos.
No era menester ser un lince para comprender
que doña Inés, cuando consentía que hubiese otra
dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era
porque había decidido y decretado casarla con su
padre don Paco.
Doña Agustina estaba tan satisfecha de aquella
inusitada distinción y tan agradecida y sumisa á
jgS JUANITA LA LARGA
doña Inés, que sin dificultad recibirla en su corazón^
como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la.
imagen y el afecto de la persona que doña Inés
quisiese grabar en él. Y era tanto más fácil este
grabado cuanto que don Paco, no sólo estaba muy
de recibo, sino que tenia hermosa presencia y la
merecida reputación de ser el hombre más entendido
y discreto de Villalegre. Además, doña Agustina (y
doña Inés lo sabía de buena tinta) estaba harta de
viudez y de tener el corazón vacío ó como tabla,
rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de que en él
se grabase.
Tal vez para buscarlo se componía y se atildaba,
con esmero y hasta había ido á • varias ferias y
romerías en otras poblaciones; pero todo había sido
en balde y no había hallado hasta entonces sujeto-
que le petara.
Doña Inés esperaba con fundamento que le peta-
ría don Paco. Y como necesitaba para esto que don
Paco la viese, hablase con ella y estuviese muy fino,,
doña Inés, que antes de concebir este proyecto de
boda no se empeñaba mucho en que viniese su
padre á la tertulia, le excitaba ahora y casi le
mandaba, con el desenfado imperatorio tan propia
de ella, que no dejase de venir ninguna noche.
Don Paco obedecía y venía, de suerte que de
diario Juanita le veía entrar, cuando ella estaba en
la antesala, si bien don Paco, desdeñado y despedido^
no se detenía á hablar con ella y pasaba de largo,,
limitándose á decir buenas noches.
Juanita contestaba al saludo con fingida indife-
rencia, pero á hurtadillas miraba á su antiguo-
JUANITA LA LARGA 197
pretendiente, y cada vez que le miraba le encontra-
ba mejor. El tinte de melancolía que se mostraba
«n su semblante le hacia parecer más digno y más
hermoso. Juanita imaginaba, ufanándose, que el
íimor de él, aunque mal pagado, había ennoblecido
y hermoseado su alma y sus facciones, desterrando
de ellas aquella vulgar expresión que solían tener
antes, cuando él, exento de amor sublime y poco
venturoso, lucía su ingenio diciendo chuscadas á
menudo chocarreras.
Así, y no muy poco á poco sino de priesa, reco-
noció Juanita que el aprecio y la amistad que
«iempre le había inspirado don Paco se convertían
en amor, y que el amor aumentaba á pesar de tener
más de medio siglo su objeto.
Influía muchísimo en este aumento el recelo que
Juanita tenía de perder á su desdeñado adorador,
de que éste acabase por sanar de su pasión desgra-
ciada y de que al fin cediese á las insinuaciones ó
casi mandatos de su hija.
Dice un precepto vulgar: lo que no quieras comer,
déjalo cocer; pero apensi-s hay hembra que cumpla
con tal precepto cuando se aplica á cosa de amores.
Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera
amado ya á don Paco. La consolaba y la hechizaba
el tener aquella víctima constante y ver arder aquel
corazón, cual perpetuo holocausto, en aras de su
hermosura. Aun cuando ella no hubiese aceptado
el sacrificio, se hubiese afligido mucho de que
viniese doña Agustina y le robase el corazón sacri-
ficado. Mayor era aún la aflicción de Juanita al
notar que el sacrificio de don Paco le era cada día
198 JUANITA LA LARGA
más agradable. Tentaciones tenía á menudo de
detener á don Paco cuando pasaba por la antesala,
de decirle que se arrepentía de haberle escrito la
carta despidiéndole y de encomendarle que no
entregase á doña Agustina el corazón, porque ella
le quería para sí y le cuidaría con más regalo y
mimo que ninguna otra mujer de la tierra.
Cuando Juanita veía pasar por la antesala á doña
Agustina, que iba muy pomposa á la tertulia, la
sangre del valiente oficial de caballería que circulaba
en sus venas se alborotaba toda y necesitaba ella
del dominio que tenía sobre sí para contener sus
ímpetus y no arañar á doña Agustina. Otras veces,
recordando ciertas mañas, usos y costumbres que
había tenido en su venturosa y libre niñez, sentía
el prurito de agarrar á aquella señora, y según solía
hacer in tilo tcmpore con otras niñas de su edad y
aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena
mano de azotes.
Pero si Juanita era brava, también era discretí-
sima: y firme en sus propósitos de ser prudente, se
refrenaba y se vencía. Por coincidencia, y aunque
ella no hubiese leído el soneto de Lope, concebía
imágenes pastoriles y acaso se figuraba á doña
Agustina como á una mayorala ó rahadana que
llevaba ya en pos de sí, atado con un cordón, el
manso que ella, la zagala Juanita, había cuidado
con esmero, dándole de su sal á puñados. Y enton-
ces se le antojaba decir á doña Agustina: suelta el
manso, que es mío; déjale en libertad, y verás como
viene á mí:
«Que aún tienen sal las manos de su dueño.»
JUANITA LA LARGA 199
Sin embargo, Juanita se limitaba á cavilar y á
recelar, permaneciendo inactiva. Todo lo que enton-
ces hubiese hecho en contradicción con los dos
proyectos de doña Inés del casamiento de su padre
y del monjío de ella, hubiera sido la más audaz
rebelión contra la tiranía de la reina absoluta de
Villalegre, y á don Paco y á ella los hubiera puesto
en peligro de tener que emigrar, como Adán y Eva,
expulsados del Paraíso.
Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por
más que le doliese el recelo de que doña Agustina
le quitase á don Paco, no quería, llamándole á si,
acudir al punto á evitarlo y quedarse con la duda
de que él, no llamado, hubiese podido ceder y
entregarse á otro dueño.
COMO en el lugar en-
tendía todo el mundo
que cualquier decreto de
doña Inés infaliblemente
había de cumplirse, y
como se divulgó que es-
taba decretado el casa-
miento de don paco y de
doña Agustina, apenas
quedó persona que no lo
diese ya por cosa hecha.
No sé encarecer cuan
fieramente solevantaba
esto y enojaba á Juanita.
Todavía, sin embargo,
disculpaba & don Paco recordando que ella le habla
despedido y que él no tenía que guardarle fidelidad.
Pensaba en que él observaba quizás un prudente
disimulo parecido al que ella observaba; y de esta
XXVII
CiiMo eD el lagar en-
teDdIa todo el mando
que cualquier decreto d*-
doñ% Inés inf&liblemeDt*-
hat'ía de campline. r
coinii se divulgó qae e»-
tabí k-cretado el cass-
lui.iui) de don Fmo y d*-
(]'>ñit Agnstina, apenas
qiit'iiú persona qae no 1<>
>lt<.»' ya por cosa hecha.
Ni. sé encarecer coin
ij-.Minente solevantaba
1^1' ^ enojaba i Jnaníta.
!atia, sin embar^.
ki qne ella le habfa
guardarle fidelidad.
juizás on pmdentf
iisenraba; v de esta
T. .
I
XXVI
EEA ya á mediados del mes de Enero, y hacía
todo el frío que puede hacer en aquel clima
tan benigno.
La tertulia de doña Inés estaba más animada y
concurrida que nunca, sobre todo los jueves, días
de gran recepción. En la sala había una hermosa
chimenea de campana, sobre la cual, así como en
la puerta de la casa, relucía el escudo de armas de
la familia. En el hogar saliente, y no empotrado en
la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban
grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos
y la leña de encina y de olivo.
Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca
faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo.
De diario eran tertulianos constantes el padre
Anselmo y don Andrés. Y lo era asimismo el médico,
ya bastante viejo y chapado á la antigua, hombre
de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que
solía hacer el cuarto en la mesa cuando doña Inés
13
194 JUANITA LA LARGA
jugaba. A fin de tener esta satisfacción honrosa, y
tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba
á diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siem-
pre, se violentaba el médico hasta el extremo de
afeitarse un día sí y otro no, y de dejar en la antesala
la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre
los hombros, cuando no embozado y con el sombrero
encasquetado hasta las cejas, según solía entrar en
las demás casas donde iba de visita. ¡Tan profundo
era el respeto que la de doña Inés le inspiraba!
Los jueves la concurrencia era mucho mayor y
solía haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venían
el alcalde, cuatro ó cinco de los mayores contribu-
yentes, y el tendero murciano don Eamón, que era
la persona más acaudalada del lugar después de
don Andrés. Venían, por último, don Pascual el
maestro de escuela y don Policarpo el boticario.
Doña Inés había mostrado cierta repugnancia á
que el boticario viniese, pero don Andrés había
conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al
boticario la cartilla para que no se desmandase ni
dejase escapar alguna barbaridad impía ó librepen-
sadora. Don Andrés le dijo que él respetaba como
nadie la libertad de conciencia y de enseñanza,
pero que, si quería gozar de la tertulia de los
señores de Eoldán, debía ser como los catedráticos
pagados por el gobierno, que, si son prudentes y
juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor
ocasión, y en la cátedra, que es su tertulia de doña
Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada
que ofenda las creencias de quien los paga ó de
quien los recibe.
JUANITA LA LAUCA 193
El boticario, qtie tenia mocha gana de ir á la
tertulia, aceptó las condiciones, y siempre qae faé,
se dejó el librepensamiento en sa casa, aunqae no
pudo dejarse ni quiso cortarse sa endiablada y
taumatúrgica uña.
Durante mucho tiempo fué doña Inés la única
señora que en la tertuha había. Parecía aquello un
club de caballeros con una señora presidenta.
Hacia poco tiem-
po, no obstante, que
se habla introducido
una sorprendente
novedad.
A la tertulia de
los jueves primero,
y m¿s tarde á las de
diario, asistfa otra
señora. Era ésta la
noble viuda doña
Agustina Solls y
Montes de Allende
el Agua, matrona de treinta y pico de años, aun-
que lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y
mejor parecer y con veintiocho ó treinta mil reales
de renta, sobre poco más ó menos.
No era menester ser un lince para comprender
que doña Inés, cuando consentía que hubiese otra
dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era
porque habla decidido y decretado casarla con su
padre don Paco.
Doña Agustina estaba tan satisfecha de aquella
inusitada distinción y tan agradecida y sumisa á
^P=^
ao8 JUANITA LA LARGA
ebrio, y faltó poco para que cayese por tierra. Poco
antes habla entrado don Paco en la antesala , de
snerte que, si vio el empujón, vio también los besos
que le habían motivado.
¿Qué había de hacer don Paco? Hizo como si
nada hubiera visto. Y él y don Andrés entraron en
la tertulia según costumbre.
XXVIII
AL día siguiente ocurrió en Villalegre un caso
que sorprendió y dio mucho que hablar.
Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde,
ni por la escribanía, ni por parte alguna pareció
don Paco, que de diario acudía á todas para des-
empeñar sus varias funciones. Fueron á casa de
él y tampoco le hallaron allí. El alguacil y su mu-
jer, que le servían y cuidaban, no sabían cómo ni
cuándo se había ido y no daban razón de su pa-
radero.
Pasó todo el día sin que don Paco volviese y sin
que se averiguase dónde estaba, y creció el asombro.
Nadie acertaba á explicar la causa de aquella
desaparición.
Mucho tiempo hacía que por aquella comarca,
merced al bienestar y prosperidad que reinaban y
á la benemérita Guardia civil, no se hablaba de
bandidos y secuestradores.
¿Dónde, pues, estaba metido don Paco?
14
210 JUANITA LA LARGA
La gente se lo preguntaba y no se daba contes-
tación satisfactoria.
Los amigos, y singularmente don Andrés Eubio,
se mostraban inquietos. Sólo no se alteraba doña
Inés. Su carácter estoico y su resignada y cristiana
conformidad con la voluntad del Altísimo conser-
vaban casi siempre inalterable la tranquilidad de
su alma. Doña Inés, además, no veía nada alar-
mante en el suceso, y á ella misma y á sus amigos
don Andrés y el padre Anselmo se le explicaba del
modo más natural. Suponía y decía con sigilo que
su señor padre, aunque estaba sano y bueno y tenía
más facha de mozo que de anciano, había empezado
á envejecer, claudicar y flaquear por el meollo;
culpa quizás de lo mucho que con él trabajaba y
estudiaba. Ello era que, según doña Inés, su padre,
desde hacía tiempo, daba frecuentes aunque ligeros
indicios de extravagancia, y de chochez, prematura.
Tal era la causa que hallaba doña Inés para la
desaparición de don Paco. Y afirmando que, sin
más razón que su capricho, se había ido paseando
y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos cerros,
pronosticaba que cuando se cansase de vagar vol-
vería á la población como si tal cosa.
Ni en toda aquella noche, ni durante el día
inmediato se cumplió, sin embargo, el pronóstico
de doña Inés.
Cuando volvió Juanita á su casa entre nue-
ve y diez de la noche, don Paco aún no había
parecido.
Juanita, que no era estoica ni tan buena cris-
tiana como doña Inés, estaba angustiadísima y
JUANITA LA LAUCA aii
llena de inquietud y de zozobra, por mis que haetft
entonces lo habla disimulado.
Cuando se vio á solas con su madre, no pudo
contenerse más y le abrió el corazón buscando
consuelo.
^Don Paco no ha parecido^le dijo. — Mi cora-
zón presiente mil desventaras.
f ' f JajcIía
— No te atormentes — -contestó la madre — -don
Paco parecerá. ,^,Qué puede haberle sucedido?
— ¿Qué se yo? Nada te he dicho, mamá: hasta
hoy me lo he callado todo. Ahora necesito des-
ahogarme y voy á confesártelo. Soy una mujer
miserable, indigna, necia. Pude tenerle por mió y
Je desdeñé. Ya que le pierdo, y quizás para siem-
pre, conozco cuánto vale, y le amo: perdidamente
le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza,
amándole le he faltado: he atravesado su corazón
con el puñal venenoso de los celos. Yo tengo la
212 JUANITA LA LARGA
culpa y don Andrés está disculpado. Yo le atraje^
yo le provoqué, yo le trastorné el juicio, y si me
faltó al respeto, hizo lo que yo merecía.
— Niña, no comprendo bien lo que dices. O e&
que no estoy en autos, ó es que tú disparatas.
— ^No disparato ahora, pero he disparatado antes.
Repito que he provocado á don Andrés para ven*
garme de doña Inés y para dar picón á don Paco.
Yo estaba celosa. Temí que él se rindiese á doña
Agustina. No comprendí cuanto me quería él. Ahora,
lo comprendo. Y ve tú ahí lo que son las mujeres:
me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y
esta creencia es al mismo tiempo causa de mi pena
y del remordimiento que me destroza el alma. Nada,
sé de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo.
Sin duda él me espiaba, y en la obscuridad de las-
calles me vio y me reconoció, ó me oyó charlar y
reir con don Andrés, que me acompañó variaa
noches. Y él, lleno de sospechas y apesadumbrado
de creerme Uviana, siguió espiándome, y anteano-
che, en la misma antesala de doña Inés, me sor-
prendió cuando don Andrés me abrazaba y me
cubría de besos la cara y hasta la boca. Yo le
rechacé con furia; pero don Paco pudo suponer y
de seguro supuso que mi furia era fingida porque
él había entrado y porque yo le había visto y trataba
de aparentar inocencia. ¿Sabes tú lo que yo temo?
Pues temo que don Paco, juzgando una perdida á
la mujer que era objeto de su adoración, se ha ido
desesperado, sabe Dios dónde.
— ^De todo eso tiene la culpa — interpuso Juana —
esa perra de doña Inés: esa degollante, que no
JUANITA LA LARGA • 2x3
pagaría sino quemada viva ó frita en aceite.
— Te aseguro, mamá, que no sé cómo la aguanto
aún; pero si esto no para en bien y ocurre algún
estropicio, quién la va á quemar y á freir soy yo
•con estas manos. No; no soy manca todavía. La
•desollaré, la mataré, la descuartizaré. No creas tú
•que va á quedante riendo.
Juana, al ver tan exaltada á su hija, temió la
posibilidad de un delito, y exclamó como persona
precavida y juiciosa:
— Prudencia, niña, prudencia; no te aconsejaré
yo que la perdones. Bueno es ganar el cielo, pero
gánale por otro medio y no con el perdón de quien
te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre
mil caminos para llegar á él. Toma, pues, otro, y
no sigas el de la mansedumbre. Conviene hacerse
respetar y temer. Conviene que sepan quién eres.
Lo que yo te aconsejo es que tengas mucjio cuidado
con lo que haces, porque si tú castigas á doña Inés
sin precaución, la justicia te empapelaría, como un
ochavo de especias, y hasta te podría meter en la
cárcel ó enviarte á presidio.
— ^No pretendas asustarme. Si ocurre una des-
gracia, yo no me paro en pelillos: la pincho como
á una rata, la araño y le retuerzo el pescuezo. Lo
haría yo en un arrebato de locura y no sería res-
ponsable.
— ^No lo serías— replicó Juana; — pero te tendrían
por loca y te encerrarían en el vmnoscomio, mono-
momio ó como se llame, y yo me moriría de pena
de verte allí.
— ¿Pues qué he de hacer, mamá, para castigar
214 JUANITA LA LARGA
I
bien á doña Inés sin que tú te muefas de pena?
— Lo que debes hacer, ya que tienes con ella
tanta satisfacción y trato íntimo, (k cpgerla sin
testigos y entre cuatro paredes; darte allí tus que-
jas, leerle la sentencia y ejecutarla jfen seguida.
— ¿Y qué quieres que ejecute? *
— Acuérdate de tu destreza de cuando niña, de
cuando con la cólera hervía ya en tus venas la.
sangre belicosa de tu heroico padre; agarra á doña^
Inéd, descorre el telón y ármale tal solfeo en el
nobilísimo traspontín, que se le pongas como un
nobilísimo tomate. Ya verás cómo lo sufre, se calla
y no acude á los tribunales. Una señorona de tantos
dengues y de tantos pelendengues no ha de tener
la sinvergüencería de enseñar el cuerpo del delito
al jurado ni á los oidores.
Al oir los sabios consejos de su mamá, Juanita
mitigó su cólera, y á pesar del dolor que tenía no
pudo menos de reírse, figurándose á doña Inés con
toda su majestad y entono, azotada é inulta. Luego
dijo:
— Aun sin propasarme hasta el extremo de la
azotaina, y aun sin cometer ningún crimen, he de
castigarla, valiéndome de la lengua, que ha de
lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho.
Ha de lanzar mi lengua más rayos de fuego que la
uña del boticario. Cada una de las palabras que yo
le diga ha de ser como uña ponzoñosa de alacrán
que le desgarre y envenene las entrañas.
La iracunda exaltación de Juanita no podía sos-
tenerse y se trocó pronto en abatimiento y descon-
suelo.
JUANITA LA LARGA 215
— ¡Ay, Dios mío! — exclamó. — ¡Ay, María Santí-
sima de mi alma! ¿Qué va á ser de mí si hace él
alguna tontería muy gorda: se tira por un tajo ó se
mete fraile? Entonces sí que tendré yo que meterme
monja. Pero yo no quiero meterme monja. Yo no
quiero cortarme el pelo y regalárselo á doña Inés.
Un esportón de basura será lo que yo le regale.
Y diciendo esto, rompió Juanita en el más deses-
perado llanto. Abundantes lágrimas brotaban de
sus ojos y corrían por su hermosa cara; parecía que
iban á ahogarla los sollozos, y se echó por el suelo
cubriéndose el rostro con ambas manos y exhalando
profundos gemidos.
La madre, que estaba acostumbrada á los furores
de Juanita, no había tenido muy dolorosa inquietud
al verla furiosa; pero como Juanita era muy dura
para llorar, y como su madre no la había visto ver-
ter una sola lágrima desde que ella tomaba, cuando
niña, alguna que otra perrera, su llanto de entonces
conmovió y afligió sobremanera á Juana.
— ^No llores — ^le dijo. — ^Dios hará que parezca don
Paco, y ni él será fraile ni tú serás monja, como no
entréis en el mismo convento y celda.
En suma, Juana, llorando ella también á pesar
suyo, hizo prodigiosos esfuerzos para calmar á su
hija, levantarla del suelo y llevarla á que se acostase
en su cama. Al fin lo consiguió, la besó con mucho
cariño en la frente, y dejándola bien arropada y
acurrucada, se salió de la alcoba diciendo: Amane-
cerá Dios y medraremos.
XXIX
No quiero tener por más tiempo suspenso y
sobresaltado al lector y en incertidumbre
sobre la suerte de don Paco.
Nuestro héroe, en efecto, había tenido el más
cruel desengaño al ver primero á Juanita, acompa-
ñada por don Andrés, atravesar á oscuras las calles,
charlando y riendo, y después al presenciar la última
parte del coloquio de la antesala y el animadísimo
fin que tuvo en los abrazos y en los besos.
No quería conceder en su espíritu que Juanita
fuese una pirujilla, y no obstante tenía que dar
crédito á sus ojos.
Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda
aquella noche en la tertulia de su hija. Jugó al tre-
sillo, para no tener que hablar, hizo malas jugadas
y hasta renuncios, por lo embargado que le traían
sus melancólicas cavilaciones; apenas jugó una vez
sin hacer puesta ó recibir codillo y perdió quinien-
tos tantos, equivalentes á cincuenta reales.
\
2i8 JUANITA LA LARGA
De mal humor, se volvió á su casa antes de que
nadie se fuese.
En balde procuró dormir. No pudo en toda la
noche pegar los ojos. Los más negros pensamientos
caían sobre su alma como se abate sobre un cadáver
famélica bandada de grajos y á picotazos le destro-
zan y le comen.
Por lo mismo que él, durante toda la vida, había
sido tan formal, tan sereno y tan poco apasionado,
extrañaba y deploraba ahora el verse presa de una
pasión vehemente y sin ventura. Se enfurecía, y
discurriéndolo bien no hallaba á nadie contra quien
descargar su furor con algún fundamento. Juanita
le había despedido: no era ni su mujer, ni su querida,
ni su novia. Bien podía hacer de su capa un sayo
sin ofenderle. Y menos le ofendía aún don Andrés,
el cual sospecharía acaso que él había tenido, hacía
más de un año, relaciones con la muchacha; pero
en aquel momento le creía, según los informes que
le daba doña Inés, decidido pretendiente y casi
futuro esposo de la fresca viuda doña Agustina
Solis y Montes de Allende el Agua.
Don Paco se consideraba obligado á echar la
absolución á Juanita y á don Andrés. Y sin embargo,
contra toda razón y contra toda justicia, sentía el
prurito de buscar á Juanita, ponerla como hoja de
perejil y darle una soba, ó bien de armar disputa á
su valedor y protector el cacique y con un pretexto
cualquiera romperle la crisma.
Todo esto, según la pasión se lo iba sugiriendo y
según iba pasando y volviendo á pasar por su cere-
bro como un tropel de diablos que giran en danza
JUANITA LA LARGA íig
frenética, no consentía que lograse un instante de
reposo. En vez de dormir se revolcaba en la cama,
y sus nervios excitados le hacían dar brincos.
A pesar de todo se encontraba más cómico que
trágico, y se echaba á reir, aunque con la risa que
apellidan sardónica, no por una hierba, sino porque
(según hemos oído contar) entre los antiguos sardos
se reian asi los que
eran atormentados y
quemados de feroz
y sardesca manera
en honor de los
ídolos.
Juanita era el
' ídolo ante el cual el
amor y los celos,
sacerdotes y minis-
i del altar de ella, ator-
mentaban y quemaban á
¡on Paco.
Coion ihi podía sufrirse pensó
" L-(iii !iis!>iLncia en matarse, y lue-
go BUS doctrinas y sus sentimien-
tos religiosos y morales acudían á impedirlo. Y no
bien lo impedían, don Paco se burlaba de al mismo
y se despreciaba, presumiendo que lo que llamaba
él religión y moral fuese cobardía acaso.
Después de aquel tempestuoso insomnio, que
convirtió en siglos las horas, don Paco se levantó
del lecho y se vistió antes de que llegase la del alba.
Abrió la ventana de su cuarto y vio amanecer.
Jja frescura del aire matutino entibió, á su
220 JUANITA LA LARGA
parecer, aquella á modo de fiebre que en sus venas
ardía. Y como no se hallaba bien en tan estrecho
recinto, y anhelaba ancho espacio por donde correr,
horizonte por donde tender la mirada, y para
techumbre toda la bóveda del cielo, determinó salir,
no sólo de la casa, sino también de la población, é
irse sin rumbo ni propósito, á la ventura, pero
lejos de los hombres y por los sitios más esquivos
y solitarios.
Se fué sin que despertasen ni le viesen el alguacil
y su mujer.
Tuvo, no obstante, serenidad y calma relativa.
No huyó como un loco, y tomó su sombrero y su
bastón, ó más bien el garrote que de bastón le
servía.
Además, como se preparaba para larga peregri-
nación, aunque sin saber adonde, y como á pesar
de que pensaba á menudo en el suicidio, no pensó
en que fuese por hambre, ya que en medio de sus
mayores pesares y quebrantos nunca había perdido
el apetito, tomó sus alforjas, colocó en ellas alguna
ropa blanca y los víveres que pudo hallar, se las
echó al hombro y se puso en camino, á paso redo-
blado, casi corriendo, como si enemigos invisibles
le persiguieran.
Pronto recorrió algunas sendas de las que dividen
las huertas que hay en torno de la villa. La prima»
vera, con todas sus galas, mostraba allí entonces
su hermosura y sus atractivos. En el borde de las
acequias, por donde corría con grato murmullo al
lado de la senda el agua fresca y clara, había vio-
letas y mil silvestres y tempranas flores que daban
JUANITA LA LARGA 221
olor delicioso. Los manzanos y otros frutales esta-
ban también en flor. Y la hierba nueva en el suelo
y los tiernos renuevos en los álamos y en otros
árboles lo esmaltaban todo de alegre y brillante
verdura. Los pajarillos cantaban; el sol naciente
doraba ya con vivo resplandor los más altos picos
de los montes y un ligero vientecillo doblegaba la
hierba y agitaba con leve susurro el alto follaje.
Don Paco caminaba tan embebecido en sus
malos y negros pensamientos, que en nada de esto
reparaba.
No tardó en salir de las huertas y en encontrarse
entre olivares y viñedos; pero él huía de los hom-
bres; no quería ver á nadie ni que nadie le viese, y
tomó por las menos frecuentadas veredas, dirigién-
dose hacia la sierra peñascosa, donde la escasez de
capa vegetal no permite el cultivo, donde no hay
gente y donde está pelada la tierra ó sólo cubierta
á trechos de malezas y ásperas jaras, de amarga
retama, de tomillo oloroso y de ruines acebnches^
chaparros y quejigos.
Aunque le fatigó algo su precipitada carrera, don
Paco no se detuvo á reposar, sentándose en una
peña, hasta que dio por seguro que se hallaba en
completa soledad, casi en el yermo, sin que nadie
le viese, le oyese y le perturbase.
Apenas se sentó, se diría que los horribles re-
cuerdos que le habían arrojado de la villa, que
venían persiguiéndole y que se habían quedado
algo atrás, le dieron alcance y empezaron á picarle
y á morderle otra vez. Recordaba con rabia la
dependencia servil con que el interés y la gratitud
aw JUANITA LA LARCA
le tenían ligado al cacique, el yugo antinatural que
le había impuesto bu hija, los desdenes que Juanita
le había prodigado y los favores con que á don
Andrés regalaba. Pensó después en la burla de que
sería objeto por parte de todos sus compatncioa
cuando se enterasen de lo que pasaba en su alma,
y se levantó con precipitación para huir más lejos
y á más esquivos lugares.
Casi corriendo bajó por una cuesta muy pen-
diente y vino á encontrarse, después de media hora
de marcha, en una estrecha cañada que se extendía
entre dos cerros formando declive. Iba saltando por
él un arroyuelo y sonando al chocar en las piedras.
El arroyuelo, al llegar á sitio llano y más hondo,
se dilataba en remanso circundado de espadaña y
deverdes juncos. Algunos alerces y gran abundancia
de mimbrones daban sombra á aquel lugar y le
hermoseaban frondosas adelfas, cubiertas de sus
flores rojas, y no pocos espinos, escaramujos y
rosales silvestres, llenos de blancas y encamadas
mosquetas.
Sitio tan apacible convidaba al reposo, y convi-
daba á beber el agua limpia del remanso, cuya haz
tranquila, rizándose un poco, delataba la fnansa
JUANITA LA LARGA 223
corriente ó que el agua no estaba estancada y sin
renovarse.
El sol, que se había elevado ya sobre el horizonte
y se acercaba al cénit, difundíar mucho calor y luz
sobre la tierra; y don Paco, buscando sombra, vino
á sentarse en un ribazo y se puso á contemplar el
agua antes de bebería.
En medio de su contemplación sintió cierta an-
gustia y escarabajeo en su estómago, porque hacía
cerca de veinte horas que no había comido, había
andado mucho y no había dormido nada. En suma,
fuerza es confesarlo, don Paco tuvo hambre.
Miró á todos lados, como si fuese á cometer un
crimen, muy receloso de que alguien pudiera verle,
y convencido ya de que su soledad no podía ser
mayor, metió la mano en las alforjas, y sacó de allí /
una blanca rosquilla y un bulto envuelto, bien
envuelto en un antiguo número de El ImparciaL
¿Qué había en este envoltorio? El historiador no
debe ocultar nada. En el envoltorio, que desplegó
don Paco, había media docena de hermosos pedazos
de lomo de cerdo, gruesos como el puño, de los que
Juana la Larga había adobado y frito; ^e los que
con el aliño de orégano, pimiento molido, comino y
qué sé yo qué otras especias, ya recalentados en la
propia manteca entre la que se conservan en orzas,
ya extraídos de la manteca y fiambres, seducen á
las criaturas más desesperadas y afligidas y les
dicen ¡comedme!
Don Paco se preparó á obedecer el irresistible
mandato; pero, pensando en aquel mismo instante
en que Juana la Larga, la madre de quien causaba
224 JUANITA LA LARGA
SU tormento, era quien había guisado aquel lomo,
las más tristes memorias se le recrudecieron, y con
una magra entre los dedos, al ir ya á tirar un bo-
cado, se le atragantaron en la garganta los dos tan
sabidos versos de Garcilaso, que dicen:
i Oh dulces prendas por mí mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería !
No quiso Dios, á pesar de todo, que don Paco las
hallase por su mal. Aunque se le saltaron las lágri-
mas, pudo más el apetito. Ganas tuvo también, en
su desesperación, de que las magras se le volviesen
veneno; pero en fin, él se comió dos y también la
rosquilla.
Hubo un momento en que echó de menos el vino
. y deploró no haber traído la bota. Luego se resignó
y bebió agua, bajando la boca hasta la superficie
del remanso.
Por último, como estaba molido de tanto andar,
velar y rabiar, y sentía en lo exterior el calor
del sol y en lo interior el calor del lomo y de la
rosquilla, á pesar de su enorme pesadumbre, fué
vencido por el sueño y se confortó durmiendo pro-
fundamente la siesta, durante la cual sus desven-
turas y sus penas se diría que se habían sumergido
en aquel arroyo como si fuese el Leteo.
CUANDO despertó don Paco de su prolongado
sueño, el sol se ¡Dclinaba ya hacia el Occi-
dente: el día estaba expirando.
Las vacilaciones que habían atormentado á don
Paco volvieron á atormentarle, con mayor fuerza
mientras que más tiempo pasaba.
Su fuga del lugar le parecía, y no sin razón, nue
debía haber sido notada por todos y mirada con
extrañeza. A él, que ejercía tantos o&cios, le ha-
brían echado de menos en muchos puntos.
Se le fíguraba que, como no habla pedido licencia
á nadie, y como su inusitada desaparición carecía
de causa confesada por él, todos sus compatricios
se esforzarían por hallar esta causa y acabarían por
suponerla un acto de desesperación ó de despecho.
226 JUANITA LA LARGA
Nadie dejaría de lamentar su fuga si él no volvía al
lugar; pero si volvía, la compasión se transformaría
inevitablemente en burla y rechifla.
No quedaría un solo sujeto que no le preguntase
con sorna qué había ido á hacer al yermo y por qué
le dejaba tan pronto, arrepentido de ser anacoreta.
Y los que sospechasen, y no dudaba él de que algu-
nos sospecharían que había querido suicidarse,
tomarían á risa lo del suicidio y atribuirían á miedo
el que no se hubiese realizado.
Imaginaba él que, vuelto al lugar, no podría
sufrir su nueva situación, porque se le figuraría
que se mofaban de él cuantos le mirasen á
la cara.
Si se fué, dirían, porque había aquí algo que no
podía aguantar, ¿por qué vuelve ahora, se resigna
y lo aguanta?
Don Andrés, sobre todo, le despreciaría y le
escarnecería, allá en sus adentros, calculando que
la fuga había sido por lo de los besos á Juanita y
que ahora volvía muy resignado á llevarlos con
paciencia y hasta á verlos dar de nuevo.
A Juanita misma se la representaba muy afligida
por lo pronto, llena de remordimientos porque era
ó iba á ser motivo ú ocasión de su muerte y muy
inclinada á derramar lágrimas á la memoria de él ó
sobre su ignorada tumba, si es que le enterraban y
ella sabía dónde y no estaba lejos; pero si Juanita
le veía otra vez tan campante, ya en las calles de
Villalegre acudiendo á sus ordinarios quehaceres,
ya en la tertulia de doña Inés haciendo la corte á
doña Agustina, Juanita le tendría por la persona
JUANITA LA LARGA 227
más ruin y cuitada del orbe; Juanita se mofarla de
él, y don Paco se estremecía al pensar sólo en la
posibilidad de semejante vilipendio.
Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana,
y sólo para que la gente tome á uno en serio, le
compadezca y no le embrome.
Hubo momentos en que si don Paco hubiera
tenido un revólver, acaso en contravención de
todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas
filosofías, se hubiera pegado un tiro, pero afortuna-
damente don Paco no gastaba armas de fuego y no
llevaba ni pistola ni escopeta en aquella disparatada
excursión que estaba haciendo, perseguido por los
celos como por las Furias Orestes. Una vez se le
ocurrió encaramarse en la cima de un escarpado
peñasco, precipitarse desde allí de cabeza y hacerse
una tortilla. Pero, si no quedaba muerto al punto y
sólo se rompía un brazo, una pierna ó las dos ¿no
le dolería mucho, y quedándose vivo añadiría los
dolores físicos á los dolores morales de que había
querido libertarse?
Bumiando con amargura todo lo dicho, anduvo
don Paco sin reparar el camino que llevaba, hasta
que le sorprendió la noche, oscura como boca de
lobo. Ni luna ni estrellas se veían en el cielo,
cubierto de densas nubes. Llovía recio y relampa-
gueaba y tronaba.
Nuestro peregrino advirtió con pena que estaba
hecho una sopa, y temió que la muerte, que
anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera
sobrevenirle por la humedad, esgrimiendo en lugar
de guadaña reumas y pulmonías.
228 JUANITA LA LARGA
A la luz de los relámpagos descubrió que había
llegado á una extensa nava, entre las cumbres de
dos cercanos cerros. Había en la nava mucho heno,
grama abundante y á trechos intrincados matorrales
en que tropezaba ó alta hierba que subía hasta sus
muslos, porque no había senda ó porque la había
perdido.
De pronto oyó mujidos, y al resplandor fugaz de
los relámpagos creyó entrever un gran tinglado ó
cobertizo, debajo del cual se movían bultos mujido-
res que eran sin duda toros bravos, cabestros,,
becerros y vacas.
— Hombre del demonio — dijo una bronca voz. —
¿Qué viene usted á hacer por aquí á estas horas y
con esta tormenta tan fuerte?
Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin
declarar su nombre, dijo que, yendo de camino, se
había extraviado, no sabía dónde estaba y buscaba
albergue en que pasar la noche.
El boyero, que era piadoso, movido á compasión
por la lamentable voz de don Paco, salió de debajo
del cobertizo, vino á él, le tomó de la mano y le
sirvió de guía.
Así dieron ambos buen rodeo y llegaron á una
choza bastante capaz, donde, al amor de la lumbre
y en tomo de una gran chimenea que tenía poco
que envidiar á la de doña Inés, aunque carecía de
escudo de armas, había otros dos pastores, viejos
ya, y un chiquillo de diez á doce años que debía de
ser hijo del guía de don Paco.
En el hogar ardía un monte de leña, con cuyo
calor pudo don Paco secarse los vestidos, porque le
JUANITA LA LARGA 229
ofrecieron y el aceptó un banquillo para que se
sentase cerca del fuego.
Apartada de él, sobre un poco de rescoldo y en
unas trébedes se parecía una olla, exhalando á través
de la rota y agujereada tapadera espesos y olorosos
vapores, con no sé qué de restaurante, lo cual
produjo en las narices de don Paco sensación muy
grata, porque con tanto andar se le había bajado á
los pies el almuerzo. Era lo que había en la olla un
guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino
y cornetillas picantes que habían de hacerle sucu-
lento y sabroso.
Los pastores, así como le habían dado techo
amigo donde abrigarse de la lluvia y pasar la noche,
le ofrecieron también su rústica cena.
El rubor tiñó las mejillas de don Paco al ir á acep-
tarla, pero no fué tan descortés ni tan abstinente que
no*la aceptase, la agradeciese y aun se aprovechase
de ella, compitiendo en apetito con los boyeros.
Sin querer le avergonzaron también por otro
estilo: con su leal franqueza. A él, que se ocultaba
y mentía, le contaron cuanto había que contar de
la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los
sucesos de la pequeña cortijada, no muy lejos de
allí, de que eran naturales. Ponderaron también la
ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se quejaron
de la poca reputación que tenían aún y pronostica-
ron que al fin habían de abrirse camino hasta la
magnífica plaza de Madrid, donde competirían con
los de Veragua y los de Miura matando caballos á
porrillo y metiendo en un puño los animosos cora-
zones de Lagartijo y de Frascuelo.
Í30 JUANITA LA LARGA
Terminadas la cena y la conversación, todos se
acostaron sobre sendos montones de hierba seca y
durmieron como unos patriarcas.
Don Paco se despertó y levantó al rayar el día,
imitando á los que le albergaban. Supuso para salir
del paso que iba á Córdoba, y en este supuesto los
boyeros le indicaron el camino que debía seguir.
Se despidió don Paco mostrándose agradecidí-
simo, y pronto se alejó de la nava, marchando de-
prisa por la senda que le habían indicado.
A solas otra vez consigo mismo, los negros pen-
samientos resurgieron de las profundidades de su
alma y volvieron á atormentarle.
Como él reflexionaba mucho, se estudiaba y se
sumía en el abismo de su propia conciencia, pro-
curó explicarse el singular fenómeno que en ella se
estaba presentando. Entonces creyó percibir que
él hasta muy tarde, hasta ya viejo, había emple&do
y gastado la vida en ganarse la vida, y había care-
cido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para
fingirse primores ideales y ponérselos ante los ojos
del alma como atractivo de su deseo. Toda aspira-
ción suya había sido hasta entonces modesta, pro-
saica y pacíficamente asequible; pero Juanita había
venido en mal hora á turbar su calma y á aguijonear
su fantasía para que remontase el vuelo á muy
altas regiones, donde, si bien había más luz, había
también tempestades que su alma pacífica y sólo
acostumbrada al sosiego apenas podía sufrir.
En resolución, don Paco vino á creer que la
aparición tardía de lo ideal, casi muerta ya su
juventud, y el nacimiento postumo de aspiraciones
JUANITA LA LARGA 231
que sólo por ella deben ser fomentadas, era lo que
le traía tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver
al lugar en aquel estado de ánimo, con menos pre-
texto para volverse que el que había tenido para
irse, le haría sin duda objeto del escarnio de todos
sus amigos y conocidos, como no hiciese la atro-
cidad de matar á dos ó tres, y él, que era blando de
condición, se consideraba incapaz de ello. Por otra
parte, y mientras en Villalegre permaneciese, juz-
gaba él que sería ya inútil para todo y que no valdría
ni para secretario del Ayuntamiento, ni para con-
sejero de don Andrés, ni para colaborador del
escribano, ni para pasante de los abogados Peperris.
En consecuencia de estos no articulados dis-
cursos decidió algo al cabo: decidió desterrarse para
siempre de su patria é ir á otras villas ó ciudades
en busca de reposo y de mejor fortuna.
Sólo así lograría curarse de su amor por la picara
é indigna Juanita, hacer pie y caminar por lo firme,
en vez de ir por las nubes ó de nadar por el éter, y
sin matarse y sin matar á nadie, sino siendo útil al
prójimo, ser de nuevo respetado y querido de las
gentes.
Ya que los boyeros le habían indicado el camino
para ir hacia Córdoba, don Paco, menos alborotado
que el día antes, siguió en aquella dirección, pues
camino no había. Las estrechas sendas eran mu-
chas, y él á la ventura las tomaba, sólo procurando
huir de la vista de todo ser humano porque aún
tenía vergüenza de que le viesen.
Ora andando, ora parándose á reposar, se le pasó
todo el día y llegó su segunda noche de vagabundo.
232 JUANITA LA LARGA
No sabia dónde se hallaba, pero creyó que se
despertaba en él una vaga reminiscencia de aquellos
sitios. Era una dilatada dehesa ó coto, donde había
de haber abundancia de conejos y liebres. El terreno
era quebrado y cubierto de matas ó monte bajo.
Sólo á trechos descollaban algunos pinos, hayas y
encinas.
Pronto la obscuridad lo envolvió todo. Aunque
no llovía, estaba muy nublado, y él distinguía con-
fusamente los objetos. El silencio era profundo. Le
rompía sólo, de vez en cuando, tal cual ráfaga de
viento suave que agitaba las hojas, ó alguna liebre
que brincaba ó atravesaba corriendo por entre las
matas.
No sé cómo reconoció ó creyó reconocer don
Paco que se hallaba en aquel momento más cerca
de Yillalegre; que se hallaba á menos de dos leguas
de distancia, en un coto, propiedad de don Andrés
y donde don Andrés solía venir á cazar.
Se confirmó más en esta idea al ver de pronta
una lucecita que á cierta distancia brillaba en las
tinieblas, según sucede á menudo á los niños cuando
en los cuentos de hadas se extravían en un bosque.
Don Paco era valeroso y no propendía, sin ser
incrédulo, á recelar frecuentes y medrosas apari-
ciones de vestiglos, de almas del otro mundo ó de
otros seres sobrenaturales. En aquella ocasión, sin
embargo, tuvo su poquito de miedo, pero le venció
y caminó resuelto y derecho hacia la luz para ver
lo que era.
Se había fundado su miedo en que reconoció que
la luz salía de la casilla del viejo guarda del coto.
JUANITA LA LA EGA 233
el cual había muerto la víspera de la salida de don
Paco de Villalegre, y era muy poco probable que
don Andrés hubiere nombrado en seguida á otro
guarda para donde apenas había cosa que guardar.
La casilla, en opinión de D. Paco, tenía que estar
desierta. ¿Quién había encendido luz y estaba en la
casilla? ¿Sería el alma en pena del viejo guarda,
que tenía fama de haber sido más que travieso en
sus mocedades y hasta bandolero acogido á indulto?
Don Paco se armó de valor y se dirigió á averi-
guarlo, contento de tropezar con una aventura que
de sus desventuras le distrajese.
SIN hacer mido, llegó don Paco á la casilla y vio
que la puerta estaba cerrada coa cerrojo que
había por dentro. La luz salla por un ventanucho
pequeño, donde, en vez de vidrios, habla estirado
un trapo sucio para resguardo contra la lluvia y
el frió. Con el estorbo del trapo do se podían
ver loB objetOB de dentro; pero don Paco ee apro-
ximó y reparó en el trapo tres ó cuatro agujeros.
Aplicó el ojo al más cercano, que era bastante
capaz, y lo que vio por allí, antes de reflexionar y
de expHcárselo, le llenó de susto. Imaginó que veía
& Lucifer en persona, aunque vestido de campesino
andaluz, con sombrero calañas, chaquetón, zahones
y polainas. La cara del asi vestido era casi negra,
inmóvil, con espantosa y ancha boca y con colo-
sales narices llenas de verrugas y en forma de pico
de loro. Don Paco se tranquilizó, no obstante, al
aj6 yUANITA LA LARGA
reconocer que aquello era una carátula de laB que
se ponen loa judíos en las procesiones de Villalegre.
El enmascarado guardaba silencio y estaba sen-
tado en una silla, apoyados los codos en una vieja
y mugrienta mesa de pino.
En otra silla estaba enfrente otra persona en
qnien reconoció al punto don Paco á don Bamón,
el tendero murciano de su lugar, el hombre más
rico después de don Andrés y el más desaforado ha-
blador que por entonces existía en nuestro planeta.
V' Don Bamóñ era peque-
y^ _, ñuelo, viejo y flaco, pero
^I^^^^^B tenia mucho espíritu y
^^^^B^^^^ agallas y no se acoquina-
^^^^H^^^^^^^ ba por poco.
^^^^^mm^^^Hp Notó don Paco que te-
^^^^M^M^^^K^^ nía las manos atadas con
VH^^y^pHl un cordel á las espaldas,
1^ y dedujo que le habían
llevado allí y que le retenían por violencia. Pronto
las mismas palabras del tendero murciano, tan
pródigo de ellas, confirmaron la deducción de don
Paco.
— Hombre ó demoni o ^decla, — quien quiera que
seas, apiádate de mí y no me atormentes sin fruto.
¿Cómo había yo de imaginar, al volver esta tarde
desde mi casería al pueblo, que no dista más de un
cuarto de legua, que habla de topar contigo y con
tu compañero, emboscados entre las mitnbreras del
arroyo del Hondón, y que me habíais de traer por
fuerza á este lugar? Yo no sospechaba que hubiese
secuestradores en el día, y caminaba muy seguro.
JUANITA LA LARGA 237
Convéncete, hombre, la ganancia que habíais de
hacer ya la habéis hecho. No tratéis ahora de lograr
más ganancia. La codicia rompe el saco. Á mí
me mataréis, pero también á vosotros os darán
garrote.
El enmascarado persistió en su silencio, y á lo
del garrote sólo respondió con un ronquido, especie
de interjección que en aquella tierra se usa. Don
Bamón continuó:
— ^No acierto á explicarme por dónde llegasteis á
averiguar que acababa yo de vender mi mejor vino
á los jerezanos y que llevaba 12.000 reales en el
bolsillo. Pero, en fin, ya tenéis los 12,000 reales.
¿Por qué no os contentáis? Valiéndoos de ese tintero
de cuerno que traíais preparado me habéis hecho
escribir á mi mujer para que entregue 2.000 duros
si no quiere que me ahorquen.
— ^Y te ahorcaremos y te descuartizaremos como
no los entregues — dijo el enmascarado con voz
disimulada y extraña.
— Pues bien podéis ahorcarme y descuartizarme
ya, sin seguir moliéndome, porque mi mujer, ¡y
vaya si la conozco! antes que entregar los dineros
entregará mi vida y la de todos sus parientes, aun-
que nos quiera y nos llore después á moco tendi-
do. Oye, ¿has visto tú la tragedia de Guzmán el
Bueno?
El enmascarado no dijo que sí ni que no; se
limitó á dar otro ronquido. Don Bamón continuó:
— Pues Guzmán el Bueno para no entregar á
Tarifa envió á los moros un cuchillo con que
degollasen á su hijo muy amado. Los dineros son
238 JUANITA LA LARGA
la Tarifa de mi mujer y no los entregará aunque
me degolléis. Lo que no hará tampoco, echando
con esto la zancadilla á Guzmán el Bueno, es el
gasto inútil de enviaros el cuchillo, aunque sea el
peor de la cocina. Ya le tendréis vosotros, sin que
ella le envíe, para abrirme una gatera en las tripas.
Pero seamos razonables: ¿qué vais á conseguir con
eso? Compadécete de mí. Mira también por tí y no
seas imprudente. Hará ya dos horas que mi mujer
me habrá echado de menos, y aun antes de recibir
la carta que lleva tu compañero, y no sé cómo ni
quién pondrá en sus manos, habrá armado ella una
revolución en el lugar, habrá tocado á rebato, y la
pareja de Guardia civil y muchos criados míos
andarán ya buscándome. No tientes más á Dios.
Ponme en libertad. Déjame ir en mi mulita, y yo
te lo pagaré si no quieres aguardar á que Dios te
lo pague.
El enmascarado siguió sin contestar, aunque
dando más ronquidos.
— ¿No oyes que yo te lo pagaré? Sobre los doce
mil reales que tú y tu compañero os habéis repar-
tido, yo puedo darte hasta otros ocho mil si me
dejas libre.
— ¿Y cómo? — dijo entonces el enmascarado. —
¿Dónde llevas escondidos esos ocho mil reales?
— No seas tonto, hijo mío, no seas tonto. ¿Dónde
quieres que los lleve? Yo no tenía más que lo que
ya habéis tomado, pero tengo un medio seguro de
recompensar tu buena acción.
—¿Y cuál?
Don Eamón titubeó entonces. El deseo de sedu-
JUANITA LA LARGA 239
cir al de la carátula y salir pronto de aquel mal
paso, satisfaciendo su afán de hablar, de contarlo
todo y aun de lucirse, porque era muy jactancioso,
luchaba en su alma con el temor de empeorar la
situación en que se hallaba, sobrexcitando la codicia
del bandido.
La manía de hablar pudo más al ñn que toda
otra consideración juiciosa, y don Bamón explicó
que había un ingenioso procedimiento por cuya
virtud tenia él y ponía dinero donde le daba la gana.
Bastaba para ello que él escribiese en un papelito
determinada cantidad, diciendo págtiese y firmando.
Cualquiera persona que llevase este papelito en la
faltriquera, bien podía estar segura de que era como
si llevase la cantidad expresada.
Don Bamón impulsado por su locuacidad y su
fachenda, no supo lo que se dijo... Su explicación
de lo que era check ó Hbranza al portador entusias-
mó al bandido, el cual le mandó al punto con
amenazas que allí mismo, y en el acto, por valor
de dos mil duros, le escribiese y le firmase un
check.
El tendero murciano conoció la tontería que
había hecho, pero conoció igualmente que tenía
fácil enmienda, y explicó al de la carátula que los
papelitos que allí escribiese y firmase ningún valor
tendrían, porque habían de ir, para que valiesen,
en hojas dispuestas de cierto modo y arrancadas de
un librejo que él se había dejado en casa.
Nada le valió, con todo, para apaciguar al de la
carátula. O por poner en duda que fuesen indispen-
sables tales hojas ó por despecho de que se las
240 JUANITA LA LARGA
hubiese dejado en casa y no las trajese allí, el
bandido, sin atender á razones, y diciendo repetidas
veces, escríbeme el papelito, se puso á maltratar á
pescozones al infeliz maniatado.
Don Paco no pudo sufrir más, fué corriendo á la
puerta de la casilla, por fortuna vieja y desvencijada,
y descargando sobre ella con todos sus bríos, un
diluvio de patadas, de puñetazos y garrotazos,
consiguió en pocos segundos arrancarla de los
goznes y derribarla por el suelo con estrepitoso
sacudimiento que hizo retemblar las paredes.
El bandido se sobrecogió de terror porque imaginó
al principio que el viejo guarda, ó lleno de envidia
por la ventura que otros iban á lograr, ó enojado
porque le profanaban su mansión donde el día antes
había estado todavía de cuerpo presente, venía
ahora capitaneando una legión de demonios para
llevársele al infierno. ¿Qué criatura mortal podía
aparecerse á aquellas horas y en tan apartado
sitio?
El bandido, no obstante, se recobró del susto y
acudió á la defensa.
Echó mano del trabuco, que tenía en un rincón
de la estancia, y fué al cuarto contiguo donde había
caído la puerta y estaba la entrada. Allí apenas se
veía, porque la única luz era la de un candil atado
en la otra estancia á una tomiza que pendía de una
viga del techo; pero el de la carátula vio el bulto de
un hombre que se precipitaba sobre él, y le dijo: —
¡Tente ó mueres! — y le apuntó con el trabuco.
Todo ello fué con rapidez maravillosa.
Don Paco estaba ya casi encima del bandido, y
JUANITA LA LARGA 241
al mismo tiempo que éste disparaba, le sacudió tan
tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le
hizo soltar el arma y dar con ella en el suelo.
El tiro salió antes, pero, torcida ya la dirección,
las postas, sin tocar á don Paco, fueron á agujerear
el muro.
El de la carátula retrocedió para evitar nuevo
golpe; y, aunque magullado por el que había reci-
bido, sacó de la faja que rodeaba su cintura una
truculenta navaja de Albacete, de las de virola y
golpetillo, de las que llevan la inscripción
Si esta víbora te pica
no hay remedio en la botica,
la abrió con el temeroso ruido que produce la rodaja
al encajar en el muelle, y se lanzó otra vez sobre
su adversario, pero el bandido estaba ya falto de
serenidad y quebrantado por el dolor del primer
golpe. No supo ser certero y en balde abanicó el
ambiente con su mortífero instrumento.
Don Paco, sereno y decidido, se apartó á un
lado, brincó y salvó el bulto y sacudió otra vez tan
fiero garrotazo en los lomos del de la carátula que
le hizo caer en el suelo boca abajo. Tendido ya en
el suelo el bandido, don Paco se ensañó algo, y sin
compasión le dio cuatro ó cinco palos más.
Como no se quejaba ni rebullía, don Paco le
creyó muerto. Se agachó, no obstante, con precau-
ción y le quitó de la mano la navaja.
En seguida llegó don Paco á donde estaba don
Bamón, que le reconoció y con viva efusión le dio
las gracias.
16
242 JUANITA LA LARGA
Don Paco desató el cordel que tenia á don Eamón
amarrado.
— ^Alúmbreme usted con el candil — le dijo. — ^Voy
á ver si ha muerto ese hombre.
Á la luz del candil se llegó don Paco al que estaba
boca abajo tendido por el suelo y le puso boca
arriba. La carátula se le había caído.
Don Paco y don Bamón se quedaron absortos
al reconocer á Antoñuelo.
POR dicha no habla recibido ningún garrotazo
en la cabeza; pero estaba derrengado, molido
y lleno de contusiones.
Seguro ya de que vivía, y por instigación del
tendero murciano, qne no se aquietaba hasta reco-
brar, en parte al menos, el dinero robado, don Paco
registró á Antoñuelo y le encontró cuatro mil reales,
que devolvió á su dueño.
Los otros ocho mil se los habla llevado el com-
pañero de Antoñuelo, el cual, por director y maestro
en el arte, había tomado doble porción de botín,
. Antoñuelo sentía agudos dolores; no formulaba
palabra alguna, pero lanzaba gemidos lastimeros.
Don Paco se apresuró á salir de allí, volviendo
cuanto antes al lugar con el libertado y el vencido.
La poderosa muta de don Eamón, aparejada aún
<K)n mny cómoda y ancha aibarda, se hallaba en un
corralejo ó pequeño cercado contiguo á la casilla.
244 JUANITA LA LARGA
Sacó don Paco la muía, hizo que montase en
ella su dueño, y levantando después á Antoñuelo,
que apenas se podía mover, y llevándole en peso
con alguna dificultad, le plantó á las ancas. Él
cargó luego con el trabuco y la navaja, trofeos de
su victoria, y echando delante la muía y su doble
carga, se dirigió hacia el lugar.
Al ir caminando daba infinitas gracias á Dios
porque le había puesto en ocasión de castigar un
delito y de evitar otros mayores y porque le había
proporcionado un medio de volver á la patria con
justo motivo y sin ningún sonrojo.
Aunque caminaron despacio, llegaron al lugar
entre una y dos de la noche, sin hallar á nadie en
el camino.
Inquieto don Andrés por la suerte de don Paco,
había enviado en balde á muchas personas para que
le buscasen. También la tendera había enviado
gente en busca de su marido. Todos con mal éxito
se habían vuelto al lugar antes de media noche.
Cuando mucho más tarde entraron en él don
Paco y su comitiva, los villalegrinos estaban dur-
miendo.
Don Paco, procurando y logrando no llamar la
atención, dejó á Antoñuelo á la puerta del herrador,
su padre. Libre ya don Ramón del poco agradable
socio de montura, se despidió de don Paco con
nuevas y fervorosas manifestaciones de gratitud y
se largó á su casa.
Don Paco se fué á reposar á la suya.
Como el médico estaba viejo y averiado y tenía
no poco que hacer, don Policarpo ejercía también.
JUANITA LA LARGA 245
con consentimiento del médico, la medicina y la
cirugía. El herrador le llamó al punto para que
curase á su hijo.
Don Policarpo le atendió muy bien y pronosticó
que le curaría pronto, porque sus contusiones, si
bien en extremo dolorosas, no eran de peligro ni
daban que temer por su vida.
Apenas amaneció, don Policarpo, sabedor de que
don Andrés estaba inquietísimo por la suerte de su
amigo ó como si dijéramos de su ministro, fué á
casa del cacique, que se despertaba con el alba, y
le pidió albricias y le dio la buena nueva de que don
Paco había parecido. Como el boticario sólo había
visto al magullado Antoñuelo y no sabia bien lo
ocurrido, hizo su composición de lugar, y fantaseó
y dijo á don Andrés que entre don Paco y Anto-
ñuelo había habido una muy reñida pelea, sin duda
por los bellos ojos de Juanita; que la pelea había
sido en mitad del campo, durante la noche; que
don Paco había quedado ileso y que el pobre Anto-
ñuelo estaba tal, que se le podían comer con
cuchara, pero que él, con su ciencia y sus cuidados,
le sanaría muy pronto.
Don Andrés holgó mucho de que hubiese vuelto
sano y salvo el secretario del Ayuntamiento, que
le era útilísimo y á quien profesaba más amistad
que á nadie.
No por eso quiso llamar á don Paco ni ir á verle
en seguida, turbando el reposo de que sin duda
había menester; pero no creyó en el duelo ó pen-
dencia que don Policarpo había supuesto y contado.
Don Andrés, aunque muy estimulado por la
246 JUANITA LA LARGA
curiosidad, se armó de paciencia y de calma y
aguardó dos ó tres horas, antes de dar un paso para
descubrir lo cierto.
Bien sabía él que el mayor amigo y confidente
de don Paco era el maestro de escuela, y á eso de
las ocho, cuando ya la escuela había empezado y
don Pascual debía de estar en ella, don Andrés le
envió á llamar á su casa.
El mozo que llevó el recado volvió diciendo que
don Pascual había salido al rayar el alba, que no
había vuelto aún, que los niños estaban dando
lección con el ayudante, y que no bien volviese don
Pascual y supiese que don Andrés le llamaba, iría
¿ verle al punto.
XXXIII
DON Paco, después de vagar en la soledad por
espacio de dos días y después de tantas penas,
emociones y lances, anheló para desahogo confiarse
por completo con alguien. ¿Y con quién mejor que
con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso
y tan excelente y desinteresado amigo, primero de
Juanita y de él más tarde?
La mujer del alguacil fué, pues, á llamar á don
Pascual de parte de don Paco.
Don Pascual vino y don Paco se lo contó todo.
No le dio ninguna comisión ni embajada para
Juanita; pero don Pascual, por una benévola usur-
pación de atribuciones y de empleo, se declaró él
mismo y se nombró embajador, se fué á ver á
Juanita que, desvelada y triste, se acababa de
levantar, y le refirió con fidelidad minuciosa los
furores y penas de don Paco, sus celos, su desespe^
ración, sus propósitos de suicidio ó de extrañamiento
perpetuo, y por último el combate de la casilla, el
248 JUANITA LA LARGA
delito de Antoñuelo, los golpes que éste habla
recibido y su vuelta y la de don Paco á Villalegre.
Contó también que el tendero murciano, y su
mujer con más impaciente furia, no se conformaban
con callarse sin delatar á Antoñuelo y sin enviarle
á presidio, si no se les devolvían en el término de
tres días los ocho mil reales que no habían recobrado
y que el cómplice de Antoñuelo se había llevado
consigo.
Según informes adquiridos y comunicados por
don Paco, Antoñuelo por nada del mundo diría el
nombre y la condición del forastero que había
cometido con él el delito. Por otra parte, aunque
Antoñuelo le delatase, de nada valdría esto para
recobrar los ocho mil reales por medio de la justicia,
sin envolver en el proceso al hijo del herrador y
condenarle y perderle.
El afecto profundo y extraño, como de madre ó
como de hermana, que Juanita había sentido por
Antoñuelo toda su vida, renació entonces con vehe-
mencia en su corazón, olvidándose de los groseros
agravios con que la había ofendido aquel mozo.
Juanita se prepuso salvarle, lograr que se echase
tierra al asunto, y evitar su deshonra y su ida á
presidio, aunque para ello fuese menester buscar
los ocho mil reales en el mismo infierno.
A esta penosa agitación de Juanita se contrapo-
nía en su alma otra agitación dulcísima, otro sentir,
en vez de aflictivo, delicioso y beatificante, que
aumentaba y enardecía su amor al saberle tan bien
pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del
dolor y del sobresalto, que la conducta criminal de
JUANITA LA LARGA 349
Antoñuelo y sus consecuencias le causaban, Juanita
se juzgó venturosa, y sin duda lo era.
Sólo faltaba ya, y urgía y no daba un instante
de espera, el desengañar á don Paco, el persuadirle
de que ella era inocente y el convencerle de que
ella le amaba.
Ya don Pascual en su largo coloquio con don
Paco, había hecho esfuerzos para convencerle de la
inocencia de Juanita. Don Pascual le aseguró que
él conocía muy bien el noble y leal carácter de ella
y cuan virtuosa y honrada había sido siempre en
medio de la completa libertad en que había vivido,
sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre á
su lado. Su madre había tenido que ir á las casas
á donde la llamaban á trabajar, dejando á Juanita,
ó con una criada ó completamente sola cuando ni
criada tenía. Juanita, además, sin que nadie la
acompañase ni mirase por ella, había pasado de la
niñez á la mocedad en medio de las calles y en trato
y conversación con toda clase de personas. Nadie,
sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía
' hacerse respetar, y ni las personas más maldicientes
habían formulado nunca contra ella una acusación
fundada que pudiera en lo más mínimo deslustrar
I su decoro.
Lo que don Paco había visto, lo que había
causado su enojo y su desesperación, no era, por
consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado
atrevimiento de don Andrés, quien si algo logró por
sorpresa, fué rechazado violentamente en seguida.
Don Pascual sostenía además que Juanita no había
provocado la audaz acometida de don Andrés, á la
250 JUANITA LA LARGA
que daba por única causa el engreimiento del caci-
que y su convicción de que todo había de rendirse
á su voluntad y ser propicio á su deseo.
No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo
hablar al maestro de escuela, procuró que terminase
la visita y que éste se fuese.
Cuando se vio sola, sin hablar á su madre para
no perder tiempo, tomó el pañolón, se le echó de
cualquier modo en la cabeza y se fué á casa de don
Paco escapada.
XXXIV
LLEGÓ Juanita á la casa, llamó á la puerta y
salió á abrirle la mujer del alguacil. Juanita
le dijo:
— ^¿Está don Paco en casa? ¿Está levantado y
solo? Necesito verle y hablarle sin tardanza.
— Solo y levantado está en la sala de arriba —
dijo la mujer del alguacil.
Sin aguardar más contestación ni más permiso,
Juanita apartó á un lado á su interlocutora, echó á
correr, subió las escaleras, dejó el mantón en un
banco de la antesahta y entró destocada en la sala
donde estaba don Paco.
La sorpresa y el júbilo de éste fueron indescrip-
tibles, poí: más que estuviese receloso aún de que
en los atrevimientos de don Andrés la coquetería
de Juanita había entrado por algo.
Agradecido á la visita no esperada, don Paco se
mostró muy fino, pero disimuló su alegría y procuró
poner el rostro lo más grave y severo que pudo.
254 JUANITA LA LARGA
— No estés enfurruñado conmigo — dijo Juanita
tuteándole por primera vez. — ^Yo estaba celosa de
doña Agustina y enojada contra ti con tan poca
razón como tú estás ahora enojado; yo quería darte
picón. Soy leal. Confieso mi culpa y me arrepiento
de ella. Es cierto; provoqué á don Andrés sin refle-
xionar lo que hacia. Perdónamelo. Me besó por
sorpresa, pero le rechacé con furia. Te lo juro,
créeme; te lo juro por la salvación de mi alma: no
le rechacé porque tú entraste, y más duramente le
hubiera rechazado yo si tú no entras. Vengo á
decírtelo para que me perdones, porque te amo.
Quiero que lo sepas; estoy arrepentida de haberte
despedido, y me muero por tí y no puedo vivir
sin tí.
¿Qué había de hacer don Paco sino ufanarse,
enternecerse, derretirse y perdonarlo todo al oir
tan dulces y apasionadas frases en tan linda y
fresca boca? No sabía, sin embargo, qué decir ni
qué hacer, y como generalmente ocurre en tales
ocasiones, dijo no pocas tonterías,
— ^Apenas puedo creer — dijo,— que no repares ya
en mi vejez, que no pienses en que puedo ser tu
abuelo y que me quieras como aseguras. ¿Pretendes
acaso burlarte de mí y trastornarme el juicio? ¿Te
propones halagarme con la esperanza de una feli-
cidad que no me atrevía ya á concebir ni en sueños,
para matarme luego desvaneciéndola?
— No, vida mía: yo no quiero desvanecer tu espe-
ranza, sino realizarla. Yo quiero darte la feUcidad,
si juzgas felicidad el que yo sea tuya. Si no me
desprecias, si me perdonas, si no me crees indigna,
JUANITA LA LARGA 255
nos casaremos, aunque rabie doña Inés de que yo
no sea monja, aunque don Andrés te retire su favor,
aunque se nos haga imposible la permanencia en
este pueblo, y aunque tengamos que irnos por ahí,
acaso á vivir miserablemente. No lo dudes; si fuese
posible que don Andrés se prendase de mí hasta el
extremo de querer casarse conmigo, yo le despre-
ciaría por amor tuyo aunque fueses tú mil veces
más pobre de lo que eres: yo le cantaría la copla
que dice:
«Más vale un jaleo probé
y unos pimientos asaos,
que no tener un usía
esaborío á su lao.i
Don Paco, al oir esto, apenas pudo ya contener
y ocultar su emoción.
Un estremecimiento delicioso agitó sus venas
como si por ellas corriesen luz y fuego en vez de
sangre. Estuvo á punto de echarse á los pies de
Juanita y besárselos, pero aún se reportó y dijo:
— Quiero creer, creo en tu sinceridad de este
momento. Mi modestia, con todo, me induce á
temer que tal vez te alucinas, que tal vez tú misma
te engañas, que tal vez te arrepientas del paso que
das ahora. Eres tan hermosa que puedes ambicio-
nar cuanto se te antoje. Y don Andrés no es un
usía desaborido como el de la copla; es una persona
inteligente, estimada y respetada por todos; mejor
y mucho más joven que yo.
— Será todo lo que tú quieras, mas para mí tú
eres el más inteligente, el más joven y el más guapo.
256 JUANITA LA LARGA
Todavía, escudado por su humildad, trató dou
Paco de ocultar que estaba ya satisfecho, que había
depuesto su enojo y que sus recelos se habían disi-
pado. Con menos seriedad, sonriendo y entre veras
y burlas, dijo:
— Me fío de tí: conozco que hablas con el cora-
zón. No, no piensas en engañarme; pero sin duda
tú misma te engañas.
Y para poner más á prueba la vehemencia y la
firmeza del amor de Juanita, añadió luego:
— Es inverosímil que tú, si don Andrés, como
parece evidente, está enamoradísimo de tí, le des-
deñes y me prefieras y me ames ahora, cuando
antes, que no tenías á don Andrés, era á mí á quien
despreciabas. Pues qué, ¿ignoras que yo soy un
pobre diablo, dependiente de él, y que él es pode-
roso, rico, respetado y temido aquí, estimado y
favorecido por el Gobierno, y caballero Gran Cruz,
con excelencia y todo?
— ¿Y qué me importa á mí su excelencia? A tí y
no á él debió el Gobierno dar la Gran Cruz, ya que
todo lo bueno que se hace en este lugar eres tú
quien lo hace.
Calló un momento y prosiguió con dulce risa
como quien de súbito tiene una idea que le agrada.
— Esta injusticia quiero remediarla yo; pero ne-
cesito antes que tú me proclames y me jures por
tu reina. Sé mi subdito fiel. Sométete. Júrame por
tu reina y tu reina te premiará. Júrame.
Don Paco se sometió- sin más resistencia. Se
hincó de rodillas á los pies de ella y exclamó entu-
siasmado:
JUANITA LA LARGA J57
— ¡Te juro!
Juanita, impulsada irresistiblemente por la idea
rara que habla concebido, apartó con gran rapidez
el pañolillo que llevaba al pecho, prendido con
al&leres, sacó sus tijeras del bolsillo del delantal y
se desabrochó dos ó tres corchetas del vestido.
Don Paco, siempre de hinojos, la contemplaba
embelesado y curioso. Ella introdujo los dedos por
bajo del vestido y desató un listoncillo de seda azul
que le ceñía al pecho la limpia camisa. Tiró de él
y le sacó de la jareta, calada y bordada, trabajo
primoroso de su diestra mano. Cortó , por último,
con las tijeras un buen pedazo del listoncillo y se
le puso á don Paco en el ojal del chaquetón, afir-
mándole con una lazada.
258 JUANITA LA LARGA
— Yo te concedo, en atención á tus altos méritos
y servicios — dijo con solemnidad — esta bonita con-
decoración, que vale mil veces más que la que tiene
don Andrés, y te declaro mi caballero y Gran Cruz
de la orden de los celos disipados. Por eso es azul
el listoncillo como las flores del romero.
Don Paco se levantó, sin pizca ya de celos,
porque todo se convirtió en amor, y dijo:
— Tú me citaste una copla: no quiero ser menos;
voy á citar otra, aunque tenga que llamarte en ella,
no por tu nombre, sino como se llama la madre de
tu santo.
Las flores del romero
niña Isabel,
hoy son flores azules
mañana serán miel.
— ^Y si han de ser miel mañana, ¿no es mejor
que lo sean en este mismo instante?
Don Paco se acercó á Juanita para besarla.
Ella le separó con suavidad y se esquivó, ponién-
dose muy seria y exclamando:
— ^Déjame. No te llegues á mí. Respétame como
á tu reina y como mi caballero que eres. Las flores
del romero serán miel en su día; ahora no. Ve
mañana á mi casa, á las diez y media de la noche.
Allí hablaremos con mi madre. Adiós.
Juanita se dirigió para salir hacia la puerta de la
sala. Ya en la puerta, volvió la cara, miró á don
Paco, se dio á escape más de treinta besos en la
palma de la mano, sopló en ellos y se los envió á
su amigo por el aire.
JUANITA LA LARGA 259
— De cerca y sin alas los quiero yo.
— ^Ya les cortaremos las alas. En cuantito no sea
pecado mortal los tendrás de cerca hasta que te
hartes; y dicho esto, recogió el mantón en la ante-
salita, bajó brincando por la escalera y se puso en
la calle.
XXXV
EN medio de su alegría por haberse reconciliado
con don Paco, por estar segura de su amor y
resuelta á casarse con él aunque doña Inés y el
<5acique se opusiesen y tuvieran ella, su novio y su
madre que ser víctimas de la cólera de tan poderosos
señores, Juanita sentía profunda pena por la suerte
de Antoñuelo. Su delito le daba horror y no quería
volver á verle ni hablarle en la vida, pero le amaba
aún con cariño de hermana y presentía que ella
acibararía con algo como remordimiento las mayo-
res venturas que pudiera alcanzar si no evitaba que
Antoñuelo fuese procesado, deshonrado pública-
mente y condenado á presidio. Con egoísmo amo-
roso, sólo del amor mutuo que don Paco y ella se
tenían había ella hablado con don Paco. Ya en la
•calle y separada de él , Juanita volvió á pensar en
Antoñuelo y á cavilar en un medio de salvarle sin
que nadie le diese auxilio y siendo ella su única
salvadora.
262 JUANITA LA LARGA
Con este propósito se presentó en casa del ten-
dero murciano, que la recibió estando con su mujer
doña Encamación solos en la trastienda.
No lloró Juanita, porque tenía muy hondas las.
lágrimas y rara vez lloraba, pero con acento conmo-
vedor y apasionado les rogó que se callasen sobre
lo ocurrido, prometiéndoles que en el término de
seis meses ella les daría los ocho mil reales que el
forastero se había llevado. Contaba para esto con
la voluntad de su madre, de la cual estaba cierta-
de disponer como de su propia voluntad. Su madre
tenía dado á premio dinero bastante para salir de
aquel compromiso, y en el término marcado de los
seis meses podía cobrar dicho dinero. Su madre
además era propietaria de la casa en que vivían, y
si bien la casa estaba fuertemente gravada con un
censo, todavía podría producir, vendiéndola, muy
cerca de los mencionados ocho mil reales.
Doña Encarnación habló antes que su marido, y
dijo al oir aquellas proposiciones:
— Tú estás loca, hija mía, y yo supongo que ni tu
locura será contagiosa ni se la pegarás á tu madre.
Imperdonable estupidez sería que ambas os arrui-
naseis por salvar á un pillastre. Anda, déjale que
vaya á presidio. Aquel es su término natural ó
inevitable. Si ahora le salvaseis, en seguida volverísu
á hacer de las suyas y á dar nuevo motivo para que
le apretasen el pescuezo. Vuestro sacrificio no sólo
sería inútil, sino también perjudicial.
— Los consejos de usted — contestó Juanita, — y
perdone usted que se lo diga, son aquí los inútiles.
Contra mi firme resolución no hay consejo que
JUAWITA LA LARGA
í63
valga. No aon consejos sino dinero ó crédito lo que
yo necesito. Si tuviera yo en mi arca loa ocho mil
reales, los hubiera traído y se los hubiera dado á
ustedes en cambio de un papel, ñrmado por ustedes,
donde declarasen que Antoñuelo nada les debía y
que no tenían contra él la menor queja. No tengo el
dinero, pero estoy segura de poder reunirle antes de
seis meses. ¿Quieten ustedes firmar el documento
de que he hablado desistiendo de toda queja contra
Antoñuelo y recibir en cambio otro documento en
que yo me comprometa apagar los ocho mil reales?
Sste es el asunto, y no hay para qué andarse por
las ramas. Conteste usted, don Bamón, y diga que
si ó que no.
—Pues mira, Juanita— contestó el interpelado: —
yo digo que no, porque no quiero ser cómplice de
tu locura y porque un pagaré firmado por ti, que
eres menor de edad, no vale un pitoche.
264 JUANITA LA LARGA
— El pagaré, aunque apenas tengo aún veinte
años, valdría tanto como si yo tuviese treinta. Nunca
he faltado á mi palabra hablada: menos faltaré á
mi palabra escrita. Para cumplir el compromiso
que contrajese, me vendería yo si no tuviese dinero.
A don Ramón se le encandilaron algo los ojos, á
pesar de que doña Encarnación estaba presente, y
dejó escapar estas palabras:
— Si tú te vendieses, aunque en el lugar son casi
todos pobres, yo no dudo de que tendrías los ocho
mil reales; pero yo no quiero que tú te vendas.
— Ni yo tampoco — replicó la muchacha. — Lo
dije por decir. Fué una ponderación. Los bienes de
mi madre son míos: ella me quiere con toda su
alma y hará por mí los mayores sacrificios. No
dude usted, pues, de que dentro de seis meses
tendrá los ocho mil reales que ahora me preste,
sin necesidad de que yo me venda para pagárselos.
Doña Encarnación la interrumpió entonces di-
ciendo:
— Juanita, nosotros tenemos tan buena opinión
de tí, que estamos seguros de la sinceridad y de la
firmeza con que prometes pagar; pero si dentro de
seis meses no allegas los dineros ó porque tu madre,
queriéndote mucho, no quiere darlos, ó porque no
os pagan vuestros deudores y no lográis vender la
casa, tu sinceridad y tu firmeza nada valdrán pe-
cuniariamente, aunque moralmente valgan mucho.
Tu misma moralidad para este asunto de los dine-
ros, en vez de ser una garantía es un indicio claro
del peligro que corremos, si te los prestamos, de no
volverlos á ver nunca.
JUANITA LA LARGA 265
— Sí, hija mía — ^interpuso don Bamón; — si en
-este caso me hipotecases tu inmoralidad, en vez de
hipotecarme tu moralidad, estaría yo más seguro de
cobrar el dinero. Sería una prenda pretoria que
-daría ricos productos, por mal que se administrase.
Juanita advirtió que el tendero murciano trataba
-de tomarle el pelo, valiéndonos de una expresión
^ue ahora se emplea en estilo chusco; y como era
^oco sufrida, empezó á perder la paciencia y dijo
bajando la voz, pero aguzando cada una de sus pa-
labras como si fuese una lanceta:
— Ea, déjese usted de bromas insolentes, tío
marrano. Piense usted bien en mi proposición y
verá que le tiene cuenta. Si acude á la justicia qui-
zás tendrá el gusto de ver en presidio á Antoñuelo,
pero de fijo que no verá nunca los ocho mil reales.
En cambio, si los da ahora por recibidos y acepta
•el pagaré que yo le firme, dentro de medio año ó
Antes, y esto es tan claro como el sol que nos alum-
bra, recuperará sus ocho mil reales y además los
intereses que me ponga por ellos, porque yo no
quiero que me los adelante por mi linda cara.
— Aunque me insultes llamándome tío marrano,
me permitirás que al menos por tu linda cara te
perdone el insulto. También me mueve tu linda
-cara, y no las mezquinas reflexiones que has hecho
por mí, á prestarte los ocho mil reales si me pro-
metes que tu madre ha de conformarse con el con-
trato. De todos modos, ya comprenderás tú, porque
tienes sobrado talento, aunque eres inexperta, que
yo corro mucho peligro al hacer el préstamo; que
^1 daño emergente no es flojo, y que, por lo tanto.
— I
266 JUANITA LA LARGA
tampoco pueden ser flojos los intereses. No obstan-
te, yo aspiro á que, en vez de llamarme marrano,,
me llames generoso y espléndido. Asómbrate...
Doña encarnación, que hasta entonces había,
reprimido su cólera, sufriendo el insulto hecho al
enclenque de su marido, por temor de andar á la
greña con Juanita y aun de quedar vencida y apo-
rreada, no pudo ya contenerse al ver y al oir á su
marido tan melifluo y tan predispuesto á ser dadi-
voso, y le interrumpió exclamando:
— No te derritas, hombre; no te vuelvas una-
jalea; no me obligues á que sea yo quien te llame
tío marrano. Atiende á lo que haces, y ya que te
expones tanto prestando los dineros, que sea con
algún fruto.
— Yo no me derrito, yo atiendo á lo que hago —
contestó don Bamón; — ^pero en vez de responder á.
las injurias con otras injurias, quiero ser magnáni-
mo y responder con favores y beneficios. Juanita;
yo doy por recibidos los ocho mil reales que me
robaron con tal que tú me firmes un pagaré, que
vencerá dentro de seis meses, por la expresada,
cantidad, más un pequeño tanto por ciento.
—Mil gracias, señor don Ramón — dijo Juanita.
— Escriba usted los dos documentos. Yo me lleva-
ré, firmado por usted, el que me asegure que Anto-
ñuelo quedará libre, y firmaré y dejaré en poder de
usted el que declare que le soy deudora.
— Está bien. No hay más que hablar — dijo don
Ramón.
Y yendo á su escritorio, redactó los dos documen-
tos en un periquete. En el pagaré se comprometía,
JUANITA LA LARGA 267
Juanita á pagar, en el término de seis meses, la
cantidad de diez mil reales.
— ^Ya ves mi moderación — dijo el tendero mur-
ciano al presentar á la muchacha el documento
para que le firmase. — Me limito á cobrarte sólo un
25 por 100, á pesar del peligro que corro de quedar-
me sin mi dinero, porque a despecho de todos tus
buenos propósitos no tengas un ochavo dentro de
los seis meses y tengamos que renovar el pagaré, lo
cual me traería grandísimos perjuicios.
— Ya lo creo — dijo doña Encarnación; — como
que ahora andamos engolfados en negocios tan
productivos, que ganamos un ciento por ciento al
año. Créeme Juanita; prestándote los ocho>mil rea-
les nos exponemos á quedamos sin ellos y además
á perder otros veinticinco por ciento, ó sea otros
dos mil reales, que hubiéramos ganado dando á los
ocho mil más lucrativo empleo; pero en fin, ¿qué se
ha de hacer? Mi señor esposo pierde la chabeta
cuando ve un palmito como el tuyo.
— Sea como sea — dijo Juanita, — yo agradezco á
ustedes mucho el favor que me hacen.
Y guardándose en la faltriquera el otro documen-
to después de haberle leído y estimado que estaba
bien, se despidió de los mercaderes y se fué á
su casa.
H
XXXVI
ARREBATADO yo por la comente de los sucesos,
por la importancia que les doy y por la rapi-
dez con que quiero narrarlos, he descuidado la
cronología. Está vaga y confusa y conviene fijarla
un poco.
Nada más fácil. Basta decir para ello que el día
de la fuga de don Paco acertó á ser Domingo de
Bamos.
Como don Paco vagó todo aquel día y el siguien-
te, resulta que volvió á Villalegre al empezar el
Martes Santo.
Son tales la preocupación y el embeleso de todos
los habitantes de Villalegre durante aquella sema-
na, que nadie hubiera notado ni la desaparición ni
la vuelta de don Paco si no hubiera sido él perso-
naje tan notable, tan activo y que por lo común
andaba siempre en todo.
Lo que no se hubiera sabido, ni aun en tiempos
normales, eran las causas de su ida y de su vuelta.
270 JUANITA LA LARGA
Los celos siguieron sepultados en el más profundo
silencio por los que los causaron y los padecieron:
por don Andrés, Juanita y don Paco. Y los delitos
de Antoñuelo y los medios que don Paco empleó
para remediar unos y frustrar otros hubo interés en
callarlos y se logró que los callaran el tendero y su
mujer, únicas personas á quien interesaba decirlos.
Sólo se sabía que Antoñuelo había vuelto apa-
leado; pero, á pesar de los comentarios que se
hacían, nadie atinaba con el motivo y pocos sospe-
chaban quién había sido el autor del apaleo.
El tiempo aquel era el menos á propósito para
que en Villalegre fijase el vulgo su atención en
lance alguno, por extraordinario que fuese, de la
vida real contemporánea. La atención general es-
taba embelesada y suspensa por la pasmosa repre-
sentación simbólico-dramática que iba á verificarse
durante cuatro días consecutivos, teniendo por
teatro todo el lugar, con templos, plazas y calles,
y teniendo por actores á la mitad ó quizás á más
de la mitad de los hombres, y por espectadores á la
otra mitad de ellos, á todas las mujeres y niños y
á no pocos forasteros.
Las procesiones de Semana Santa empiezan el
miércoles y terminan el sábado. Yo, que las he
visto en mi niñez, en otra población donde son
muy parecidas á las de Villalegre, conservo de ellas
el más poético recuerdo, por donde imagino que
las personas que las censuran carecen de facultades
estéticas ó las tienen embotadas. Hasta la rudeza
campesina de algunos accidentes presta á la repre-
sentación de que hablo candoroso hechizo.
JUANITA LA LARGA 271
Acaso había accidentes ó episodios en dicha
representación en que lo sagrado y lo profano, lo
«erio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico desen-
tonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho
sin duda muy bien en suprimir estas discordancias
ó salidas de tono; pero lo esencial de la represen-
tación, que consta de procesiones y de pasos, sigue
todavía y hubiera sido lástima suprimirlo; hubiera
8Ído un crimen de lesa poesía popular.
A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfec-
cionar lo que se hace, aunque no niego que se
presta al atildamiento y á la mejora, es menester
andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lícito que
yo me valga de un símil literario, lo que ocurre
con un escrito en verso ó prosa cuando el autor,
por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba
y marchita lo que escribió y lo deja mustio, lamido
y sin espontaneidad ni gracia.
Conviene además, para ver aquello con fruto y
penetrar su hondo sentido, prescindir de refina-
mientos y de ideas de lujo y de exactitud indumen-
taria, adquiridas en ciudades más ricas y populosas.
Sólo así y reflexionándolo bien se percibe lo sublime
y lo bello de la verdad dogmática que bajo el velo
del símbolo resplandece.
Menester es que no se arredre por lo áspero de
la corteza el que anhele gozar del dulce alimento
que para el espíritu ella cela y contiene.
La representación no se limita á ofrecer al pue-
blo un trasunto de la pasión y muerte de Cristo
y de la redención del mundo , sino que en cierto
modo abarca todo el plan divino y providencial
272 JUANITA LA LARGA
de la historia, como el famoso discurso de Bossuet.
Los seres humanos sin duda no se juzgan dignos
de representar á los seres divinos ni se creen idó-
neos para ello y temen profanar la acción interviú
niendo en ella inmediatamente. De aquí que todos
los momentos del alto misterio de la redención se
figuren por medio de imágenes que se llevan en
andas y cuyos movimientos silenciosos y solemnes^
va explicando un predicador desde un pulpito eri-
gido en medio de la plaza y que la muchedumbre
rodea. Sólo hablan los seres humanos. Los sobre^
humanos callan, salvo algunos ángeles, que cantan
lo que dicen.
Así, por ejemplo, el pregonero desde el balcón de
las Casas Consistoriales lee en alta voz la sentencia
que condena á Jesús á muerte afrentosa en una-
cruz y entre dos ladrones por enemigo del César y
por otros muchos delitos.
El predicador exclama entonces:
— Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua^
y oye la voz del ángel, que dice...
En seguida aparece, en otro balcón de la casa^
mejor que está enfrente del Ayuntamiento, el niño
de seis ó siete años más bonito, más inteligente y
de más dulce voz que en el lugar hay; y primoro-
samente vestido de ángel, con tonelete de raso
blanco bordado de estrellitas de oro, con refulgentes
y extendidas alas y con corona de flores, canta una
sencilla y sublime contrasentencia, que comienza
diciendo: Esta es la justicia que manda hacer el
Eterno Padre...
Luego explica, con enérgica concisión que no se
JUANITA LA LARGA 273
opone á la claridad, los misterios de la encamación
y de la redención, cuando en la plenitud de los
tiempos se une el Verbo increado con la humana
naturaleza, glorificándola y haciéndola digna del
cielo, y padeciendo en ella y por ella, á fin de lavar
sus culpas.
Sólo hechos meramente naturales, en que inter-
vienen personajes secundarios, son representados
por hombres.
Hay uno, no obstante, que es muy transcenden-
tal, y que también los hombres representan. Es la
prefiguración, el reflejo profético del sacrificio del
Hijo por el Padre: es el sacrificio de Isaac por
Abraham en la cumbre del monte Mória, y que
otro ángel impide. El monte está representado en
medio de la plaza por un tablado cubierto de
verdura. Abraham é Isaac no hablan: sólo accionan.
Cuando Abraham tiene ya levantada la cuchilla
para sacrificar á su hijo, el ángel le detiene can-
tando un romance. Isaac recibe entonces la palma
del martirio, que ostenta en las procesiones de los
días siguientes. Abraham sacrifica un cordero,
según los antiguos ritos.
Los principales personajes del Antiguo Testa-
mento discurren en la procesión silenciosos y
solemnes, como si la Historia Sagrada tomase
cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visión
ideal. ¿Qué daña á la mente infantil y á la rústica
buena fe que no se ajuste con exactitud esta visión
á la verdad arqueológica, y que en ella no se des-
plieguen el lujo y la pompa, si la imaginación del
vulgo los pone allí con creces? A su vista aparecen,
18
274 JUANITA LA LARGA
y van pasando, Elias, Ezequiel, Daniel, Isaias,
Amos y los demás profetas, asi como los reyes,
jueces y principes; Melquicedec, David, Moisés,
Salomón, y qué sé yo cuántos más. Todos llevan
el rostro inmóvil de la carátula; y en las potencias,
aureola ó nimbo que coronan sus cabezas, inscrito
el nombre de cada uno. Distínguense además, por
los atributos que en sus manos tienen: David lleva
el arpa, Salomón un modelo del templo y Moisés
las Tablas de la Ley.
Como los profetas hicieron vida áspera y peni-
tente, y no se cuidaron mucho del primor y de la
elegancia en el vestir, se llaman los ensabanados,
porque sus túnicas y mantos están hechos con
sábanas. Y por el contrario, los monarcas y gran-
des señores se engalanan con todo el lujo que
pueden, llevando por túnicas los mejores vestidos
de sus mujeres ó de sus novias, y por mantos las
colchas más ricas de las camas, por lo cual se
llaman los encolchados.
Conforme va pasando cada procesión, que suele
permanecer tres ó cuatro horas en la calle, se
ejecutan pasillos, que casi siempre explica un na-
zareno cantando una saeta. Para prevenir y llamar
la atención del público hacia cada pasillo, otros
dos ó tres nazarenos hacen resonar las trompetas
con melancólico y prolongado acento. Así, pongo
por caso, cuando los evangelistas van escribiendo
en unas tablillas lo que pasa y unos judíos tunan-
tes vienen por detrás haciendo muchas muecas y
contorsiones y les roban los estilos. Los evangelis-
tas, resignados y tristes, abren entonces los brazos
JUANITA LA LARGA 275
y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra
vez para dar el pasillo por terminado.
Cosas hay de cierto primor artístico y de bien
inspirada delicadeza. Así la cruz que llevan en
andas, grande y negra como de ébano bruñido con
remates primorosos de plata, sin Cristo en ella,
que ya se supone resucitado y en el cielo, de la que
penden siete anchas cintas verdes, blancas y rojas,
de los tres colores de las virtudes teologales. Del
extremo de cada cinta va asido un niño ó un grupo
de niños, representando todos en su conjunto y
muy lindamente los siete sacramentos de la santa
Iglesia.
Otros niños con vestiduras talares y con alas de
querubines llevan en sus hombros el arca de la
aUanza, como recuerdo de la ley antigua, anterior
á la Buena Nueva y á la ley de gracia.
En fin, para mi gusto todo está tan bien, que
si no fuera por el temor de que me tildasen de
impertinente y de extenderme demasiado en des-
cripciones impropias de este lugar, seguiría rela-
tando sin cansarme y con deleite artístico cuanto
se representa en Villalegre en aquellos cuatro días.
Baste indicar aquí que el Viernes Santo al ano-
checer, se celebra el santo entierro, en el que no
parecen ya las figuras simbólicas de los personajes
de la Antigua Ley; sólo hay nazarenos, hermanos
de Cruz, llevando cada cual á cuestas la suya y
haciendo gala de que sea pesada y grande, y solda-
dos romanos y no pocos judíos, convertidos ya,
en prueba de lo cual llevan en las manos sendos
rosarios y van rezando devotamente. Hay, por
276 JUANITA LA LARGA
Último, muchos hombres y niños piadosos que
alumbran el entierro con velas.
Pero la procesión más solemne y conmovedora
es la que se verifica el Sábado Santo desde las
nueve de la mañana hasta medio día.
En ella sale únicamente la imagen de Maria<
Santísima de la Soledad, que es como el paladión
de la villa y que se custodia y venera en el templo-
más antiguo que existe allí, al otro extremo de la-
nueva parroquia, en la cumbre del cerro que domi-
na la población, en la Acrópolis, como si dijéramos,.
y al lado del abandonado castillo del duque, desde
donde éste salía con su mesnada á combatir á lo&
moros fronterizos y á entrar en algarada por las
tierras granadinas.
Aquella imagen es una obra maestra del arte
cristiano en la época de su mayor florecimiento en
España. Es cierto que se puede decir que el escul-
tor no hizo más que la cabeza y las manos: el
pensamiento puro y celestial y el medio por cuya,
virtud puede convertirse en acción el pensamiento.
Pero aquellas manos y aquel rostro son de admira-
ble belleza. Aquel rostro parece divino, combinán-
dose en él la expresión del dolor más profundo y la
humilde conformidad con la voluntad del Altísimo.
Los ojos de la Virgen son hermosos y dulces; el
llanto los humedece. En las mejillas de la imagen
hay dos ó tres lágrimas como el rocío en las rosas.
En el resto de la imagen no se advierte forma ni
dibujo de cuerpo de mujer. Todo está cubierto de
un riquísimo y extenso manto de terciopelo bordado
de oro.
JUANITA LA LARGA 279
El artista, al representar el Etej^no femenino, la
fusión en el dolor de las dos excelencias de la
mujer, como virgen y madre, se diría que huyó de
lo corpóreo y sólo quiso prestar forma visible al
espíritu.
Sobre los adornos y bordados de la tánica de la
Virgen se ven las empuñaduras de las siete espadas
que le traspasan el pecho.
En la procesión del Sábado Santo, todos los per-
sonajes del Antiguo Testamento y los judíos y los
soldados romanos se desvanecen y se eclipsan ante
la divina imagen de la Virgen. Sólo la acompañan
el clero y la muchedumbre piadosa con innumera-
bles velas y cirios encendidos.
Con devoción y recogimiento anda la procesión
el camino marcado; pero apenas vuelve y entra de
nuevo en su iglesia, todas las campanas de la villa
tocan á gloria con estruendoso repique; un toro de
cuerda muy bravo sale á la calle y los aficionados
le lidian y capean; en la cárcel se da libertad á un
preso que hace de Barrabás, y en varios sitios á
propósito, donde hay poco peligro de matar á nadie,
se ahorcan sendos Judas, ó sea grandes muñecos
de trapo, rellenos de estopa y de triquitraques,
contra los cuales disparan tiros los mozos que
tienen escopeta, hasta que los Judas arden dando
muchos triquitracazos y tronidos.
De esta suerte terminan con el regocijo de la
resurrección del Señor las interesantes fiestas de
Semana Santa.
"•oDO andaba revuelto
aquel día en la parte
1, de la casa del cacique.
Se entregaba la gente á di-
versos trabajos, para prepa-
rar una gran fiesta que ha-
bía de realizarse al otro dia.
Miércoles Santo. La procesión,
preámbulo de las otras , y que
liüliia ser en dicho miércoles por la
* •# tíinlc, era dirigida y costeada todos
los años por el señor D. Andrés Ru-
bio, hermano mayor de la más im-
portante cofradía.
Habían de salir en esta procesión tres obras
maestras de escultura, tan pesada cualquiera de
ellas que para llevarlas en andas por las calles era
menester un ejército de nazarenos.
IJa primera escultura representa al Señor de la
282 JUANITA LA LARGA
PoUinita. Jesús cabalga sobre el humilde animal^
y entra triunfante en Jerusalén.
El pueblo, compuesto de gran número de na-
zarenos, de soldados romanos y de judíos, debía,
marchar delante de la referida imagen con palmas-
y con grandes y frondosas ramas de olivo.
Después, precedida de todos los ensabanados^ en-
colchados y jumeones que se pudiese, tenía que salir
la Cena, cuyo peso es enorme, pues consta Isu
imagen completa de trece figuras de tamaño natu-
ral y de la mesa, que algo pesa también y que vau
cubierta y adornada de flores, de las más exquisitas-
frutas que desde el otoño han podido conservarse
hasta aquel día con el mayor esmero, y de un
elevado y complicadísimo ramillete de dulces, don-
de echa el resto el más listo é ingenioso de los-
confiteros.
En pos de la Cena, y precedida también de
mucha gente, había de salir la Oración del Huerto,
donde Cristo ora de rodillas; un ángel, que quiere
estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de
un olivo, ofrece á Cristo el cáliz de la amargura, y
los discípulos yacen por tierra dormidos.
Terminada la procesión, el señor don Andrés-
tenía que echar el bodegón por la ventana y dar de
cenar á los apóstoles, á los profetas, á los antiguos
personajes bíblicos, á la plebe de Jerusalén, á los.
nazarenos y á la guarnición romana.
Las tres obras de escultura de que hemos hablado-
estaban ya expuestas al público el martes, no en
las iglesias, sino en una inmensa sala baja entapi-
zada de rojo damasco, adornada de cornucopias,.
JUANITA LA LARGA 283
flores y verdura, é iluminada por la noche con
profusión de velas de cera.
Para cuidar de todo esto había elegido don An-
drés á Juana la Larga, quien en los dos días del
martes y del miércoles apenas podía salir de casa
de don Andrés ó ir á la suya, á no ser á la hora de
recogerse para dormir.
El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana
era atroz. Ella dej)ía condimentar para toda aquella
tropa la espléndida cena de vigilia. Habría potaje
de garbanzos con espinacas; como principal plato
de resistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato
ligero ó de chanza delicada, una exquisita alboro-
nia, que pudiese celebrar, si resucitase, el mismo
famoso cocinero de Bagdad, que la inventó, dándole
el nombre de la bella Alborán, sultana favorita del
califa Harun Alraschid, héroe de las Mil y una
noches^ princesa á quien dicho cocinero tuvo la
honra de dedicarla.
Claro está que para postre no habían de faltar
los ineludibles pestiños y que había de abundar el
vino para apagar la sed que causan la sal, conser-
vada en el bacalao á pesar del remojo, y el picante
de las mil ristras de guindillas y de cornetas que
en tal día se consumen.
Se esperaba además que llegase á tiempo de
Málaga mucho cazón fresco que Juana guisaría y
haría servir á todos, ó bien solamente á los apósto-
les, profetas y reyes, si no llegaba cazón suficiente
para el vulgo.
Por último, Juana había prometido hacer un
plato de su invención, con el que la gente menuda
284 JUANITA LA LARGA
se chupa por allí los dedos de gusto; plato que
tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe
en lo humano, el milagro de pan y peces, pues con
dos docenas de huevos y media hogaza para pan
rallado, se hartan cien hombres, gracias al sabroso
ajilimójili en que ella rehogaba las livianas tortillas,
después de haberlas frito, y en cuyo caldo se remoja
el pan y se convierte en sopas que se engullen con
deleite. Á este plato de su invención, Juana dio
el nombre de hartabellacos.
Prometía la cena del miércoles ser muy divertida,
amenizándola con sus chistes un criado muy gra-
cioso que tenía don Andrés y que hacía en todas las
procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrón
y galante antes de dar la sacrilega lanzada, y ciego
después, que persigue al lazarillo, el cual se le
escapa y le hace en las procesiones mil burlas y
perrerías.
Lamentan algunas personas , pero yo no puedo
menos de aplaudirlo en vez de lamentarlo, que el
señor obispo haya prohibido, desde hace mucho
tiempo, que salga en las procesiones otro personaje
que salía antes, mil veces más cómico que Longino.
Era este personaje José, el hijo de Jacob, porque,
según decía el vulgo, no era ni fú ni fá. No era
ensabanado, porque como primer ministro y favo-
rito que había sido de Faraón, no podía vestirse
pobremente con sábanas. Y no era tampoco encol-
ckado, porque iba sólo con la túnica y no llevaba
colcha ó sea manto ó capa, á ñn de indicar que la
mujer de Putifar se había quedado con ella. El
que hacía de José solía ser el más chusco de los
JUANITA LA LARGA 185
campeeinos, que aparentaba asustarse al ver mu-
chachas bonitas en los balcones, y ya se tapaba los
ojos para no verlas, y ya huía, haciendo contorsio-
nes y dando chillidos.
Menester es cootesai; que hizo muy bien el señor
obispo en prohibir la aparición de esta figura, dado
que sea exacto lo que se cuenta y que no se exage-
ren los melindres y chistes del fingido casto José.
Como quiera que ello sea, el punto se puede pasar
por alto, porque no es de los esenciales en esta
historia,
Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola
y sin su madre casi los dos días enteros y tuvo que
esperar hasta las diez de la noche del Miércoles
Santo para poder hablar á su madre con reposo.
Por eso Juanita habla citado ¿ don Paco en casa
de ella para media hora después: para las diez y
media.
Ahora me incumbe referir aquí, sin mis digre-
siones, los casos memorables en que intervino
Juanita hasta que llegó dicha hora.
(M»A
DON Andrés Rubio, en medio del jaleo y tras-
torno que había en su casa, estaba tranquilo
sin mezclarse en cosa alguna. Sus dependientes y
■criados, con la hacendosísima Juana á la cabeza,
cuidaban de todo y se esforzaban á porfía para que
.sahese con el mayor lucimiento.
Como la casa era tan espaciosa, que á no ser
por su sencilla rustiquez y carencia de adornos
arquitectónicos pudiera pasar por palacio, don
Andrés, refugiado en sus habitaciones del piso
principal, se sustraía al bullicio, y, segdn he indi-
cado ya, estaba tranquilo.
Entiéndase, con todo, que esta tranquilidad no
era mental, sino corpórea. Mentalmente el cacique
estaba agitadlsimo.
288 JUANITA LA LARGA
Por medio del maestro de escuela, á quien había
hecho venir y con quien había hablado, sabía ya
cuanto el maestro de escuela sabía.
Don Pascual, creyendo hacer un bien á sus
amigos, había revelado á don Andrés los celos y la
desesperación de don Paco, causa de su fuga; lo
que á don Paco había ocurrido en sus dos días de
campo; el amor de Juanita, tan enamorada de él
como él de ella, y el sentimentalismo de Juanita
en favor de Antoñuelo y su deseo vehemente de
salvarle, hallando los ocho mil reales- para tapar la
boca del tendero murciano.
Hasta aquí sabía don Pascual, y hasta aquí supo
don Andrés, sin llegar á saber lo del pagaré ni la
visita de Juanita á don Paco, que fueron sucesos
posteriores y que don Pascual ignoraba.
Don Andrés, por experiencia propia, no era muy
inclinado á creer en la virtud de las mujeres. No
tenía tampoco motivo alguno para hacer de Jua-
nita una excepción honrosa. Al contrario, la jua-
gaba desenvuelta, provocativa y educada en plena
libertad por una madre ordinariota é ignorante, de
la clase más baja de la sociedad y antigua pecadora
más ó menos arrepentida.
Como hombre á quien la elevada posición no
venía de abolengo porque su padre y él se habían
levantado por saber y esfuerzos sobre la plebe á
que pertenecían, don Andrés, sin poderlo remediar,
y más bien á causa que á pesar de su mucho
entendimiento, tenía peor opinión de la gente me-
nuda que aquellos que desde tiempo inmemorial, ó
después de una larga serie de antepasados ilustres.
JUANITA LA LARGA 289
descuellan entre el vulgo. Suelen éstos atribuir la
superioridad que tienen y el acatamiento que se les
da á circunstancias dichosas; á haber nacido donde
han nacido; é una ficción social y legal de que en
lo íntimo de su alma no pueden jactarse. De aquí
que sean modestos en el fondo y que por naturaleza
consideren igual ó superior á ellos á la más ínfima
y cuitada criatura humana. Por el contrario, don
Andrés, como no pocas otras personas que por ellas
mismas se encumbran, se sentía muy superior á
cuantos prójimos le rodeaban. Y como él era ade-
más inteUgente escrutador del valer propio, y se
encontraba, aunque apenas osaba confesárselo, con
no pocos defectos y vicios, no podía menos de
atribuir ó de conceder muchísimos más á cuantas
personas miraba en torno de él, dominándolas y
humillándolas.
Así predispuesto, y valiéndose de los datos que
ya tenía, trazó don Andrés en su mente el carácter
de Juanita y compuso á su manera la historia de
la muchacha.
Para explicarse el empeño que ella formaba en
salvar al hijo del herrador, dio por cierto que había
sido muy prematuramente su amiga. Y en el amor
de Juanita á don Paco no vio más que el plan de
casarse con el hombre más importante que después
de él había en la villa.
Ambos planes repugnaban extraordinariamente
al cacique. Querer salvar á Antoñuelo, aunque
Antoñuelo fuese su pariente más ó menos lejano,
le parecía detestable y absurda aberración. Lo que
convenía era la condenación de Antoñuelo para
19
290 JUANITA LA LARGA
escarmiento de otros picaros y para seguridad y
descanso de las personas pacíficas y honradas. Don
Andrés había censurado siempre la compasión
malsana que los criminales suelen inspirar en
nuestro país y había aplaudido la impaciente seve-
ridad con que los yankees lynchan sin escrúpulo á
quien la justicia anda rehacia en dar el merecido
castigo.
El casamiento de don Paco con Juanita le parecía
aún mayor monstruosidad. Acaso en un principio
Juanita gustaría de don Paco, pero pronto sentiría
la desproporción de edad, porque la de don Paco
era triple que la de ella, de suerte que don Andrés
preveía y deploraba proféticamente que Juanita
acabaría por poner en ridículo al ilustre secretario
del Ayuntamiento y por hacerle muy desgraciado.
Por otra parte, don Andrés temblaba al pensar en
el furor de doña Inés cuando descubriese que
Juanita, con su hipocresía y sus embustes, la había
estado engañando, y que, en vez de meterse monja,
se casaba con don Paco, y daba por madrastra, á
ella, enlazada ya con la familia más noble de toda
aquella comarca, después de la familia del duque,
á la hija ilegítima de una mondonguera.
Doña Inés, si tal cosa se realizase, sería capaz
de tener un ataque de rabia ó de estallar como una
bomba.
Calculaba don Andrés que él podía prestar dos
muy importantes servicios: uno á doña Inés, impi-
diendo que su padre la avergonzara casándose con
una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro
á don Paco abriéndole los ojos para que al fin
JUANITA LA LARGA 291
comprendiese que Juanita no le queria sino por
interés, y que él no debía casarse con ella por ser
indigna de su cariño.
El desengaño sería cruel para don Paco, pero
don Andrés se disculpaba la crueldad, recordando
aquello de quien bien te quiere te hará llorar y lo
otro de la letra con sangre entra.
AI prestar estos dos servicios no se le ocultaba á
don Andrés lo mucho que él se exponía. Se exponía
por una parte á que doña Inés llegase á saber que
él quería seducir ó había seducido á Juanita, lo
cual enfurecería á doña Inés por dos razones: por-
que contrariaba sus planes místicos de que Juanita
fuese monja y porque deslucía ó manchaba el amor
(sin duda platónico) con que el propio don Andrés
la estaba, hacía más de siete años, complaciendo,
tal vez poetizándole la vida, y consolándola de
tener un marido tan perdulario. Y se exponía
además á que don Paco no quisiese aguantar la
lección, prescindiese de todos los favores que le
debía y le buscase camorra.
Don Andrés no se arredraba ante la previsión
de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola,
y don Paco no sabía de esgrima y jamás había
tomado una pistola en la mano; pero bien podía don
Paco, como lugareño que era y nada acostumbrado
á perfiles y á ceremonias, perder un día la cabeza
y rompérsela á él, porque tenía la mano pesada y
manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pací-
fico, había dado ya diversas pruebas, además de la
que salió tan cara á Antoñuelo.
La primera vez, huyó don Paco porque se juz-
292 JUANITA LA LARGA
gaba desdeñado de Juanita y razonablemente na
podía darse por ofendido ni de que ella favoreciese
á otro ni tampoco del amante favorecido.
El caso era ya muy diferente, don Andrés, aun-
que no lo sabía, sospechaba que Juanita y don
Paco se verían ó se habrían visto y estarían de
acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que á
él hiciera Juanita, sería una infidelidad de ésta, y
para don Paco un agravio que probablemente no
se resignaría á sufrir y del que resolvería tomar
venganza.
A pesar de tales inconvenientes, don Andrés na
se arredraba. Se sentía picado de que á él, omni-^
potente en Villalegre, se le desdeñase de aquel
modo. El mismo desdén estimulaba más su deseo.
Hasta por amor propio quería á toda costa triunfar
de Juanita. Ardua era la empresa, pero él no se la.
figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con
él y le había provocado. Era cierto que, cuando la.
besó en la antesala, ella le rechazó con furia, ¿pero
no fué acaso furia fingida porque entró don Paco y
le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que
fué furia fingida.
— Ya veremos — decía para sí — si me rechaza
donde y cuando esté ella segura de que no entra-
don Paco á interrumpirnos.
A pesar de su momentánea rivalidad, don Andrés
quería de corazón á don Paco, reconocía todo su
mérito, apreciaba todos sus servicios y distaba,
mucho de querer hacerle el menor daño. Lejos de
eso lo que anhelaba era desengañarle en sazón j
oponerse á su absurda boda.
JUANITA LA LARGA 293
De todos modos, á fin de precaverse contra el
peligro de que don Paco no gustase de ser des-
-engañado, y de que, en un instante de celosa locura,
llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrés,
<jue de ordinario no llevaba armas, tomó un pe-
queño revólver de seis tiros y se le guardó en la
faltriquera.
Antes de salir de casa, á eso de las diez de la
mañana, habló don Andrés con el criado de mayor
confianza y más listo que tenía. Era su secretario,
su ayuda de cámara, su confidente favorito y al mis-
mo tiempo su bufón, porque tenía mucho chiste:
baste decir que hacía de Longino en las procesiones.
Don Andrés recomendándole el más profundo
«igilo y la mayor cautela, hubo de hablarle así:
— Deseo y necesito tener una entrevista á solas
•con cierta persona que de seguro no querrá venir á
mi casa, al menos la vez primera, aunque después
aprenda el camino y venga con gusto. Posible es
también que dicha persona se niegue á recibirme
«i yo directamente ó valiéndome de tí pido á ella
que me reciba. Importa, pues, que tú te dirijas á
la criada de dicha persona y ganes su voluntad,
-con presentes ó como quiera que sea, para que ella
hable con su ama y la convenza y la incline á
•darme la cita. Quiero que esto sea en todo el día
•de hoy ó en el de mañana, hasta las nueve de la
noche. Durante este tiempo la ocasión es propicia y
<3onviene no perderla. Acaso ocurra que la persona
<jue yo pretendo me cite no se preste á confesar
que accede á la cita y guste de aparentar que yo,
j)or traición de su criada, entro á pesar suyo en su
294 JUANITA LA LARGA
casa y la sorprendo. Para que nadie se entere^
porque no quiero disgustar ni ofender á nadie, debe
ser la cita y debo yo ir á ella después de anochecido.
— ^¿Y quién es la persona que ha de citar á V. E. y
que gasta tanto melindre? — se atrevió á preguntar
Longino.
— Pues la persona — contestó don Andrés bajando
más la voz — es Juanita la Larga.
Muy sorprendido se mostró Longino al oir esto^
lo cual agradó sobremanera á don Andrés, porque
era prueba evidente del misterio y del disimula
con que él hasta entonces había perseguido á leu
muchacha. Cuando Longino no había sospechada
lo más leve era indudable que nadie en el lugar lo
sospechaba y que el secreto, hasta entonces, se
había guardado entre don Paco, él y ella.
Muy satisfecho Longino del encargo delicadísima
que su señor acababa de confiarle, prometió hacer
prodigios de destreza para que nada se divulgase y
para que todo se lograse. Informó además á su ama
de que Eafaela, la criada de ambas Jiíanas, á quien
él cono/íía, era muy callada, muy lista y muy expe-
rimentada, porque frisaba ya en los cincuenta,
años y la había corrido en su mocedad, y si bien la
fortuna siempre le había sido adversa, ella sabía-
dónde le apretaba el zapato.
— Otro gallo le cantara — dijo Longino — y na
estaría de fregona si la fortuna no fuese tan capri-
chosa y tan ciega.
Terminado este coloquio, todavía antes de saUr
de casa tuvo don Andrés otra conversación intere-
sante.
JUANITA LA LARGA ^ 295
Quien habló con él fué una mujer que entraba
á verle con frecuencia y que le traía y le llevaba
recados de la señora doña Inés López de Boldán,
sin duda para los negocios y obras de caridad que
ellos trataban y hacían juntos.
La interlocutora de don Andrés ya comprenderá
el lector que fué Serafina.
Venía á decirle que su ama quería hablar con él
y que le rogaba que fuese á su casa á la hora de la
siesta.
Tan preocupado estaba don Andrés que, por más
que el menor deseo de doña Inés fuese para él
soberano mandato, se excusó de ir por la multitud
de quehaceres que le agobiaban y sólo prometió ir
á la tertuha por la noche.
Para que doña Inés se entretuviese en su soledad
ó en compañía de Juanita la Larga dio don Andrés
á Serafina dos bellísimos libros devotos que acaba-
ban de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fé
le enviaba, sabedor de las inclinaciones ascéticas y
místicas de la señora principal de Villalegre. Eran
estos dos libros el Tratado de la Tribulación, de
Fray Pedro de Rivadeneira, y La Conquista del
reino de Dios, de Fray Juan de los Angeles.
Serafina dio á entender á don Andrés que su ama
tenía grandísima curiosidad de saber quién había
apaleado á Antoñuelo y por qué motivo. Y juzgando
don Andrés que la verdad era el mejor disimulo en
este caso, contó á Serafina, para que se lo refiriese
á su ama, que don Paco, después de haber vagado
por extravagancia y capricho descubrió el secuestro
del tendero murciano, y que para libertarle y aun
296 JUANITA LA LARGA
para defender la propia vida tuvo que apalear al
hijg del herrador, sin conocerle hasta después,
porque llevaba carátula. Todo se explicaba asi con
la misma verdad y don Andrés alejaba de la mente
de doña Inés hasta la menor sospecha.
XXXIX
JUANITA, después de haber declarado su amor á
don Paco y después de tener por seguro que no
procesarían á Antoñuelo, se puso tan contenta y se
aquietó de tal suerte, que desistió de todo propósito
de venganza contra doña Inés, á pesar de lo mucho
que doña Inés la había molido. Se arrepintió tam-
bién de su prolongado disimulo y se propuso, sin
retardarlo ya más que hasta el día siguiente miér-
coles, entre diez y once de la noche, hacer público
8U noviazgo y su futuro casamiento con don Paco.
Hasta entonces tenía ella una vaga esperanza
de poder preparar el ánimo de doña Inés, á fin de
evitar su enojo; pero si esto no se lograba, Juanita
estaba decidida, contando con la decisión de don
Paco, á arrostrar el enojo de doña Inés y el de todo
el mundo y á hacer su gusto casándose, aunque
ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar
por insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la
posición de que en él gozaban.
298 JUANITA LA LARGA
A Juana la había visto un breve instante, pero
confiaba tan poco en su circunspección y en la
serenidad de su juicio, que no se atrevió á decirle
nada ni á informarla de sus proyectos, de repente
y sin preámbulo alguno. Aguardó, pues, hasta el
día siguiente, cuando su madre volviese ya de casa
de don Andrés después de concluido su trabajo, i
la hora en que había citado ¿ don Paco, para que
él también hablase á su madre y los tres se pusie-
sen de acuerdo.
Entre tanto Juanita creyó prudente y decoroso
no ver á don Paco, y violentándose le impuso la
condición de que no la buscase ni tratase de verla.
Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas
cosas en que pensar y que hacer, que no quería que
por lo pronto la distrajesen de ello sus amores.
Era Juanita devotísima de la Virgen de la Sole-
dad y subió á la iglesia que está cerca del castillo y
donde se venera su imagen, á darle gracias por los
beneficios ya recibidos y á rogarle fervorosamente
para que la fortaleciese en sus propósitos, que ella
creía santos y buenos.
Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana
de la villa. La parte alta, donde están el castillo y
la antigua iglesia, se hallaba aquel día muy solitaria.
Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto.
Al salir de él tuvo la desagradable sorpresa de en-
contrarse con don Andrés, que la había espiado,
que la había visto subir, que la había seguido y que
la aguardaba á la puerta.
Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la
muchacha. Aunque ella creía haber disipado todos
JUANITA LA LARGA 299
los recelos de don Paco y haberle inspirado con-
fianza bastante para que no la vigilara, todavía
temió que don Paco ó la viese en compañía de don
Andrés ó supiese por alguien que iba en su compa-
ñía, y aunque contra ella no formase queja, acabase
por ofenderse de la obstinación con que don Andrés
la perseguía y rompiese con él de una manera es-
truendosa.
Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver
que don Andrés se acercó á ella; la acompañó
mientras bajaba la cuesta, la requebró con más
fervor que respeto, le recordó los besos de la ante-
sala y le hizo las más atrevidas proposiciones.
Como don Andrés ignoraba el concierto de Juanita
con el tendero murciano, venció su repugnancia á
dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas
hizo á Juanita la de dar él los ocho mil reales para
que no fuese acusado Antoñuelo.
— ^Ya no necesito el dinero, señor don Andrés —
dijo Juanita. — Don Eamón ha recuperado lo que
se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo su-
pHco á V. E. que me deje y no me persiga, y que
no me ofenda proponiéndome lo que no puede ser. Y
si V.E. no se retrae de seguirme por mi respeto, por-
que yo se lo suplico con humildad, retráigase por
el temor de ofender á personas que le son queridas.
— Yo no temo que esas personas se ofendan.
— Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi
señora doña Inés, á quien bien quiero y á quien
debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda
don Paco, quien... fuera disimulo, ya es tiempo de
que lo sepa V. E. si no lo sabe... es mi novio.
joo JUANITA LA LARGA
— ¿Y cómo — dijo don Andrés — recelas tú que don
Paco 86 escape otra vez y se vaya á vagar por esos
andurriales?
—Mucho me pesaría — replicó Juanita — de que
hiciese tal cosa; pero en esta nueva ocasión no sería
eso lo que él haría, sino algo que yo lamentaría mil
veces más. Yo quiero
que él y que V. E., á
quien debe él tantos
favores, sigan siendo
buenos amigos. Para
ello es indispensable
que se reporte V. E. y
no me falte.
—Al contrario — dijo
don Andrés sonriendo
con sonrisa algo forza-
da. — Quien me falta
eres tú. Dame una cita
para verte en tu casa
á solas y ya verás como
no te falto. Todo será
con recato y sigilo. Nada sabrán ni don Paco ni doña
Inés, y no tendrán de qué quejarse ni de tí ni de mí.
Llegaban en .e«tc & la plaza, después de haber
bajado la cuesta. Juanita, sin hacer atención á las
últimas palabras de don Andrés y temerosa de que
la vieran con él porque allí había mucha gente, ex-
clamó con cierta angustia:
— Por amor de Dios, señor don Andrés: déjeme
V. E. en pftz, y no se comprometa ni me com-
prometa.
JUANITA LA LARGA 301
DoD Andrés conoció ain duda que tenia razón la
muchacha; cedió á su súplica, y se apartó de ella.
Juanita volvió Bola ¿ su casa, afligidísima, des-
corazonada y humillada al ver cuan poco respeto
infundia.
Era mayor su humillación al considerar que en
aquellos días últimos hasta el idiota de don Alvaro,
á pesar de los sofiones de que habla sido objeto,
habla vuelto á las andadas, mostrándose con ella
insolente y atrevido.
Luego que entró Juanita en su cuarto, cerró los
puños con cólera , se echó boca abajo en la cama y
sollozó con amargura.
J
XL
EBA doña Inés López de Boldán personaje de
carácter tan enrevesado y complejo que &
menudo me arrepiento de haberla sacado á relucir
como ima de las dos heroínas de esta historia, por-
que hallo difícil describirla bien y trasmitir á mis
lectores concepto igual al que tengo formado de
ella, investigando y dilucidando con claridad el
móvil de sus pasiones y de sus actos.
Ella misma, como era reflexiva y pensadora, y
como en sus ratos de ocio, que no eran pocos, había
leído y aprendido bastante, se afanaba por lograr el
propio conocimiento y le encontraba harto obscuro.
Las doctrinas de esto que llaman teosofía, noví-
simas en Europa, aunque antiquísimas en la India,
no habían aportado aún por Villalegre, y doña Inés
no podía, fundándose en ellas, suponer que su ser
íntimo constaba de siete diversos principios: pero
doña Inés sabía que Platón daba, sobre poco más
ó menos, tres almas á todo ser humano. Haciendo-
304 JUANITA LA LARGA
se, pues, platónica, se puso á sospechar que ella
tenía tres almas.
Confirmó su sospecha y casi la convirtió en cer-
tidumbre el ver que, lejos de tener algo de herético
aquel pensamiento, concordaba en cierto modo con
la más sana y católica filosofía.
Uno de los libros que con frecuencia y gusto leía
doña Inés era el que escribió el iluminado y extá-
tico varón Fray Miguel de la Fuente acerca de
Las tres vidas del hombre. De aquí que no titubease
doña Inés en imaginar que tenía tres vidas. Yo
también lo imagino, y casi me atrevo á darlo por
seguro. Sólo de esta suerte atino á entrever el tene-
broso enigma de su figura moral y de su extraña
condición y naturaleza.
Había en doña Inés tres energías ó poderes dis-
tintos, escalonados y sobrepuestos, ora de acuerdo
los tres, ora independientes y en guerra, aunque
formando, durante esta vida mortal, la unidad
inseparable de su singular individuo.
Para cada uno de estos poderes se había buscado
doña Inés un ministro, ó si se quiere, una ministra.
Para su alma sensual, que entendía y se empleaba
en las cosas y negocios corpóreos y vulgares, tenía
á Crispina, que la ponía al corriente de todos lo»
sucesos del lugar sin elevación ni trascendencia.
Para su alma sentimental, concupiscible, irascible
y discursiva; para su facultad y aptitud de aborre-
cer, amar y calcular, sobre todo en relación con lo
temporal y visible, tenía á la discreta criada Sera-
fina. Y para el alma pura ó ápice del alma, para la
suprema porción del entendimiento y del afecto.
jfüANlTA LA LARGA 305
porción toda espiritual y divina, simple inteligencia
ó mente, había estado doña Inés sin ministra du-
rante largos años, hasta que por último la había
hallado ó la había creído hallar en Juanita la Lar-
ga, á quien tan injustamente despreció y odió de
oídas y al verla por vez primera.
Fué como perla que se descubre en un muladar
y que se estima más cuando el que la descubre se
persuade de que es fina. Fué como flor hallada en
tieitra inculta, fuera de la cerca del huerto que se
cultiva, y que por eso mismo sorprende y enamora
más, celándola quien la posee por el temor de que
la huelle j pisotee, á su paso, algún animal in-
mundo.
Así se comprende, en mi sentir, el amor y el
celoso cuidado con que doña Inés miraba á Juanita,
que era ya para ella lo más ideal de cuanto podía
concebir en lo humano.
Tal vez doña Inés reconocía con dolor que su
propia alma suprema se había inficionado é impu-
rificado un tanto por culpa de circunstancias exte-
riores que habían hecho prevalecer y triunfar en
varios puntos las otras dos almas, inferior y media.
Y á fin de que no se le inficionase también el alma
pura y superior de la amiga y ministra que había
encontrado y que era su regalo y consuelo, quería
doña Inés que Juanita fuese monja ó sea trasplan-
tar la flor del campo abierto y sin defensa al huerto
cerrado y defendido; pero como al propio tiempo se
complacía y deleitaba con tener á Juanita cerca de
sí, vacilaba aún y retardaba el día en que pensaba
obligar á Juanita á retirarse al claustro.
20
3o6 JUANITA LA LARGA
En el momento presente de nuestra historia,
prevalecía en doña Inés el empeño de empujar &
Juanita hacia el monjío. Preveía para ella peligros
inminentes y ansiaba salvarla, aun & costa de pri-
varse de su agradable presencia y de su dulce trato.
Se comprenderá qué clase de peligros temía la
señora de Boldán, si echamos una ligera ojeada
retrospectiva y ponemos al lector en antecedentes.
Dios me libre de ser calumniador y de pecar de
malicioso. Quizás fuesen ponzoñosas hablillas de
I9. malvada lengua del boticario, á lo que parece,
acérrimo enemigo de Serafina.
Serafina, que era también burlona y maldiciente,
murmurando y haciendo mucha befa, había referido
por todas partes que la hija menor del escribano,
de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya
cuenta, estaba prendada del boticario y le deseaba
como marido, aunque sólo fuese para no ser menos
que su hermana mayor doña Nicolasita, la cual iba
pronto á casarse con Pepito, el hijo del albardone-
ro, famoso doctor en leyes. Sólo se aguardaba para
celebrar la boda que el diputado sacase al novio un
empleo de diez ó doce mil reales que le habían
pedido hacía más de un año. Doña Nicolasita esta-
ba más impaciente que nadie; echaba mil maldicio-
nes al diputado, decía que no servía de nada y
conspiraba para que en las próximas elecciones
eligiesen á otro que sacase empleos con más facili-
dad y prontitud.
Entre tanto, ó de veras ó fingiéndolo, había en-
fermado su hermana menor, y el boticario, que con
permiso del médico, visitaba también y tenía bas-
JUANITA LA LARGA 307
tantes igualas, era quien asistía á la enfermita, y
tenía que visitarla dos veces al día ó por lo menos
de diario. Don Policarpo no se daba por entendido
de la verdadera enfermedad y distaba mucho de
querer aplicarle el conveniente remedio. La iguala
que tenía con el escribano era de las más cuantio-
sas del lugar: cada año cincuenta reales. Esto, no
obstante, le parecía muy poco para pagar tanta
visita; por lo cual, según Serafina, el boticario bus-
caba compensación recetando mucho y obligando
al escribano á gastar su dinero en potingues de los
que él elaboraba en su casa.
Yo me inclino á presumir que, ofendido el boti-
cario por las burlas de Serafina sobre el mencionado
negocio, divulgó contra ella lo que voy á contar
como me lo han contado, sin responder de que sea
verdad, exageración ó mentira.
A lo que parece, don Alvaro Eoldán, que andaba
antes extraviadísimo, lejos de su casa, muy á me-
nudo en otras poblaciones, entregado á mil livian-
dades y francachelas, y gastándose los dineros con
doncellitas andantes que hospedaba en sus caserías,
se había vuelto sedentario, casero, morigerado y
mucho más económico. El picaro del boticario col-
gaba á Serafina el milagro de esta conversión, y
aun se atrevía á sostener que la señora doña Inés
hacía la vista gorda y no se percataba del tal mila-
gro, cuya comodidad y baratura no podía menos
de celebrar en el fondo del alma.
Como quiera que fuese, la verdad es que Sera-
fina, que jamás notó que don Andrés persiguiese á
Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera
3o8 JUANITA LA LARGA
dicho, porque no le convenía decirlo, notó muy bien
los atrevimientos de don Alvaro y sus persecucionea
á Juanita, y enojada y temerosa de una usurpación
de atribuciones, acudió á doña Inés con el soplo.
Al principio no dio doña Inés grande importancia
á la acusación; pero en aquellos últimos días la
renovó Serafina con tal vehemencia é insistencia
que doña Inés se puso sobre ascuas. Se puso como
se pondría apasionada jardinera si viese que un
sapo ú otro bicho feo y vicioso trataba de deshojar
ó marchitar la planta florida que más la deleitase.
Doña Inés estaba furiosa contra el sapo y llena
de miedo también de que, interviniendo el diablo,
que todo lo añasca, pudiese conseguir el sapo su
detestable propósito. La misma inocencia de Jua-
nita y la libertad y el abandono en que vivía, sin
el arrimo y el consejo que suele prestar la prudencia
de una madre, aumentaban el sobresalto de doña
Inés. De aquí que ahora estuviera impaciente por
consumar su sacrificio de separarse de la muchacha
enviándola á un convento cuanto antes mejor.
XLI
DE harto mal talante, y á ñn de no faltar á la
costumbre convertida ya en deber, Juanita
acudió & casa de doña Inés para las lecturas y
coloquios que ambas tenían á solas.
Aquella tarde no hubo lectura, & pesar de los
nuevos libros devotos que doña Inés habla recibido.
La agitación de la ilustre señora no le consentía
leer ni tratar de nada que no estuviese en inme-
diata relación con el punto ó que no fuese el punto
mismo que la traía tan inquieta y azorada.
Lo que hizo doña Inés fué extremarse con Jua-
nita en demostraciones de cariño. Ella misma se
calificó de pastora y apellidó á Juanita inocente
cordera, dándole* á entender, casi con lágrimas y
con entrecortados suspiros, el fundado temor que
la afligía de verla entre las uñas y los dientes del
lobo. Persistiendo en su metáfora pastoril, ex-
clamó:
— ^Sí, hija mía; mi dolor sería inmenso si por
3IO JUANITA LA LARGA
imprevisión y descuido te dejase yo caer entre las
garras de la infame bestia que anhela devorarte y
viese el candido vellón de la cordera teñido en
sangre y manchado con la impura baba del mons-
truo. Es menester que yo te defienda y te ponga
en salvo. Por mí sola no puedo vigilarte. Lo que
puedo hacer y haré es conducirte pronto al redil,
donde irás dócil y estarás segura. No acierto á
encarecer, ni tú acertarás á figurarte cuan inmenso
será mi sacrificio al separarme de tí, porque eres
mi consuelo y mi encanto. Pero Dios quiere que
nos separemos, y tendré que conformarme con su
voluntad.
Juanita, más sorprendida que asustada, abría
mucho los ojos y no sabía qué responder ni qué
pensar de todo aquello. Seguía silenciosa y sólo
decía para sí:
— ¿Qué monstruo será este que según doña Inés
trata de devorarme? ¿Sabrá ella que don Andrés
me persigue y me solicita, y le llamará por eso
monstruo é infame bestia? Como quiera que ello
sea, yo no me atrevo aún á decirle que no me da
la gana de ir al redil y que fuera de él, y sin pas-
tora ni nada, ya cuidaré que no me coma el lobo.
Lo mejor, por lo pronto, es callarme y aguantar
sus majaderías. El redil está lejos aún y ya tendré
ocasión de sublevarme, de arrancar el cayadg de
manos de la pastora, y hasta de sacudirle con él
si se obstina en guiarme y en disponer de mí á su
antojo.
Con esta bien meditada resolución, Juanita no
respondía sino con gruñiditos dulces y con términos
JUANITA LA LARGA 311
vagos á los apasionados discursos de su bella amiga
y protectora.
La paciencia de Juanita iba, sin embargo, ago-
tándose. Bien podríamos asegurar que á Juanita no
le quedaba ya paciencia ni para veinticuatro horas.
Mucho le dolía no sacar al fin la menor ventaja de
su sufrimiento y de su disimulo durante año y
medio, y tener que retroceder al estado de guerra y
á la situación en que después del sermón del padre
Anselmo se había colocado. Por esto determinó
sufrir aún y esperar hasta el siguiente día.
Después de despedirse de doña Inés, á las siete
de la noche, para volver á su casa, Juanita se
encontró en la antesala con el señor don Alvaro, el
cual vino hacia ella con suma galantería y le dijo:
— Ingrata, cruel hechizo de mi vida, ¿por qué
eres tan tonta y tan terca? Quiéreme y amánsate.
No sabes lo que te pierdes con no quererme.
— ^¿Qué he de perder yo, so peal? — contestó Jua-
nita dándole un bufido, porque allí no había la
menor razón para que ella refrenase su cólera.
Bajó las escaleras, y antes de salir á la calle se
encontró en el zaguán con don Andrés, que estaba
aguardándola en acecho y que intentó retenerla
asiendo su cintura.
Con ligereza se escapó Juanita sin que don
Andrés la tocara, y se puso en la calle de un
brinco. Don Andrés la siguió.
— Déjeme en paz V. E. — dijo ella;— no sea pesa-
do, no sea imprudente. Mire que puede salirle mal
este juego.
. — ¡Hola, hola! ¿Te me vienes con amenazas?
3W JUANITA LA LARGA
— No son amenazas: son advertencias amistosas,
señor don Andrés. Yo no pretendo asustarle, sino
persuadirle de que tiene ya dueño lo que V. E.
pretende poseer por un liviano capricho ó por el
antojo de un mo-
mento.
— No quiero yo
— replicó don
Andrés con inso-
lencia—privar al
dueño de su pro-
piedad. Imagina-
tela como un
hermoso jardín.
¿Dejará de ser
suyo y perderá el
jardín su lozanía
y sus primores
porque un foras-
tero de buen
gusto y sigiloso
entre en él por
algunos momen-
tos ó de vez en
su verdura y de
cuando y goce de sus flores, de
— Señor don Andrés, el jardfn de que aquí se
trata no tiene verduras, ni flores, sino para su amo.
Para los demás, sin excluir á V. E., sólo tiene
ortigas, aulagas, cadillos y cardos ajonjeros. Con
qae así no sueñe V. E. con entrar en él para delei-
tarse, porque se expone á quedar preso y pegado
JUANITA LA LARGA 313
con el ajonje, y á salir respingando, picado por las
ortigas y todo cubierto de pinchos y de púas.
Mientras hablaba así y mortificaba á don Andrés,
Juanita apretaba el paso, y cuando estuvo ya cerca
de su casa dio una carrerita, llegó á ella, abrió á
escape con la llave que guardaba en el bolsillo y
cerró la puerta de golpe.
Tratando de distraer su mal humor, Juanita se
puso á coser con precipitación, como si tuviese que
terminar una tarea.
Bafaela, la vieja criada, entraba y salla con
frecuencia en la sala baja donde se hallaba Juanita;
y abandonando la cocina dejaba ver que tenía
mucha gana de enredar conversación con la joven.
Le habló varias veces, pero distraída Juanita por
sus pensamientos, sólo respondía con monosílabos,
sin dar pábulo á la conversación, y la conversación
espiraba.
Bafaela se quedó una vez mirando en silencio la
costura de la joven, y luego dijo:
— Ay, niña, qué pena me da de verte tan afanada
trabajando siempre! Tu madre también trabaja
mucho. ¿Y qué ganan ustedes con esto? Muy poco.
El trabajo de las mujeres está muy mal pagado. Es
casi imposible el ahorro. Lo comido por lo servido.
Vienen las enfermedades y la vejez y traen consigo
la miseria. Entonces solemos arrepentimos de no
haber sabido aprovechar la juventud y de haber
desperdiciado las buenas ocasiones.
— Veo que estás muy sentenciosa, Rafaela, — in-
terpuso Juanita. — ¿Qué quieres indicarme con eso?
— Pues quiero indicar que tú vives con mil
314 JUANITA LA LARGA
apuros, te cansas la vista y te estropeas las manos
trabajando, y dejas que tu madre trabaje también
como un azacán. Y todo, ¿para qué? Para vivir
pobremente, comer mal y andar por esas calles
hecha un guiñapo, cubierta la cabeza con un man-
toncillo de mala muerte, cuando, si tú quisieras,
podrías ir vestida como una reina y ser la envidia
de las más encopetadas y ricas señoritas de este
lugar, sin que la propia doña Inés dejara de con-
tarse en el número de las envidiosas.
— ¿Y cómo he de hacer yo ese milagro? — pre-
guntó Juanita.
— Nada hay más fácil — contestó Eafaela. —
Estamos solas, y te hablaré sin rodeos. Hay un
hombre, el más poderoso del lugar, que se pirra por
tus pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado
y con tu desdén le tienes frito. Todo depende de tí.
Deja de ser arisca, pronuncia una sola palabra, y
tendrás cuanto quieras.
Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo en-
tonces la muchacha:
— ¿Y qué palabra es esa que he de pronunciar?
¿Qué conjuro es ese que ha de poner en mis manos
por arte mágica tan pasmosas riquezas? ¿Quién es
el hechicero que acudirá á mi evocación y que será
tan generoso conmigo?
— Pues, quién ha ser niña — contestó Bafaela»
animada al ver ó al imaginar que se recibían sin
enojo sus insinuaciones. — Quién ha de ser sino el
propio excelentísimo señor don Andrés Rubio?
— ¿Y por dónde lo sabes tú? ¿Quién te enco-
mendó que me vinieses con ese recado?
JUANITA LA LARGA 315
— Me lo encomendó... nada más natural... el con-
fidente de don Andrés. Me lo encomendó Longino.
— Ahora lo comprendo: como Longino es tan
bromista ha querido damos una broma; porque
supongo que no me tomará por Cristo ni pensará
en darme una lanzada.
— Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el
mayor respeto porque eres el ídolo de su señor y
pretende con toda seriedad que recibas á su señor
en tu santuario.
— Pues mira, Bafaela — contestó Juanita — di á
Longino cpn toda seriedad también, que es un
galopín sin vergüenza, y que él y su amo se vayan
á escardar cebollinos.
— ^No te alteres hija; no te subas á la parra — dijo
Bafaela al ver enojada á Juanita. — ¿Qué se pierde
ni qué ofensa se te hace en tentar el vado?
— Mejor será que tiente usted al diablo, tía bruja.
Arre, fuera de aquí: móntese usted en el escobón y
trasponga al aquelarre.
— ^No es para tanto furor. Yo te lo proponía por
tu bien y sin interés alguno. De desagradecidos está
el infierno lleno.
Bafaela se fué á la cocina refunfuñando.
Juana volvió poco después de casa del cacique.
Juanita siguió guardando silencio sin decirle nada
de lo ocurrido.
Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desve-
lada. Su orgullo, en su sentir humillado, le hería
el corazón y no la dejaba dormir. ¿Con que no
podría ella, por sí misma y libre, hacerse respetar?
¿Sería menester acudir á don Paco para que la
3i6 JUANITA LA LARGA
defendiera, comprometiéndose? ¿Tendría razón doña
Inés en aconsejarle que fuese monja? ¿Eran tan
viles sus antecedentes que no podría ella ser esti-
mada y acatada sino bajo la protección y tutela
de un hombre generoso que le tendiese la mano
y la sacase del fango en que al parecer había vi-
vido?
Estas y otras semejantes reflexiones atormenta-
ban horriblemente á la muchacha y espoleaban su
soberbia.
Triste y ojerosa se levantó apenas fué de día.
Dos ó tres horas estuvo cavilando, rabiando y
formando distintos proyectos.
Varias veces pensó en ir á ver á don Paco, á
quien había prohibido venir á verla hasta las diez
y media de la noche, y á quien se había propuesto
no ver antes. Pensó contarle la insolente pretensión
de don Andrés para que don Paco le tuviese á raya;
pero pronto desistió de tan cobarde propósito.
Al .fin, como Juanita era muy devota, tomó su
mantón y se fué á rezar á la iglesia, esperando
encontrar allí inspiración y consuelo.
Juana se había ido ya de nuevo en casa de don
Andrés á continuar en sus ocupaciones culinarias y
en sus preparativos de la gran cena.
No ya esta vez en la iglesia de la Soledad, que
está en lo alto del cerro, sino en la nueva parroquia,
antiguo convento de Santo Domingo, donde fué tan
maltratada por el sermón, Juanita estuvo rezando
fervorosamente, durante mucho tiempo.
Al salir de la iglesia para volver á su casa, se
encontró con Longino de manos á boca. Longino
JUANITA LA LARGA 317
Be acercó á ella, la saludó con socarrona finura y le
dijo en voz baja, casi al oído:
— ^No sea usted tan dura y tan sin entrañas. Np
deje morir á quien se muere por usted de mal de
amores. Déle la cita que humildemente le pide.
Juanita dio un paso atrás como quien se aparta
de objeto que le inspira asco y lanzó á Longino una
mirada de soberano desprecio.
Longino no la comprendió.
Después, con todo el sosiego y con toda la frescu-
ra de quien ha tomado una resolución firme y sabe
lo que dice y lo que hace, Juanita contestó:
— Diga usted á su amo que le aguardo esta noche,
en mi casa á las ocho en punto. Bafaela abrirá la
puerta. Yo estaré sola en la sala alta.
XLH
DON Paco pasó varias veces aquel día por la
puerta de la casa de Juanita; pero no se
atrevió á entrar en ella antes de la hora convenida.
Aunque Juanita le vio, no quiso llamarle, ni
hablarle, tal vez por temor de revelar involuntaria-
mente cosas que quería tener calladas.
Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de
casa, cosiendo con la mayor tranquilidad.
Entonces llamó á Bafaela y le dijo:
— Oye, Kafaela: he mudado de opinión. Tus
razones me han convencido. Esta noche recibiré al
señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no
faltará. Está á la mira tú; ábrele, si es posible,
antes de que llame, y dile que suba á la sala alta,
donde yo le aguardo. Tú no subirás ni acudirás,
suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi
madre ha de parecer como si no hubiese nadie en
esta casa sino yo y el señor don Andrés. ¿Me has
comprendido?
320 JUANITA LA LARGA
— Te he comprendido y haré como lo dices —
contestó Rafaela.
En seguida se marchó Juanita á pasar la tarde
con doña Inés, según tenía de costumbre.
Con gran devoción y serenidad leyó á su madrina
no pocas devociones y rezos propios de la Semana
Santa en que estaban.
Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctri-
nar á Juanita para el monjío , y echando mano á
las obras del padre maestro Juan de Avila, á que
ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y
anotaciones de su cosecha, párrafos y aun capítulos
enteros del muy edificante tratado que el mencio-
,nado padre escribió para una monja, explanando
profusamente aquellas palabras del santo rey David,
que dicen: Oye, hija, é inclina tu oreja y olvida tu
pueblo y la casa de tu madre (aquí ponía doña Inés
madre en vez de padre para que viniese mejor á
cuento) y codiciará el rey tu hermosura, Claro está
que este rey era Cristo, con quien quería doña Inés
que Juanita se desposase.
En extremo alabó y ponderó doña Inés los ele-
vados pensamientos de Juanita; pero añadió que
á pesar de esos pensamientos elevados, podían
brotar en su alma imaginaciones feas de cuyas
importunidades y peligros debía defenderse.
El engreimiento y la soberbia son muy malos,
enojan mucho al cielo, y tal vez hacen que el cielo,
para castigarnos, para humillamos ó para probar-
nos mejor, permita que los enemigos del alma le
den feroces ataques en la parte baja, mientras que
su porción elevadísima se cree punto menos que
JUANITA LA LARGA 321
glorificada y en Íntimos coloquios y en unión estre-
cha con lo divino. Asi Moisés, para ejemplo de esto,
se hallaba en la cumbre del Sinaí conversando con
el Altísimo, y la plebe entre tanto se le alborotó
allá abajo y se puso á adorar los ídolos y se entregó
á liviandades y torpezas. En vista de lo cual, doña
Inés aconsejó á Juanita que desconfiase de sus
bríos, y que no se juzgase muy aprovechada y
segura de su poder sobre la plebe sediciosa, ni muy
adelantada en el camino de la perfección, pues
aunque siguiese el camino, bien podían estar em-
boscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones,
que intentasen robarle la joya de la castidad. Para
la custodia de esta joya, tanto ó más que la forta-
leza, importan la modestia y el constante cuidado.
Conviene no desechar el temor de perderla, y
conviene huir del peligro, porque quien ama el
peligro en él perece.
Como doña Inés era muy elocuente y los puntos
susodichos se prestan á variadas amplificaciones,
el discurso de doña Inés, interrumpido á trechos
por Juanita, más que para cortarle para avivarle,
duró hasta después de las siete, que era lo que
Juanita deseaba.
Cercana ya la hora en que había citado á don
Andrés, Juanita consideró indispensable hacera su
amiga gravísimas revelaciones.
— He oído con la debida atención — dijo la mu-
chacha — todo lo que acabas de decirme, y te confieso
que estoy atribulada y amedrentada.
— ¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación
y de tu susto?
21
322 JUANITA LA LARGA
— ^Pues... fuera vergüenza... á ti, que eres mi
gula, debo confesártelo todo. Tus consejos y ad-
vertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento
y la soberbia se han apoderado de mí y me han
hecho pecar acaso mortalmente.
— ¿Y cómo es eso? — interrumpió doña Inés,
sorprendida y sobresaltada.
— Te diré la verdad — contestó Juanita — Yo no
he querido huir del peligro, sino buscarle y arros-
trarle para triunfar de él. No he querido siquiera
considerarle peligro y le he despreciado. Es más,
la necia y constante amenaza me ha hecho perder
la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez,
he emplazado, citado y llamado á singular combate
al enemigo, que me tiene ya frita y harta de oir
sus bravatas y provocaciones.
— ^No te entiendo, explícate bien; ¿de qué brava-
tas hablas? ¿Quién es el enemigo que te provoca?
— Es el enemigo un caballero principal, tan
audaz como rico, el cual entiende que no debe
haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que
se le resista.
Muy poética y elevada idea daban las palabras
dé la muchacha del caballero su enemigo; pero doña
Inés supuso que la elevación y la poesía eran obra
de la imaginación de la muchacha; y despojando el
concepto de las mencionadas cualidades, pensó
reconocer en él, sin la menor duda, á su marido
don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya infor-
mada por Serafina, y de cuyos atrevimientos andaba
recelosa. Por algo á modo de pudor no excitó á
Juanita á que pronunciase el nombre del atrevido.
\
K
JUANITA LA LARGA 323
Ella creía saberlo sin que Juanita le pronunciara.
Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que
más le importaba y dijo:
— ¿Pero qué cita es esa á que aludes? ¿Á qué
duelo, á qué singular combate te preparas?
— Haré un esfuerzo — replicó la muchacha; —
todo, todo lo sabrás, aunque me condenes por
audaz ó me tengas por loca. El hombre de que te
he hablado me asedia, me acosa, y viene á mí en
la calle, en la iglesia y en tu misma casa, y me hace
las más insolentes proposiciones. Espera deslum-
hrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La
fatuidad con que él presume y se jacta de lograr
todo esto me ha humillado, me ha vejado y me ha
■ofendido. Quiero vengarme, y me vengaré. Quiero
desengañar á ese hombre, y le desengañaré con el
más duro desengaño. Por sí mismo y por medio de
viles terceros se obstina en que yo le reciba á solas
«n mi casa y me pide una cita. Cansada yo de
negársela, sin conseguir que desista, que me respete,
que forme de mí la opinión que debe y que me trate
€omo se trata á una mujer honrada, he accedido á
la cita para que venga y vea y sepa quien soy, y
para tratarle como merece.
— ¡Ánimas benditas! — exclamó doña Inés po-
niéndoselas manos en la cabeza. — Tú no sabes lo
que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque
sepas resistir, aunque no caigas en la tentación
ni peques, ¿no ves que te expones á echar tu repu-
tación por los suelos y á que ese malvado seductor
te venza, y si no te vence, se vengue de tí deshon-
rándote y suponiendo que logró lo que deseaba?
324 JUANITA LA LARGA
¿No adviertes cuan indecoroso es para una doncella
conceder esas citas aun cuando sea con el fin de
quedar en ellas triunfante? ¿Qué horrores no estará-
él pensando de tí desde el momento en que le
concediste la cita? Es indispensable que le envíes-
á decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá-
lugar.
Juanita conoció que el momento era llegado en
que tenía que echar á rodar su humildad y obe-
diencia, declarándose independiente de su maestra^
y amiga y manifestando lo enérgico é indómito de
su voluntad , que á nada ni á nadie se doblegaba.
Puesta en pie y yendo hacia doña Inés, le dijo:
— Tú no me conoces todavía. Yo no me arrepien-
to ni cejo. Bueno fuera que creyese el tal señor
que yo había tenido un momento de debilidad y
que luego me había arrepentido. ¿No advierten
que de ese modo me confesaba yo culpada, si na
del delito, del conato. No, yo no soy débil. Tú te has
empeñado en creerme cordera y soy leona. Por el
extraño afecto que me has cobrado, me requiebras.
y crees lisonjearme comparándome á la Sulamita
y llamándome suave y graciosa como Jerusalén.
Ya verás tú que también soy terrible como un
escuadrón de caballería que carga á galope sobre
el enemigo.
Juanita, cerca ya de doña Inés, la fascinaba,,
mirindola con ojos felinos, cuj'a luz roja parecía
mezcla de fuego y de sangre.
Luego prosiguió:
— ¿Y qué decoro es ese al que me recomiendas
que no falte? ¿Quién reconoce ese decoro en la mal
JUANITA LA LARGA 325
nacida como yo, en la hija de una mujer que lava
mondongos y hace morcillas para ganar su sus-
tento? Todos me menosprecian, me tratan mal y
piensan peor de mí. Hasta ahora lo he sufrido,
pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser
atroz, si es necesario. En los mismos libros que tú
me has hecho leer nó se ensalza sólo la servil
mansedumbre de Ruth, sino más, si cabe, la fero-
cidad de Judith, que degüella al capitán de los
asirios, y la espantosa hazaña de Jahel, que atra-
viesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.
Notando Juanita que doña Inés se asustaba un
poco al verla y al oiría tan bárbaramente bíblica,
prosiguió sonriendo:
— Pero no te apures ni te sobrecojas. No será
menester tocar en tales extremos: no llegará la
sangre al río. Aunque será severa la lección que
yo dé, no pasará á ser tragedia, y quedará en
sainete.
— Pero ¿qué piensas hacer, hija mía? ¿Qué
frenesí es el tayo? — ^preguntó doña Inés muy con-
movida y cariñosa.
Ya lo verás si quieres — contestó Juanita. — Todo
lo tengo pensado: mas no has de saberlo como no
lo veas.
—¿Y cómo? ¿Y dónde?
— Ven conmigo á mi casa. Sólo faltan algunos
minutos para que llegue la hora de la cita. Con tu
presencia me infundirás valor.
— Eso ya es otra cosa — respondió doña Inés.
Doña Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto
que iba á tener contribuyendo á chasquear á don
326 JUANITA LA LARGA
Alvaro, que acudiría muy ufano á la cita y se
encontraría en ella á su austera consorte.
En efecto; si el lance pasaba así, más que tra-
gedia sería sainete.
Doña Inés perdió el miedo y sintió la irresistible
tentación de ver el sainete y aun de hacer en él
uno de los principales papeles.
— Está bien, Juanita — dijo. — Iré en tu compañía.
y te prestaré mi auxilio. Muy fina prueba de mi
amistad te daré con esto, porque yo también puedo
comprometerme.
— Entendámonos — repuso Juanita — Yo no
quiero tu auxilio. ¿Qué mérito tendrá entonces mi
victoria? Tú no te comprometerás, porque te que-
darás escondida y nadie sabrá que has estado en
mi casa. Y tampoco te expondrás á ningún per-
canee porque verás los toros desde el andamio.
— Sí..., pero explícate... no me hagas ir á ciegas...
explícate.
— Se va á pasar la hora. Urge ir á mi casa. No
hay tiempo para darte explicaciones ni tú las ne-
cesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón; échatele
bien á la cara para que no te la vean. La gente
anda embelesada con la procesión que probable-
mente termina en este momento y no reparará n^
en tí ni en mí.
Y hablando de esta suerte, la misma Juanita
buscó un mantón, se le puso á doña Inés en la
cabeza y llevándola por delante de sí, la empujó y
la hizo andar.
Dominada doña Inés por aquella imperiosa cria-
tura, se dejó llevar por ella.
JUANITA LA LASCA 3J7
Ambas llegaron á casa de Juanita. Esta, para
que Bafaela no viese que entraba en bu caea
acompañada de otra persona, abrió la puerta con
la llave que tenía en el bolsillo.
Las doB mujeres, calladas y de puntillas, subieron
á la sala alta.
Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.
La alcoba en que dormía Juanita no tenía más
luz que la que entraba por un ventanillo redondo,
abierto sobre la puerta de la alcoba que daba salida
á la sala. En ésta, y no en la alcoba, donde no
había espacio bastante, se lavaba, se peinaba y se
328 JUANITA LA LARGA
vestía Juanita todas las mañanas. En la alcoba
apenas habla más muebles que la cama, una mesita
de noche, un armario para vestidos y tres sillas.
Juanita llevó á doña Inés á la alcoba.
— Tu, subida en una silla, verás por ese venta-
nucho todo lo que pase. Acaso tengas no poco de
que admirarte y de que reirte.
Dicho esto, salió Juanita de la alcoba, y dejó en
ella á doña Inés como presa, cerrando de súbito la
puerta y echando por fuera la llave.
— ¿Qué haces? — exclamó doña Inés. — ¿Qué ne-
cedad es la tuya? ¿Por qué me encierras?
Juanita contestó riendo:
— Te encierro para estar segura de tu neutra-
lidad. No te quiero por aliada, sino por testigo.
Cállate y mira.
Doña Inés, bastante enojada, replicó todavía:
— ^Ábreme. ¿Tendré que arrepentirme de haberme
fiado de ti? ¿Qué burlas son estas?
— Perdóname, perdóname — dijo Juanita con voz
suplicante y dulce. — Tú eres mi madrina, mi pro-
tectora, y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No
dudes que conviene lo que hago. Cállate por Dios.
Ten prudencia. Mira y observa sin hablar. Cállate.
Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en casa.
Ya sube por la escalera. Chitón. Si él sospecha que
hay alguien ahí, darás un escándalo y harás una
tontería.
Doña Inés se resignó y se calló.
Pocos segundos después entró D. Andrés Rubio
en la sala.
JUANITA, no se arrepentía nunca de lo que habla
hecho, después de haberlo reflexionado bien ó
mal; pero si su voluntad era firme y hasta terca, su
entendimiento vacilaba y cambiaba á menudo, por-
que sucesivamente, cuando no al mismo tiempo,
veia el pro y el contra de todas las cosas.
Al hallarse en presencia de don Andrés, la asal-
taron dudas y sintió algo como remordimiento.
—¿Hasta qué punto, pensó, me puedo permitir
la burla que quiero hacer & este hombre, y hasta
qué punto se la tiene merecida? ¿He sido suficien-
temente acosada para llegar á este extremo'^
330 JUANITA LA LARGA
Como si ella misma se contestase, y sin dar
tiempo á que don Andrés dijese palabra, Juanita
habló de esta suerte:
— Perdóneme V. E. señor don Andrés, si le he
atraído á mi casa con algo que puede calificarse de
engaño. Me pidió V. E. una cita amorosa y yo se
la he concedido...
— Pues entonces, dijo don Andrés, no es mi per-
dón sino infinitas gracias lo que tengo que darte.
— Así sería, dijo la muchacha, si yo, desmintiendo
la lealtad de mi carácter, no hubiese en esta oca-
sión engañado á V. E.
Don Andrés era hombre de mucha calma y de
bastante mundo. Presumió que la muchacha quería
hacerse valer, ir cediendo poco á poco y no decla-
rarse desde luego vencida. Tomó, pues, una silla y
se sentó con mucho reposo apercibiéndose á oir lo
que la muchacha dijese y hasta á contestarle dis-
cutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discu-
sión y el coloquio durasen media hora, serían el
andante de un dúo y harían más vivo y más grato
el allegro que vendría después.
Echados estos cálculos y ajustando á ellos su
conducta, don Andrés dijo:
— Veo con sorpresa que he venido á hacer aquí
el extraño papel de tu confesor. Te me confiesas
desleal y engañosa. ¿Qué quieres? Feos pecados son
esos, pero la pecadora es tan bonita que yo la per-
donaré y la absolveré si se arrepiente.
— De nada tengo que arrepentirme. Lo que he
hecho, lo he hecho porque no podía por menos.
V. E. me perseguía, me comprometía, me exponía
JUANITA LA LARGA 331
y se exponía á si mismo á tener un lance con mi
novio. He sido leal y no he ocultado á V. E. que
tengo novio y que le quiero y que por nada y por
nadie del mundo le faltaré nunca. V. E. ha sabido
por mi boca que ese novio mío es su amigo de toda
la vida. Si él debe á V. E. muchos favores, también
V. E. se los debe. Y si esto no le arredra y si no
desiste de perseguirme y de solicitarme ¿quién es
aquí el desleal y el engañoso: V. E. ó yo?
— No hay de mi parte, contestó don Andrés, ni
deslealtad ni engaño. El lazo reciente que á don
Paco te une, bien puede desatarse con la misma
prontitud con que se ha atado. Ni á él ni á tí os
conviene. A él y á tí os sirvo y os valgo intervinien-
do para que el lazo se rompa. Quizás le dolería á él
por lo pronto, pero más tarde me lo agradecería.
Más tarde sentiría la satisfacción de verse libre de
un absurdo compromiso.
— El compromiso, exclamó Juanita enojada, no
es ni absurdo ni repentino. Hace ya cerca de dos
años que él me ama de amor; que me respeta
cuando todos me desdeñaban; que me trata como á
una señora y como á una santa cuando todos me
juzgaban una perdida; que no ha sentido vergüenza
ni ha vacilado en ofrecerme su mano y en darme
su nombre; que aun viéndose desdeñado por mí, ha
seguido amándome y que me ha celado, y, creyén-
dome pocos días há prendada de otro hombre ó
harto liviana para concederle favores, ha faltado
poco para que se muera de pena. ¿Qué hay pues
de absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo
le quiero y sería la más ingrata de las mujeres si
332 JUANITA LA LARGA
no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo aun-
que hasta ayer no se lo he declarado y no le he
dicho que soy suya. Suya soy ahora, y lo seré siem-
pre, y sería yo muy vil si sólo con el pensamiento
y si sólo por un leve instante quebrantase la fe que
le tengo prometida.
— Todo eso estará muy bien. No vengo aquí á
discutirlo contigo. Ni para que tú me lo digas ni
para que yo lo discuta, te he pedido yo y tú me has
concedido la cita. Yo no soy un personaje ridículo
y tú no tienes derecho para querer hacerme objeto
de una necia burla.
— ^Yo estaba exasperada señor don Andrés y si
alguna falta hubo en mí, harta disculpa tiene. Por
mi humilde cuna, por mi baja condición social,
todos me despreciaban, incluso V. E. Confieso que
he querido vengarme de este desprecio, y aun con-
vertirle en aprecio, haciendo sentir á V. E. que
valgo más de lo que imagina.
— Ahí está tu equivocación, Juanita; dijo don
Andrés. Yo no he creído que te menospreciaba y
que te humillaba al requebrarte. Sobre poco más ó
menos tan plebeyo soy yo como tú y tan humilde
es mi cuna como la tuya. Si tu madre se emplea en
adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico,
como arriero y como labrador, guardó los cerdos
en sus primeros años, porque fué porquerizo. Con
que ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es
una tontería imaginar que yo te he solicitado por
la bajeza de tu extracción. Lo mismo te hubiera
solicitado y te hubiera perseguido, porque me ena-
moras, aunque fueses una reina extraviada por es-
JUANITA LA LARGA 333
tos andurriales ó la princesa heredera del mayor
imperio del mundo. Además tú eres libre y yo
también lo soy. ¿A qué juramentos, & qué deberes
hubiéramos faltado queriéndonos? ¿Me habías tú
dado seriamente parte de tu compromiso con don
Paco? No podría yo suponer que era una coquete-
ría sin formalidad ni consecuencia? Desengáñate^
tú has querido mofarte de mí sin motivo alguno, tú
has querido vengar en mí agravios, imaginados ó
reales, que otros y no yo te han hecho. A decir
verdad tú debiste enamorar al padre Anselmo y
atraerle á esta cita si es que la cita sigue siendo de
burla. El y no yo fué quien reprobó que te vistieses
de seda. Lo que es yo aprobé y aplaudí el verte tan
bien vestida. Y por mi gusto cada día estrenarías
tú trajes mejores y más lujosos.
Juanita se aturdió un poco con esta na esperada
salida del señor don Andrés.
Casi receló que él tenía razón y que ella se había
conducido irreflexiva y arrebatadamente.
Al fin habló así:
— ^Yo no voy á sostener ahora que he procedido
contra V. E. con motivo bastante. Lo que digo es
que estaba y aún estoy fuera de mí. Nada me
importaría que me considerasen con la obligación
de no vestirme ni de seda, ni de lana, ni de algodón
siquiera, srino do esparto. Lo que mo importa es-
quo me respeten. ¿Qué segundo pecado original es
el mío, que no hay bautismo que lave? ¿Qué
mancha indeleble ha caído sobre mí, qu^ no hay
nada que limpie? ¿Qué vicio innato hay en mi
swagre del que yo no puedo purificarla? ¿Por qué
334 JUANITA LA LARGA
se supone tal mi flaqueza, que necesite yo refu-
giarme en un convento para resistir las seducciones
y los peligros del mundo? Crea V. E., señor don
Andrés, que aunque yo tuviera vocación de monja,
la perdería si imaginase que era para huir de
peligros que desprecio y que me siento capaz de
arrostrar con el mayor denuedo.
Don Andrés se sonrió, halló graciosa y algo
disparatada á Juanita al oiría quejarse ylamentarse
de aquel modo, y le dijo con dulzura:
— Pero, hija mía, con todo eso que dices sólo me
pruebas que estás quejosa de doña Inés. Quéjate
en hora buena y no me hagas á mí responsable. Ni
yo quiero que te metas monja, sino todo lo contra-
rio, ni por más que miro alrededor de tí descubro
los peligros que te cercan. Yo no deseo que te
vengues de doña Inés ni de nadie; pero en todo
caso , de ella y no de mí tendrías razón para ven-
garte. Y perdona, además, que sea franco contigo
y que te acuse de un pecado constante y aun
prolijo en tí: tu hipocresía tenaz. Ha tiempo que
debiste tener el valor de no fingirte mística y devota
si no lo eras, y de decírselo á doña Inés y no seguir
engañándola. En tu franqueza pudo haber peligro,
aunque tú le exagerabas; pero, ya que te jactas de
valiente, debiste hacer cara á ese peligro sin apar-
tarle de tí por medio de una falsía.
Juanita se mordió los labios, se compungió un
poco y empezó á sospechar que en vez de dar una
lección era ella quien iba á recibirla. Pronto, no
obstante, se repuso. La misma dureza de la acusa-
ción le hizo ver más clara su injusticia.
JUANITA LA LARGA 335
Juanita no había tomado asiento como don
Andrés. De pie se agitaba, hablaba é iba de un
lado á otro.
Parándose y encarándose con don Andrés, le
dijo:
— ¡Cuan injustamente me acusa V. E. de hipó-
crita y de falsa! ¿Qué habla de hacer yo? La
aprobación y el aplauso que V. E. dice que me
daba, eran tan ocultos como inútiles; eran la
carabina de Ambrosio. La reprobación general
cayó sobre mí y sobre mi madre, y V. E. no
protestó ni volvió por nosotras. Se supuso que yo
era una perdida. Huyó la gente de mí para evitar
el ccxitagio como si yo tuviera la peste. Hasta ese
desventurado de Antoñuelo me insultó y me aban-
donó. Sólo don Paco fué constante en amarme y
en respetarme. Pero, repito, ¿qué había yo de
Hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco,
aún no le amaba de amor. ¿Podía yo abusar
entonces de su caballerosidad y tomarle por marido
y por escudo, arrastrándole conmigo al basurero en
que todos los del lugar me habían echado? ¿Si yo
fuese en realidad una perdida ó tuviese inclinación
á serlo, me cree V. E. tan estúpida que ignore lo
que valdría y lo que alcanzaría si á tal oficio me
dedicase? Al verme- en aquel humillante aisla-
miento, por haber querido lucir entre patanes la
gallardía de mi persona, en vez de quedarme aquí
y de ser hipócrita y falsa como V. E. dice, me
hubiera ido á Madrid, á Barcelona, quien sabe si
á París, donde se entiende lo que es hermoso y
elegante y se paga bien cuando se pone á la venta,
336 JUANITA LA LARGA
y hace tiempo que viviría yo en un palacio y
andaría en coche y gastaría en una semana más de
lo que vale todo el caudal de V. E. bien vendido.
¿Pues qué ventaja he sacado yo de la hipocresía de
que V. E. me acusa? Vivir con más apuros y con
más miseria que antes; emplear mi tiempo en oir
discursos de doña Inés y en leer con ella libros
devotos, y no haber logrado hasta ahora con todo
ello, sino la amistad de doña Inés que yo apreciaría
infinito si ella me la diese incondicionalmente y
sin sujetarme á sus tiránicos caprichos. También
he logrado con mi hipocresía llamar hacia mí la
tardía atención de V. E., que ahora, y no antes,
me aprueba y me aplaude, pero de un modo según
el cual no quiero yo ser aprobada ni aplaudida.
— Juanita, — dijo don Andrés, — yo no he venido
aquí á disputar contigo. Tendrás razón en estar
quejosa de todo el género humano, pero de mí debes
estar menos quejosa que de nadie. Mi pecado, si
le hubo, fué de tardanza. No volví por tí á tiempo:
ahora estoy dispuesto á enmendarme, pero quié-
reme. ¿No gustas tú de que te respeten? Pues yo
también gusto de ser respetado. No debo sufrir que
de mí hagas tu juguete.
— ^Yo soy una chica de tan buen humor, que por
fortuna huyo de lo trágico y 'todo lo tomo á risa.
Y más vale así, porque mis compatricios me* han
desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado más
por lo serio, hubiera sido cosa de armarme de una
caja de fósforos y de una lata de petróleo y de
pegar fuego al lugar. Con que así, mejor es que yo
tome á V. E. por juguete, que no que le pegue fuego.
^ . JUANITA LA LARGA 337
—Prefiero el fuego á la burla que ahora quieres
hacer de mí.
— Cuanto yerra al decir eso el señor don An-
drés — dijo Juanita casi cariñosamente. ¿Por qué
ha de tenerse por burlado un hombre de noble
corazón, si en vez de lograr los fáciles favores y
de gozar de las compradas caricias de una mujer
sin vergüenza, se halla con una mujer digna y
honrada que anhela merecer y obtener su estima-
ción, que le brinda con su más fervorosa amistad y
que le tiende confiadamente las manos?
Al hablar así, con verdadera efusión, Juanita
tendió en efecto las manos á don Andrés. Don
Andrés las tomó entre las suyas.
Juanita apareció entonces tan confiada y tan
hermosa á los ojos del cacique, que éste le dijo:
— ¿Por qué tu amistad solamente? ¿Por qué no
tu amor? Ambos somos libres. Amándonos no
tendremos que engañar á nadie. No tendremos que
disimular ni que ocultar nuestro amor como un
delito, como un robo. *
— Eso no puede ser, yo no amo á V. E. de
amor; — contestó Juanita. Yo amo de amor á otro
hombre; y desprendió sus manos de las de don
Andrés que aún las retenían.
Durante todo este coloquio doña Inés miraba
por la claraboya y á menudo sentía la comezón de
^ tomar parte en él hablando desde allí, pero el temor
de lo ridículo enfrenaba su lengua.
22
DON Andrés perdió entonces sn circunspección
y su calma. No pudo contenerse más.
— Ámame, dijo.
Y se abalanzó á Juanita y la ciñó con fuerza
entre sus brazos.
Juanita recordó en aquel trance toda su antigna
destreza en la lucha, cuando se peleaba con loe
muchachos á brazo partido y los tumbaba en medio
del arroyo. Ella también se abrazó á don Andrés,
le puso la barba en el pecho, le empujó al mismo
tiempo en sus espaldas con las manos de ella y le echó
una zancadilla tan hábil que le derribó al suelo.
Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus ma-
nos y su cuerpo del cuerpo del enemigo derribado,
y quedó erguida sobre él con la rodilla derecha
en tierra y con la rodilla izquierda sobre el esto-
340 JUANITA LA LARGA
mago y el pecho de don Andrés, donde pesaba y
oprimía como pujante prensa de hierro.
Con la mano izquierda había Juanita agarrado ¿
don Andrés por el pescuezo para que no levantase
la cabeza y con la mano derecha tenía asido su
siniestro brazo.
Juanita estaba así tan guapa que se parecía,,
aunque sin alas, al propio arcángel San Miguel
dando una soba al diablo.
Don Andrés la contemplaba con tal embeleso que
apenas sentía enojo de verse vencido. Y como era^
hombre muy versado en fábulas y en narraciones-
verídicas, trajo á su pensamiento, para que queda-
sen eclipsadas por Juanita, á Pentesilea, á Clorinda^
y á Bradamante, y á otras mujeres heroicas que
han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso-
por las zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en
cuyas fértiles orillas reinaron las amazonas.
Por acaso se tocó don Andrés, con la diestra que
tenía libre, en el bolsillo del chaquetón, y notó con
amargura los dos medios inútiles, que en él traía,,
de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un
cartucho con veinticinco onzas peluconas de Fer-
nando VI y de Carlos III, dignas hoy por su rareza
de figurar en el más rico gabinete de numismática.
Y traía asimismo el revólver de seis tiros, bien
preparado y cargado; pero como hubiera sido felo-
nía villana emplearle contra una mujer, le dejó allí
reposar tranquilo para mejor ocasión.
Entre tanto, y todo esto fué en menos tiempo
que el que yo empleo en decirlo, la mencionada
mano libre se hizo atrevida; pero contra todo atre-
JUANITA LA LARGA 341
vimiento son valladar y estorbo los bríos del alma,
y éstos valieron bien á la gallarda vencedora.
Al sentir el insolente conato, el rubor tiñó sus
mejillas; brillaron como ascuas sus ojos; la ira trocó
«n espantosa su linda cara.
Aterrorizada doña Inés, sacó la cabeza fuera del
ventanucho y empezó á gritar; pero nadie podía
oiría, y menos aún don Andrés que no estaba para
oir ni ver cosa alguna.
Juanita le apretaba el cuello con ambas manos
haciéndole sacar tres pulgadas de lengua fuera de
la boca, como perro jadeante.
Harto le pesaba tener que matarle. No había
previsto Juanita que pudiese llegar aquel extremo;
pero, puesta en él, estaba resuelta á todo por más
que le pesase.
Apeando á don Andrés el ya inoportuno trata^
miento de V. E., le dijo:
— ¡Eíndete ó mueres!
Nada contestó don Andrés, porque no podía con-
testar. Lo que hizo fué retirar la diestra atrevida.
Aflojó entonces. Juanita el dogal que tenía echado
al cuello del cacique y le dijo:
— ¿Te rindes á discreción? ¿Te declaras vencido?
— Me declaro vencido: haz de mí lo que quieras.
— ¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case
•con don Paco y serás en la boda su padrino?
— ^Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.
— ¿Serás además constante y bondadoso amigo
mío, sin guardarme rencor, y pagándome, como
debes, la amistad pura que yo te profeso y la esti-
mación con que te miro?
242 JUANITA LA LARGA
—Seré tu mejor amigo como lo mereces.
Juanita entonces se levantó de un brinco, dejan-
do libre á don Andrés, que se levantó también algo
maltrecho, mohino y humillado por la derrota.
Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo-
esfuerzos de imaginación, y, entre candida y mali-
ciosa, inventó desatinos para disimular ó explicar
su triunfo.
— No te aflijas, dijo. Lo que te pasa le hubiera,
pasado á un jayán: al propio Goliat. No soy ya
quien te ha vencido sino el demonio que ahogaba
á los impuros novios ó amantes de la que fué luega
mujer de Tobías, á fin de guardarla entera para éL
Sin duda, don Paco, que es muy devoto de San
Bafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio,,
en el desierto en que ha estado, y con el auxilio del
arcángel, le desató y le envió á esta casa para que
me defendiese. Por él estuviste, poco há, y volve-^
rías á estar, si de nuevo te desmandaras, muy á^
punto de morir ahorcado como un zorzal entre mis-
dedos convertidos en percha. Pero no pienses mas-
en eso. ¡Qué lástima si hubiera d^do yo, sin querer,
un día de luto á la ya entonces mal llamada Villale-
gre! Ahora no debemos pensar sino en el gran pla-
cer que hay en renovar amistades después de una.
brava batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni
vencedor. Digamos ambos á la vez, tú á mí y
yo á tí:
Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente;
con tu espada y con tu trato
me has cautivado dos veces.
JUANITA LA LARGA 343
— TÚ eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva,
es decir, más amiga tuya que antes.
Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos á
don Andrés, más cariñosamente y con mayor con-
fianza que la vez primera. Luego añadió:
— Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de
poco, á las diez y media, para que, en presencia de
mi madre y de varios amigos, se celebren con don
Paco mis esponsales.
— ^Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré
aquí para el rescate de mi pariente Antoñuelo, á
quien tanto ó más que tú tengo obligación de pro-
teger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero
murciano.
— Ya está arreglado eso. No necesito los ocho
mil reales.
— Pues aunque no los necesites quédate con.
ellos, y tú y don Paco contad con otros ocho mil
más que os daré como regalo de boda.
Dicho esto se fué don Andrés á la calle, no sin
besar galantemente al despedirse la linda mano
que había estado á punto de estrangularle.
Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta
de su alcoba, donde, como en chiquero, había esta-
do doña Inés encerrada. Salió ésta de allí algo
atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy
mansa y muy benigna, y aunque perdidas sus ilu-
siones respecto al misticismo de Juanita, casi tan
prendada ahora de su patente bizarría como antes
de su misticismo, ya convertido en humo.
De todos modos, doña Inés siguió admirando la
virtud de Juanita, y aun formó desde allí en ade-
344 JUANITA LA LARGA
lante sobre su casta entereza un concepto muy
superior al que tenemos de las antiguas heroínas
que nos ponen por modelo las historias sagradas y
profanas. Doña Inés, discurriendo sobre esto, pensó
que al fin y al cabo Susana sólo tuvo que defenderse
de dos viejos petates y no de un hombre guapo,
rico y joven aún como el cacique. Lucrecia, á lo
que doña Inés entendía, sucumbió aunque se mató
después. Y en cuanto á Timoclea, tan ensalzada
por Plutarco y á la que el macedón Alejandro con-
cedió su admiración, todavía doña Inés tenía más
que criticar, porque Timoclea, durante el saco de
Tebas, no acertó á defenderse del capitán de los
tracios, y sólo después le mató arrojándole á un
pozo, porque aquel bárbaro le pidió dinero; de suerte
que, si se le hubiera dado en vez de pedírsele,
él hubiera quedado vivo y la anterior violencia
impune.
Razón tenía, pues, doña Inés, en seguir admi-
rando á Juanita; en decirle, como le dijo, que se
alegraría de tenerla por madre política; en desistir
con gusto de que Juanita se hiciese monja para
que no eclipsase á la Monja Alférez y fuese la
Monja Generala, y en ofrecerle para el regalo de su
boda la cantidad que pensaba dar para la dote de
su monjío.
Llamada por Juanita acudió Bafaela, que se
quedó estupefacta y boquiabierta al ver allí á doña
Inés, á quien acompañó á su casa.
Doña Inés prometió volver con don Alvaro á las
diez y media.
CUANDO Juanita se quedó sola, se lavó la cara y
las manos, se alisó el pelo y sacó del armario
el famoso vestido de seda, regalo de don Paco.
Ella habla tenido cuidado de refrescarle y de
modificarle, dejándole ó, la moda del día. Con tela
que tenia de sobra el corte y que ella habla guar-
dado, se habla hecho un nuevo corpino de medio
escote, á propósito para recepciones y tertulias. Se
puso este vestido, se miró al espejo y quedó muy
satisfecha encontrándose bien.
Al volver Kafaela y al ver á Juanita vestida de
gala, tuvo nuevo motivo de admiración.
Juanita y la criada encendieron después los tres
Telones que tenían, cada uno con cuatro mecheros.
Encendieron además veinte ó veintidós velas de
cera y lo iluminaron todo tan ricamente, que la
346 JUANITA LA LARGA
casa parecía aderezada para una solemne fiesta.
A poco llegó Juana la Larga, no trastornada
porque era sobria y prudente, pero algo sobreexci-
tada y de buen humor por haber presidido la
opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando
ella entre el rey David y San Pedro.
Al ver Juana la Larga la iluminación que en su
casa había -y cuyo fin ignoraba, receló por un
instante que se había excedido en beber vino y
que á causa de aquel exceso veía tantas luces.
Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.
Juana se puso más contenta que unas pascuas.
No bien dieron las diez y media, entraron casi á
la vez todos los convidados. Eran éstos doña Inés
y don Alvaro , don Andrés Rubio, el maestro de
escuela don Pascual, el tendero murciano y doña
Encamación su mujer, el padre Anselmo y don
Paco, personaje principal de la fiesta. Venía éste
hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado,
con la levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en
el ojal con la condecoración azul que ella le había
concedido.
Todos estaban ya informados de lo que iba á
suceder, unos directamente por Juanita, según ya
hemos visto, y otros por medio del maestro de
escuela, á quien Juanita había dado el encargo de
convidarlos. No fueron, pues, indispensables, ni
discursos, ni explicaciones. Reinó allí muy cordial
alegría.
Rafaela, auxiliada por Calvete, á quien llamó
para este fin, sirvió un delicado piscolabis. Para los
que no habían cenado ó tenían suficiente capacidad
füANITA LA LASGA M7
estomacal, hubo chocolate con hojaldres y. con tor-
tas de aceite; y para todos, mostachones, roscos y
bizcochos de espumilla con mistela y dos ó tres
clases de rosolis.
Cuando cundió el regocijo y se aumentó la ani-
mación de todos, Juanita los formó en círculo,
asidos de las manos, y se puso á cantar con mucha
gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no
había estudiado música, el célebre cantar del Conde
de Cabra.
Yo no quiero al Conde de Cabra,
Conde de Cabra, ¡triste de mí!
que á quien quiero solamente,
solamente, es ¡ay! á ti.
Al cantar es ¡ay! á ü, Juanita miró con ojos muy
dulces á don Paco. Luego siguió cantando:
Arroz con leche,
me quiero casar
con un guapo mozo
de porte real.
Y tocando con sus manos en los hombros de
cuantos había en el corro, sin excluir al cura, que
la miraba complacido, Juanita fué diciendo:
— Ni con éste, ni con éste, ni con éste.
Al llegar á don Paco , que dejó Juanita para lo
último, dijo sino con éste, y le dio un abrazo muy
apretado.
Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la
aupó y la levantó á pulso dos ó tres veces en el
aire.
Todos aplaudieron y gritaron:
— ¡Que vivan los novios!
348 JUANITA LA LARGA
Anunciada ya la boda para lo más pronto posible,
los futuros esposos fueron felicitados.
El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los
señores de Boldán hacían regalos muy lucidos,
no quiso ser menos ^ hasta donde sus recursos lo
consintiesen. Y con el fin de que su regalo tuviese
el significado de retractación y palinodia, prometió
hacer venir de Madrid un lujoso corte para un
vestido de seda.
El maestro don Pascual estaba harto mal de
dineros, pero tenía buenos libros, y quiso dar in-
mediatamente, para regalo á Juanita, algunos
tomos de la Biblioteca de Eivadeneira; entre ellos
El Romancero General y las Comedias de Tirso, á
cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo
desenfadada y traviesa.
Don Eamón, que traía en cartera el pagaré para
que Juana le refrendase y pusiese en él su visto
bueno, en vez de dar ó de prometer, recibió por lo
pronto las veinticinco onzas peluconas , ó sean los
ocho mil reales. Pero don Bamón se sintió estimu-
lado á competir y hasta á vencer en generosidad
á los otros. Dijo al oído á su mujer el prurito que
sentía de ser generoso, y doña Encarnación tuvo
que dominarse para no arañarle. La generosidad
triunfó, á pesar de todo, en el corazón del tendero
murciano.
— ^Juanita, dijo: yo te doy dos mil reales para
que te merques un hermoso brazalete de oro, dia-
mantes y perlas.
Al hablar así, don Eamón devolvió á Juanita el
pagaré que ella había firmado. En seguida añadió:
JUANITA LA LARGA 349
— Según el pagaré , tú me eres deudora de diez
mil reales, y como me has dado ocho mil, me debes
. dos mil aún. Yo te los perdono.
LagenerosidaddedonBamónfuésolemnizadapor
toda la concurrencia con los más ruidosos aplausos.
VeÍDte días después de lo que acabamos de con-
tar se celebraron las bodas de Juanita y don Paco.
Los mozos del lugar no prescindieron de la cen-
cerrada que debía darse á don Paco como viudo.
El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente
desde la casa y alcoba de don Paco, donde Juanita
estaba ya, sin que hasta la una de la noche les
molestase el desvelo que podía causar aquel ruido.
Cesó éste at fin convirtiéndose en vivas y aclama-
ciones, merced á la simpatía que inspiraban los
novios y á una arroba de vino generoso y 4 bas-
tantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer
repartieron entre loa tocadores de los cencerros.
Así don Paco se durmió al fin con reposo y
merced al silencio, y' también se durmió Juanita, á
la vera suya, como mansa cordera y no como fiera
leona; suave y graciosa como Jerusalén y no te-
rrible como un escuadrón de caballería.
EPILOGO
DESPUÉS de los sucesos referidos han pasado
seis ó siete años.
* Posible es, por más que á mí me apesadumbre,
que los personajes principales que en esta historia
figuran á nadie interesen; pero, como yo he tenido
que tratar de ellos y que describir sus caracteres,
les he cobrado bastante afición, despertando en mi
alma curioso interés la situación y término en
que hoy se hallan.
Interrogado por mí el diputado novel á quien
debo todo el relato, me ha comunicado las noticias
que voy á transcribir como contera ó remate,
aunque los críticos lo tachen de superfino.
Don Paco sigue gozando de la privanza del
cacique y gobernando en su nombre cuanto hay
que gobernar en la villa. Juanita, casada con él, le
adora, le mima y le ha dado dos hermosísimos
pimpollos: una niña que se llama también Juanita
la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que
352 JUANITA LA LARGA
promete valer tanto como su madre, porque ya es
muy linda, picotera y graciosa; y un Eicardito,
como su abuelo materno , que es un diablejo, ágil,
robusto y bullicioso, por lo que sus padres le
destinan á que sea, también como su abuelo,
oficial de caballería.
Juanita no ha embarnecido. Está gallarda y
bonita como siempre. Se viste de seda sin que el
padre Anselmo la censure en sus sermones, y
parece una princesa encantada, pues no pasan días
por ella. Tampoco envejece don Paco, porque la
felicidad mantiene, conserva y hasta remoza,^y él
es feliz de veras.
El pobre don Alvaro Eoldán es el que está muy
averiado. Hace ya tiempo que se quedó lelo, para-
lítico y con los dedos engarabatados. No se sabe si
es falta de la lengua ó de algún otro órgano del
aparato vocal, pero es lo cierto que ya no puede
decir ni dice sino:
— ^Ta, ta, ta, ta, ta.
Doña Inés le cuida con esmero y cariño de
esposa; pero como es tan moralizadora y tan con-
cionante, le reprende á menudo con suavidad.
Cuando, á pesar de su deplorable situación, á
Serafina, que le cuida, la mira con ojos encandila-
dos, y lo ve doña Inés, ésta le dice:
— ¿Es posible, Alvarito, que no te abandone el
demonio que te posee? ¡El vicio que huye de todo
tu cuerpo sé te mete en la cabeza y no te deja!
¡Da asco y vergüenza!
— Ta, ta, ta, ta, ta, — contesta don Alvaro.
Si por señas se queja del estómago ó del vientre
JUANITA LA LARGA 353
•que le muge como si tuviera allí, no una borrega,
sino dos ó tres becerras, doña Inés exclama:
— Si te lo tengo dicho mil y mil veces, siempre
has sido un glotón de siete suelas, pero ya, hijo
mío, no estás para eso. Tus fuerzas digestivas son
muy pocas. Menester es que te moderes y que seas
sobrio si no quieras reventar el día menos pensado.
Y don Alvaro responde:
— Xa, ta. Da, ta, ta.
Calvete, que ha pasado de zagalón á ser un mozo
muy gentil y brioso, y que es al mismo tiempo
travieso y más malo que la quina, viendo que don
Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que
ni habla ni escribe, se deleita á menudo en ponerle
furioso.
Para ello acude á Serafina, que está muy fresca-
<5hona y floreciente y que sigue tan regocijada como
«n su primera juventud. En las barbas de don
Alvaro se pone el bellaco de Calvete á retozar amo-
rosamente con Serafina;* y don Alvaro, fuera de sí,
con espumarajos en la boca, grita como un ener-
gúmeno:
— Ta, ta, ta, ta, ta.
Y cada ta, por el tono con que don Alvaro le
«uelta, parece un centón de blasfemias y una letanía
de maldiciones.
Doña Inés suele acudir entonces y dice:
— ¿Por qué chillas tanto, diautre de hombre? Lo
que tú padeces nada vale en comparación de la
hiél y vinagre que dieron á Cristo. ¿Piensas tú que
chilló nunca Job en el muladar tanto como tú
chillas ahora? ¡Sufre y ganarás el cielo!
23
354 JUANITA LA LARGA
¡Ta, ta, ta, ta, ta!, — dice don Alvaro algo
resignado.
Doña Inés suele también moverse á compasión
y dice á Calvete:
— ¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para
que el señor se distraiga y regocije.
Y contesta Calvete:
— Pues si las hago á manta y el señor rabia y
chilla más. Como está tan jaquecoso...
Y exclama don Alvaro:
— I Xa, ta, ta, tía, ta.
Se cuenta en el lugar (casi no queremos creerlo)
que cuando está don Alvaro muy mal y siente
físicamente muchos dolores, arma tan incesante
y fatigosa retahila de ta, ta, ta, que aburre á todo-
el mundo, alborota la casa, y hace que doña Inés
pierda la circunspección y la paciencia que ella
suele recomendar, llegando una ó dos veces hasta^
á decir á su marido:
— Cállate, hombre indigno, y padece por el amor
de Dios, que no sin justo motivo te castiga. No te
verías así si no hubieras tenido una vida tan depra^
vada. Y al fin yo creo que te quejas un poco de
vicio. Tú tienes miedo porque piensas te vas á
morir. Ya, ya; bien pesado has sido para todo y me
parece que vas á serlo también para morirte.
Y como don Alvaro contesta con acento muy
triste:
— T^, ta, ta, ta, ta; — el noble corazón de su
esposa se enternece; y arrepentida ella de las frases-
duras que se le han escapado, se acerca á don
Alvaro con cariño, y para función de desagravios,,
;J
JUANITA LA LARGA 355
le da an blando cogotacito, le pasa la blanca mano
por la papada ó le pega en las narices un amoroso
■capirotazo.
Don Alvaro sonríe consolado, y beatificado ex-
clama :
— Ta, ta, ta, ta, ta.
Así va tirando aún el ilustre descendiente, según
pretende su ejecutoria, del más heroico de los doce
pares.
En cuanto á doña Inés, afirma mi amigo el
diputado, que está hermosa y fresca todavía y que
pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo
metida en carnes. Conserva todas sus virtudes,
incluso la prolifica, y en estos últimos años ha
conseguido que los vastagos de su ilustte casa
lleguen á la docena.
El cacique permanece soltero é imperando en el
lugar con la sabiduría y la moderación de los Anto-
ninos en Eoma.
La señora doña Agustina Solís y Montes de
Allende el Agua ha sufrido con resignación algunos
reveses de fortuna. Entre otros ha perdido un pleito
de importancia. Sus rentas han quedado reducidas
¿ menos de la mitad. Apenas tendrá ahora doce
mil reales al año. La disminución de sus rentas,
en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de
casarse. Ha buscado compañía doméstica que la
consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor,
ha apechugado con el boticario don PoUcarpo, el
cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso
que nadie debe maravillarse de que seduzca y ena-
more con su labia á una mujer de talento. Doña
356 JUANITA LA LARGA
Agustina, además, se maniñesta muy ufana de
haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan
pertinaz solterón, y, lo que es más transcendental,,
de haber traído al gremio de los fieles á aquel impío
extraviado que ahora va á misa y cumple con todos
los preceptos.
A lo que se presume , desde que doña Agustina^
empezó á mostrársele propicia, don Policarpo dis^
currió sobre poco más ó menos de esta suerte:
— No se comprende ni se explica cómo, por el
proceso evolutivo del ser, aunque haya durado-
millones de años , por el concurso fortuito de los^
átomos, y por su fatal y ciego prurito y constante
tendencia á la perfección, ha podido aparecer sobre
nuestro* planeta , después de *prolongadísima serie
de transformaciones, un mamífero tan primoroso y
apetecible como doña Agustina, dotado además de
claro entendimiento y de voluntad benigna, y con
el portentoso don de la palabra , que le sirve para,
transmitir las ideas más agradables en contestación
á las que salen de mi cabeza y á las voliciones de
mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de este pro-
digio, si no presuponemos una Providencia personal
y sapientísima que todo lo dirige, el que posea aún
el mencionado mamífero doce mil reales de renta y
el que se vista y calce con sumo primor, elegancia
y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvol-
vimiento de la sociedad, á través de los siglos, para
crear las leyes, para sostener la paz, para fomentar
la agricultura y para hacer que haya herencia y
propiedades individuales; é implica, por otro lado,,
según se comprende muy bien cuando se estudia
JUANITA LA LARGA 357
la economía política, la multitud de milagros del
comercio, de la industria, de las artes textiles,
indumentarias y de curtido de cueros, y otras mil
agudas invenciones, como la división del trabajo y
como el objeto que vale por sí y representa además
y mide con exactitud lo que valen los otros objetos,
facilitando la circulación y los cambios, sobre todo
si se le añade cierto descubrimiento más sutil aún,
ó sea la virtud representativa de todo lo que vale
por algo que por sí vale poco ó nada y que se llama
crédito, difícil de adquirir no obstante, pues yo
carezco de él aunque le deseo. La primera causa
de todo lo cual es absurdo que sea el acaso sino una
potencia suprema y anterior á todo, la cual dio el
impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino
y guió con orden su marcha por la interminable
senda del progreso.
Esto ó algo por el estilo pensaba don Policarpo,
y era creyente.
En aras- de su amor á doña Agustina y de su
renaciente fe, se cortó aquella uña maldita del
dedo meñique , vara de virtudes de Satanás , y no
volvió á electrizar, ni á magnetizar, ni á encender
candiles, ni á tirar cañonazos con ella.
Se cortó la uña como se cortan los toreros la
coleta cuando dejan de torear y se retiran á la vida
privada.
Se cortó la uña, despojándose de sus fuerzas
taumatúrgicas y teratológicas , por obra y gracia
de las tijeras de doña Agustina, que fué la piadosa
Dalila de este Sansón de nuevo cuño.
Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de
358 JUANITA LA LARGA
púrpura, para que resaltase mejor, colocó y guardó
la uña, como trofeo de su victoria, en un passepar-
tout muy bonito que colgó en su alcoba.
Por bajo de la uña quiso poner un letrero expli-
catorio, y rogó á don Andrés que le pusiese. Don
Andrés que, como ya sabemos , era muy erudito y
que asimismo era algo guasón, recordó el cambio
glorioso de Napoleón I, en los últimos años de su
vida , y no creyendo menos glorioso el cambio del
boticario, le aplicó los versos de Manzoni, y escri-
bió de buena letra por bajo de la uña y defendido
todo por un cristal:
cBella, inmortal, benéfica
Fede ai trionfi avezza,
Serivi ancor questo.»
Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad
de su hija y de su yerno: adora á sus nietecillos,
los consiente, lo& mima y les ríe todas las gracias,
hasta las más pesadas y olorosas.
Para que se críen robustos , después que los ha
amamantado Juanita, Juana los desteta con cho-
rizo, longaniza y asadura de cerdo.
Su actividad culinaria no decae, á pesar de su
edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de
membrillo, el arrope y las frutas de sartén , en las
casas más principales. Ha importado nuevos guisos
en la cocina local y hasta inventado dos ó tres con
sorpresa y general aplauso de los gastrónomos.
El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo,
pero alegre y sereno con la esperanza de su tránsito
á mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de
JUANITA LA LARGA 359
que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho
y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y
cuando oye su dulce voz y sus discretas razones.
Doña Inés, no obstante, sigue siendo su prefe-
rida, por lo mística que es y por la mucha teología
que sabe.
Por último, el diputado novel ha pedido y reci-
bido con frecuencia las noticias que de Antoñuelo
se tienen en el lugar. Allá en el Bío de la Plata, á
donde el cacique le obligó á que emigrase, se dedicó
al comercio y prosperó mucho. Aunque nunca
quiso inscribirse en el consulado, para ahorrarse
tres ó cuatro duros, acudió con frecuencia á la
legación pidiendo que España reclamase diplomá-
ticamente en su favor contra mil agravios y daños
que del Gobierno argentino había recibido, y que
exigiese con amenazas de bombardeo que dicho
Gobierno le diera una indemnización muy cuan-
tiosa. Pero ni le indemnizaron de nada, ni por
amor suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala
reputación y crédito que consideró prudente irse á»
Cuba. Ya en la Habana, como es mozo gentil y de
rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible
corazón de una rica heredera, muy subidita de
color. Casado con ella, vivió con tanta pompa y
decoro, dando comidas y saraos y paseando en
quitrín, acompañado de su mujer, tan ricamente
vestida que parecía la reina de Saba, que se em-
peñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y
acabó por tener más deudas que pelos en la cabeza.
A lo que parece, á fin de consolarse y de reme-
diarse, se ha hecho ahora partidario de la indepen-
/
36o JUANITA LA LARGA
dencia de la perla de las Antillas, y ya sueña con
ser en Cuba libre un dictador como el doctor Fran-
cia en el Paraguay ó como Bosas en Buenos Aires,
ó un emperador, como Faustino I en Haiti, aunque
tenga que tiznarse con hollín; ya, con más modes-
tia, forma un plan que muchas personas creen
desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por
filibustero y laborante, le secuestren los bienes,
porque entonces, según dice, se irá á Nuevá-York,
se hará ciudadano de la Gran Bepública, y, nuevo
Coriolano español, obligará á su ingrata patria á
darle una indemnización di primo cartello. Aunque
tenga que ceder á los Fabricios, Cincinatos y Ca-
tones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso
haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas
partes de lo que se extraiga á la paciente y semi-
forzosa longanimidad de España, siempre le que-
dará otra quinta parte, con la cual podrá vivir
como un príncipe en una magnífica casa de la
Quinta Avenida. Allí brillará su morena consorte,
que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton,
como la más ilustrada talkative y funny inglesita
De la fecunda zona,
Que al sol enamorado circunscribe
El vago curso, y cuanto ser se anima.
En cada vario clima,
Acariciada de su luz, concibe.
FIN